31 julio, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

Como un remolino dantesco, desordenado, arrollador e incontrolable se desenvolvió la Feria Nacional de San Marcos; manchas densas de una juventud atormentada, idiotizada y despersonalizada por aparatos telefónicos celulares y demás objetos tecnológicos que por momentos parecen administrar la vida humana y más, se desplazaron en los amplios espacios destinados para verbena tan mitotera y voraz.

En medio de la ola, erguida y bella la Plaza de Toros Monumental de Alberto Bailleres, sede, un año más, del serial taurino autollamado el “más importante de América”. Título tan grande y grave que “todos” aquellos a los que les conviene una “fiesta así”, tragan, pero ninguno hace lo mínimo para darle justificantes.

Como un remolino dantesco, desordenado, arrollador e incontrolable se desenvolvió la Feria Nacional de San Marcos; manchas densas de una juventud atormentada, idiotizada y despersonalizada por aparatos telefónicos celulares y demás objetos tecnológicos que por momentos parecen administrar la vida humana y más, se desplazaron en los amplios espacios destinados para verbena tan mitotera y voraz.

En medio de la ola, erguida y bella la Plaza de Toros Monumental de Alberto Bailleres, sede, un año más, del serial taurino autollamado el “más importante de América”. Título tan grande y grave que “todos” aquellos a los que les conviene una “fiesta así”, tragan, pero ninguno hace lo mínimo para darle justificantes. El poderoso y sólido entramado que dirige la fiesta parece no tener remedio; es incorregible e inalterable su política y no evoluciona el espectáculo. Nada nuevo se presentó en el tema ganadero, sino lo mismo: las mismas dehesas que crían astados de mansedumbre a prueba de lava, encierros terciados, muchos ejemplares indignos de ser aprobados que hubieron de ser, por deseos y comodidades de los ases extranjeros, sobre todo, reseñados y admitidos sin remilgos, y también muchos toros cables y formales que tuvieron que enfrentar los matadores que quieren escalar los peldaños a plomo que terriblemente se les presentan enfrente de este espectáculo que cada campaña se sofoca más y más, entre otras cosas, por un monopolio empresarial que mejor prefiere pagar apelativos que llenen o medio llenen sus plazas, antes que construirlos en su propio país.

La feria fue para Joselito Adame, quien preparado, determinado y con proyecto fijo y claro, llegó, se plantó ante el regular y el malo y practicó su fresca tauromaquia deslumbrando a extraños y propios; cinco orejas, que pudieron ser nueve y un rabo, guardó en su espuerta el joven diestro que luego que devastó por tanta torería, viajó a España para presentarse en la feria de Sevilla. Su segunda tarde, de las tres que contrató en esta campaña en dicho albero dorado, fue en donde se etiquetó como un americano de peligro para la Madre Patria. Vuelta al ruedo en su primero y una oreja de su segundo sumaron la declaratoria de un espada que busca empuñar el cetro de más importante torero del nuevo continente. De inmediato incomodó en una feria que no solo no se mantuvo, sino que retrocedió en más de un sentido; en la que bajó la cantidad de clientes, en la que ni Ponce ni Castella pudieron llenar las incómodas gradas del bello edificio, y en la que el interés general disminuyó y que debe de tener muy preocupados a los que forman la casa que administra tan egregio recinto. Plumas mercenarias no pudieron contener su venenosa tinta, y al mexicano lo reprobaron con tendenciosos y chapuceros “argumentos” en los que les cortó un filo de los dos que temerariamente usaron. Según sus lancetazos “gramaticales”, ni la música tocada durante la segunda faena del azteca, ni la vuelta al redondel ni la oreja fueron manifestaciones de elogios merecidos. Otro cursi, patético y absurdo apunte, fue el terno con el que se atavió el joven, al que tacharon de feo, como si ello tuviera vínculo con el desempeño, no de este, sino de cualquier torero.

Sin embargo el hecho destruirá siempre a la opinión y hoy, en la suma de esta feria venida a menos, Adame fue uno de los mejor librados. No Ferrera, diestro que de la clase nada sabe, no la entiende y jamás la tendrá, porque con ella se nace; no existe casa, tienda o distribuidora que la despachen. Y Antonio, el valentón, casi vulgar y grotesco, diestro mediático, o punto menos, banderillero relajiento, en el país en el que le pongan, fue uno de los más halagados por habladores taurinos o junta letras que eso sí, ahora no observaron el horrendo traje de arañas –animal nunca taurino- que portó para presentarse en este plaza que es llamada, en sólida y tradicional máxima taurómaca, “la más bonita del mundo, hasta para morir en ella”.

Y muy en contra partida, y no obste que son mexicanos para que conste que estuvieron mal, Arturo Saldívar y Diego Silveti, los dos comparecidos ya en Sevilla y Madrid, dieron la otra cara de la fiesta mexicana. El de Teocaltiche, nacido en Aguascalientes, desde la Feria sanmarqueña, anotó su inentendible cambio de actitud. Y fue uno de los que marcaron un pleno y claro retroceso. Duele ello, pues el chaval, con quizás una vida personal que no le está favoreciendo para alcanzar lo que en el toro –que es muy celoso- pretende, posee todo o casi todo para lograrlo; lo realmente complejo es que encuentre la fórmula para que dimensione sus virtudes.

Diego Silveti, después de haber dejado escurrir de sus manos tres astados de lo mejor que salió en el albero aguascalentense –pegar pases, tomar posturas y lanzar sonrisas y engalladas al tendido no es torear-, igualmente fue a las dos series en tema. Y no pasó nada, sino el intrascendente apersonamiento de un joven de dinastía al que le han dado todo y no ha correspondido. Sustos como el de Madrid, afortunadamente sin severas percusiones físicas, indican que son la diáfana plana de que no es lo mismo poner la muleta y tratara de recorrerla a un torillo manso-menso de los que él y muchos acostumbran en su patria, que ponerla en la cara y facas de un toro con edad, trapío e integridad en aquellas.

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