LOS PELIGROS DE LA PUERTA GRANDE DE MADRID

Queridos amigos continúa transcurriendo San Isidro, con sus entradones, sus vientos, su tendido del siete, su gente guapa con sus puros y su clavel, sus buenos aficionados y sus toros grandes y cornalones, sus variados carteles donde caben muchos toreros y su segunda quincena donde hacen su aparición los toreros del G-5. Demasiados ingredientes para que lo que se cocina en el hervidero de Las Ventas, no resulte atractivo, diferente y merecedor de ser degustado ¡Ver toros en Madrid, es algo muy serio, señor!

Pero además de ser algo muy serio, por si no ofrecía suficientes dificultades y miedos para un torero, la lidia y muerte de un toro en el ruedo venteño, el triunfo grande, el cortar dos orejas o mas, el tocar la Gloria con las yemas de los dedos cuando el diestro, en olor de multitudes, sale por esa Puerta Grande de Madrid, también se ha convertido, algunas tardes, en un acto peligroso, en una aventura difícil de predecir, en una pelea por mantener la integridad de su cuerpo, un cuerpo que es agitado como un pelele, por la fuerza de ese mar de indocumentados que, a las bravas tratan de desnudar al matador, arrancándole alamares, machos, hombreras, coleta y todo lo que pueda representar un trofeo, para presumir después entre los amigotes de turno.

Menos mal que la furgoneta de la cuadrilla, no se encuentra lejos y actúa de isla salvadora, a la que arriba el maltrecho y dolorido cuerpo del matador, no por la paliza que le pudiera haber inferido un toro, (que también) sino por los escarnios físicos de un gentío que ha perdido la medida del entusiasmo y el respeto por un torero que se ha jugado la vida, y con esa salida ve recompensado todo el esfuerzo realizado en la plaza.

El sábado, fue Sergio Galán el que salio en volandas de los aficionados y capitalistas, por la ansiada Puerta de Madrid. El caballero rejoneador disfrutó de esa salida por quinta vez, en toda su plenitud, gracias al civismo de una entusiasmada masa de gente que vitoreaba al triunfador. ¿Es que el público que aguarda la salida de un rejoneador, es diferente en cuanto a comportamiento y buenas maneras, al de las corridas a pie? o ¿es que el traje de luces, al tener más elementos colgantes, ejerce una atracción especial entre los coleccionistas de fetiches? No lo sé.

Tampoco se si a Miguel Ángel Perera, torerazo el pasado 23 en Las Ventas, después de las dos grandes faenas realizadas, le compensaría una salida a hombros tan peligrosa como su quehacer en el ruedo. Puede que si, pues los toreros son diferentes hasta para esto, y para ellos la gloria no tiene precio, pero a quien corresponda habría que pedirle que pusiera coto a estos desmanes de ese grupo de personas que rodean a unos toreros que intentan saborear la justa salida a hombros, y que desvirtúan lo que representa una salida por la Puerta Grande de Madrid. Estos personajes no ayudan en nada a la Fiesta e impiden a los verdaderos aficionados que aclaman al triunfador, acercarse a ellos, por miedo a ser arrollados en la vorágine de empujones y malos modos de unos cuantos. Si se continúa por estos derroteros, es posible que podamos lamentar cosas peores en un futuro. Madrid no se merece esto.

Que Dios reparta suerte, amigos.

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