1ª PARTE… PARA SÁNCHEZ MEJÍAS, GAONA HA SIDO EL MEJOR TORERO DE MÉXICO.

De nueva cuenta copiamos el artículo, letra a letra, de lo publicado en “Revista de Revistas” por finales del lejano 1937. Lo transcribimos tal cual y esto es el primero de los créditos obligados a dar, el segundo es al Ingeniero Enrique del Valle de Alba quien nos ha proporcionado el añejo ejemplar. Va pues el impresionante relato de las últimas horas de este importantísimo torero sevillano que nació el 6 de junio 1891 y murió en Manzanares, Ciudad Real, el 13 de agosto 1934…

PARA SÁNCHEZ MEJÍAS, GAONA HA SIDO EL MEJOR TORERO DE MÉXICO.

EN LA FINCA DE “JANDILLA”, DE LOS SEÑORES DOMECQ.- UN RETRATO, UNA DEDICATORIA Y UNOS VERSOS.- LA TRISTEZA DE “PIRUJITA”.

Por Alfonso de Icaza.

Eran los primeros días del mes de julio de 1935 cuando se hallaban reunidos en la finca “Jandilla” un grupo de invitados de los señores Domecq.
Ignacio Sánchez Mejías entre otros.
-Vengo a que me suelten un toro…
En la placita había inusitada animación.
-No; ese no es toro; yo no quiero entendérmelas con becerros…
-Pero, hombre, ¿cómo quieres que te echemos un toro si dentro de unos días vas a reaparecer?
-Precisamente por eso…
Salieron al campo Sánchez Mejías, los propietarios de la finca, “Carnicerito de Málaga” y Eduardo Solórzano.
Ignacio escogió para torear un buen mozo, jabonero y astifino.
¡Y que fuerza tenía el socio!
Bernardo Muñoz y Eduardo pasaron fatigas al banderillearlo.
Y Mejías lo toreó; lo abofeteó; y lo pateó…
Momentos después se generalizaba la charla en el comedor de la finca.
-Mira- dijo el sevillano al menor de los Solórzano-, uno de mis deseos de volver al toreo, es ir de nuevo a México. ¡Que gran tierra aquella! Y de sus toreros, el mejor de todos Gaona. ¡Vaya si era torero el indiazo aquél!

El 15 de julio de 1935 soplaba en Cádiz un violento aire de Levante. -Lastima- decía don Juan Pedro Domecq-, de que haga este vendaval. No vamos a ver nada en la corrida.
-¿Qué no? Para mí no hay levantes, don Juan Pedro…
Y con un airón tremendo, que hacía flamear de continuo los capotes y la muleta, se hincó Sánchez Mejías en medio del redondel y le dio dos tremendos muletazos al primer toro que lidiaba, después de su larga ausencia de los cosos taurinos.
El 8 de agosto se le ocurrió a Pirujita, la monísima hija de Ignacio, tipo clavado de la mujer sevillana, pedirle a su padre una fotografía dedicada.
-¿Para qué la quieres, si me tienes a mí?
-Que se yo, padre, Quiero tenerla siempre a mí lado para que cuando tú te vayas me acompañe.
-Bien, dámela…
Y la chica le entregó al autor de sus días una instantánea en la que éste miraba al público, orgulloso, en los precisos momentos en que rodaba patas arriba, fulminando por certera estocada, al toro de su reaparición.
Ignacio quedóse pensativo unos instantes y, sacando se plumafuente del bolsillo escribió de corrido casi:

Cien mil toros mataría
para labrarte un camino de alegría.

Cien mil toros mataré,
para que nunca sepas lo que sé,
que en la vida, Pirujita tan bonita,
se esconden por las esquinas
todas las malas partidas.

Y sería mí muerte mala
si no te entrego a tus pies,
como a esta muerte matada,
tu tristeza
¡atravesada por mi espada!

Piruja Sánchez Mejías se emocionó.
Mira… lee, ¡qué clase de padre tengo!
Eduardo Solórzano tomó la fotografía en sus manos y, después de leer los versos, guardó como los demás, profundo silencio.

Domingo Ortega no podía torear en Manzanares el sábado 11, por hallarse convaleciente de las lesiones sufridas en un accidente automovilístico.
Y convencieron a Sánchez Mejías para que lo sustituyese.
Los toros eran de la ganadería de Ayala, cruza de Veragua, y los diestros alternantes “Armillita” y Alfredo Corrochano.
Transcurrió el primer tercio del burel que abrió plaza, sin nada en particular; pero al iniciarse casi la faena de muleta, surgió la tragedia.
Uno, dos, tres pases formidables en los tableros, y la cogida.
Un cornalón en la parte alta del muslo izquierdo.
Llevado rápidamente a la enfermería, fueron inútiles los ruegos de los doctores provincianos:
-¡Que no, señor! ¡Que a mí nadie me mete mano hasta que me vea el doctor Segovia.
Y no hubo modo de curarlo.
Sánchez Mejías, que como todo mundo sabe, hizo estudios de medicina, no tuvo en cuenta el tiempo que se perdía, prefiriendo desangrarse y exponerse a una complicación, antes de que médicos mediocres fueran a perjudicarlo.
Se habló por teléfono a Madrid, con miras de localizar al doctor Segovia, pero no fué sino hasta las diez de la noche cuando este facultativo tuvo conocimiento del caso, ordenando que inmediatamente fuera una ambulancia por el herido.
Sánchez Mejías se vaciaba.
En la enfermería de la plaza de Manzanares le dieron dos colapsos.
El viaje fué largo y angustioso.

Amanecía el domingo cuando era internado Ignacio en la clínica situada al término de la calle de Goya…
El próximo miércoles el fin de este escrito…

Deja un comentario