24 junio, 2021

LOCURA DE AMOR… POR EL TORO BRAVO

Eso es lo que demuestran muchas personas tarde tras tarde en ese grandioso redondel de una plaza de toros en la que hay espectadores que acuden como a un sortilegio, convocados por los brujos del capote y la muleta a ver, a palpar, a gustar, a emocionar y a sentir en su propio interior la grandeza de ser torero.

Entre aquello de antes y lo de ahora media un abismo. Sin embargo siempre está presente en esta tarea una cosa y es ni más ni menos que la integridad física, la lesión, el golpe, la cornada, el riesgo, la contrariedad, posiblemente la muerte. Por eso el toreo es algo tan grande que produce bienes inmateriales en quien lo practica.

Eso es lo que demuestran muchas personas tarde tras tarde en ese grandioso redondel de una plaza de toros en la que hay espectadores que acuden como a un sortilegio, convocados por los brujos del capote y la muleta a ver, a palpar, a gustar, a emocionar y a sentir en su propio interior la grandeza de ser torero.

Entre aquello de antes y lo de ahora media un abismo. Sin embargo siempre está presente en esta tarea una cosa y es ni más ni menos que la integridad física, la lesión, el golpe, la cornada, el riesgo, la contrariedad, posiblemente la muerte. Por eso el toreo es algo tan grande que produce bienes inmateriales en quien lo practica.

Ahora mismo no entendemos ni entenderemos nunca que haya hombres dispuestos a pagar por torear y poner en juego su propia vida delante del público que abre la boca o aplaude emocionado ante la gesta de un torero. Muchas de estas cosas se están viendo, día a día, por esas plazas de Dios.

Y especialmente en el seguimiento diario de la feria de San Isidro de Madrid en donde una terna de valientes se enfrenta en el levantado y amplio piso de las Ventas a toros curados de edad, cinqueños largos, que con una presencia irreprochable luego sirven poco o nada para conjuntar la emoción y el arte entre las muñecas, caderas y cadencia del movimiento de un torero.

Decir que algo pasa en la cabaña brava española es repetir un tópico que todos usamos y tenemos normalmente en nuestra cabeza. La consanguinidad, la flojera, la falta de casta y fuerza, la respiración boquiabierta y jadeante, genotipos de pitiminí, y presencia espectacular, cuajados en tipo y arrobas, fenotipos de usía, son aspectos que estamos viendo diariamente entre los toros elegidos para los festejos, salvo contadas excepciones que aúnan ambas cualidades exteriores e internas en su bravura y acometividad.

Se analizan vísceras, se estudian las líneas de sucesión, las cubriciones, los saneamientos ganaderos con que se trastornan todos los componentes de las explotaciones agropecuarias, se escribe y se habla, se difunde y se dice, pero en la aplicación real y práctica parece como si casi todo cayera en el vacío más absoluto.

Ganaderías que estuvieron de moda, produciendo toros bravos de verdad, hoy son remedos de aquello; la transformación de cajas, kilos, esqueletos y presencia, en una palabra toros “pepinos” sin azúcar ni sustancia, más propios para carne que para la lidia de poderío, emotividad, grandeza y verdad, han destrozado su esencia. Otras por el contrario que obtienen el producto pero no son llamadas a la convocatoria del fomento publicitario que representa una feria, una temporada o un plaza de escaparate especial, ven cómo sus reses quedan sin lidiar y deben ser corridas en las calles y sacrificadas en el matadero.

Es mucho el trabajo que hay en perspectiva. Y frecuentemente poco recompensado por cuantos tienen la posibilidad de ejercerlo. Es más, y aunque en ocasiones sea hasta criticado duramente por envidia y soberbia, este mundo del toro que dice vivir unido se rompe en mil pedazos, hecha la piel jirones por la mentira y las presiones que día tras día se extienden como mancha de aceite, hay que seguir con ánimo y conocimiento fomentando la grandeza de una tragedia humana que trae paz al espíritu, serenidad a la obra y sentimiento real a la vida.

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