24 junio, 2021

VIVENCIAS: “LAS COSAS DE CAYETANO”.

Cayetano Ordóñez “Niño de la Palma” era un individuo con tal abierta, franca, simpática y bohemia personalidad que quienes lo hubieran tratado tendrían dificultad en olvidarle.

Cayetano era el hijo mayor del legendario diestro rondeño “Niño de la Palma”, el iniciador de una gran dinastía taurina que culminó con el gran Antonio Ordóñez. Cayetano no llegó a ser figura. No obstante, era un sobrio lidiador, poderoso y valiente que durante su carrera fue capaz de enfrentarse con una envidiable facilidad con el más difícil y bravo animal.

Cayetano Ordóñez “Niño de la Palma” era un individuo con tal abierta, franca, simpática y bohemia personalidad que quienes lo hubieran tratado tendrían dificultad en olvidarle.

Cayetano era el hijo mayor del legendario diestro rondeño “Niño de la Palma”, el iniciador de una gran dinastía taurina que culminó con el gran Antonio Ordóñez. Cayetano no llegó a ser figura. No obstante, era un sobrio lidiador, poderoso y valiente que durante su carrera fue capaz de enfrentarse con una envidiable facilidad con el más difícil y bravo animal.

Conocí al “Niño de la Palma” hijo, en mi niñez, cuando él y mi primo Pepín Martín Vázquez formaban la pareja de becerristas “Príncipe del Toreo” en el año 1943. Luego, cuando yo ya era novillero, lo saludaba ocasionalmente en su residencia en Madrid, a donde yo iba a menudo a reunirme con su hermano Pepe. Ahora bien, no entablamos amistad hasta que coincidimos en Quito, Ecuador, en la temporada americana del 1957-8, cuando ambos estábamos toreando en América. Ese invierno los dos, juntos con otros toreros españoles, establecimos la residencia temporal en el Hotel Majestic de Quito.

A Cayetano, su sangre bohemia le permitía vivir intensamente, disfrutando de los momentos con la soltura y alegría de una persona que no tuviera una preocupación o pena en el mundo. Su optimismo era contagioso que, unido a la manera ocurrida de expresarse y de contar las cosas con ingenuidad, exageración, dudosa veracidad y ocurrencia, atraía a sus compañeros y amigos.

El Hotel Majestic, que estabas situado en el centro de la ciudad, con una de las fachadas dando frente a la bellísima Plaza de la Independencia, recordaba a los añejos hoteles europeos. Una de sus dependencias era un “salón de té”, que era un centro social donde los huéspedes y los quiteños se juntaban allí por las tardes para relajarse, siguiendo la costumbre inglesa de la “hora del té”. No tardó mucho para que la presencia de Cayetano se hiciera sentir en el salón, formándose una tertulia a su alrededor, formada por nosotros los toreros, y un grupo de buenos amigos y aficionados ecuatorianos, encabezados por los hermanos Andino, los dueños del hotel. Las risas del grupo, causadas por las ocurrencias del rondeño, animaban el ambiente sobrio del local. Pronto se hizo popular el decir entre los huéspedes y locales, “sentémonos en la mesa de los toreros para oír las cosas de Cayetano”.

Me vienen a la mente un par de incidencias, de la muchas que me ocurrieron con el maestro rondeño que, tal vez, den una idea de como eran “las cosas de Cayetano”.

Cayetano y yo teníamos habitaciones contiguas en el tercer piso del hotel, conectadas por una puerta interior. Por esos días había ocurrido el desastroso Terremoto de Esmeraldas, el cual había causado la muerte de cientos de personas y una tremenda devastación en la costa ecuatoriana, y en la prensa se leían noticias de pequeños movimientos sísmicos que habían ocurrido en distintos lugares del país, y que parecían presagiar otro terremoto. Así que solamente el leve tembleque de un vaso provocado por nuestros pisotones en el suelo, o el ruido de una ventana movida por el viento, ponían nerviosos a los valientes toreros.

Una noche en la tertulia me dijo Cayetano, “mañana voy a entrenarme contigo, pues quiero estar bien en Guayaquil”. Lo miré con duda, pues a diferencia de mí, que era un fanático del ejercicio, Cayetano era alérgico a ello. De todas maneras, le dije “a las nueve llamaré a la puerta para despertarte”. Iba a llamarlo a la mañana siguiente, pero no lo hice al oír caer el agua de la ducha. Entonces comencé a vestirme, pero al agacharme para ponerme los zapatos de tenis, el techo, el suelo, las puertas, la ventana y las paredes empezaron a temblar, como si la habitación fuera una gigantesca masa de gelatina. En ese momento se abrió la puerta interior y en su marco apareció la imagen de Cayetano que, desnudo como vino al mundo, me gritaba con desesperación “Marioooo… sálvateee… que yo no puedo porque estoy desnudo”.

Sin zapatos, en pánico, me uní a una avalancha de huéspedes que se deslizaba escaleras abajo en dirección al centro de la plaza. Todo esto habría sucedido en apenas el más largo minuto de mi vida.

Acelerado y muerto de miedo no sé como me encontré al lado del monumento que en el medio de la plaza celebra a los héroes de la independencia ecuatoriana. Pero cual fue mi sorpresa, que lo primero que vieron mis ofuscados ojos fue la persona de Cayetano enfundada en un albornoz blanco, que dirigiéndose hacia mí, me decía con su singular desparpajo y con una sonrisa en los labios: “Mario, yo también decidí salvarme”.

El único daño que el temblor causó fue el susto, pero cuando conté en la tertulia de la tarde lo sucedido con ‘mi salvador’, el hecho sirvió para embromar a Cayetano diciéndole que desde aquí en adelante tendría que dormir y ducharse vestido para asegurarse la salvación en caso de un terremoto.

Unos tres meses después, a últimos de marzo del 1958, de vuelta a Ecuador, después de haber toreado en Lima, Perú y en la capital de Panamá y antes de seguir para Quito, en donde en el 16 de abril iba a torear en una corrida a beneficio de los damnificados del Terremoto de Esmeraldas, decidí parar en Guayaquil para pasar unos días con Sally, mi mujer, quien entonces era mi novia.

Unos días antes de la corrida, tenía reservado mi pasaje de Guayaquil a Quito en un vuelo de la compañía nacional Aviación Areas, pero la noche antes del viaje tuve un encuentro que afortunadamente me hizo cambiar mis planes. Cuando comía con Sally en el restaurante Rincón de México me encontré con un buen amigo quiteño que había venido a la aduana de Guayaquil para recoger un coche que había importado de los Estados Unidos. Insistía en que lo acompañara en el coche a Quito, pero yo me resistía, pues por aquella época el hacer ese viaje por carretera era una aventura. Entonces para salirme del paso le di una respuesta vaga como “ya veré lo que hago por la mañana”. Cual fue mi sorpresa que a la mañana siguiente mi amigo se presentó en mi habitación del hotel para recogerme, y yo por hacerle el favor de acompañarle, sin siquiera cancelar mi pasaje hice la maleta y salimos hacia Quito.

Después de pasar todo el día en la carretera, padeciendo el azote de una tormenta tropical primero en la costa, y luego de sortear baches y pedruscos que, como minas, obstruían la tortuosa y empinada carretera de la sierra, al anochecer llegamos sanos y salvos a las puertas del Hotel Majestic en Quito. Invité a mi amigo a tomar algo en el “salón de té”, en donde Cayetano, como de costumbre, se encontraba en su tertulia. Al verme pegó un salto de la silla y mirándome como si estuviera ante la presencia de un fantasma, muy serio, exclamó con exagerado énfasis: “Mario ¿qué haces aquí si tú estas muerto?”.

Miré a Cayetano sonriente, pensando que de nuevo estaba con sus cosas. La sonrisa se me heló en mis labios al aclarárseme que no se esperaba mi presencia allí, pues el avión en el cual yo debería haber volado a Quito se había estrellado en un pico andino y, hasta ese momento, se creía que no hubieran sobrevivientes. Este trágico desenlace se confirmó varios días después cuando un equipo de rescate alcanzó los restos del avión repleto de personas sin vidas, que se encontraban semi- cubiertos por la tupida maleza, en un hondo precipicio entre las altas montañas.

Años después Cayetano murió de repente en Sevilla antes de su debido tiempo. Ahora me lo figuro siendo el alma de una tertulia celestial y diciéndome socarrónicamente cuando a mí me llegue mi turno de entrar en el otro mundo: “Mario ¿qué haces aquí si tú estás vivo?”

Deja un comentario