27 noviembre, 2021

“TÍO, TÚ ERES MI ÁNGEL”

“No me gusta nada correr”, afirma Bill Hillmann postrado en una cama del hospital de Navarra donde se recupera de la cornada que sufrió el pasado día 9. El toro se llamaba Brevito, el número 2 de la ganadería Victoriano del Río, famosa por la velocidad que alcanzan sus astados. La habitación parece un estudio de televisión. Los medios de comunicación quieren contar esta historia porque tiene mucha tela.

En este caso, el corneado es un escritor estadounidense de 32 años, coautor del libro cuyo título en español sería “Cómo sobrevivir en el encierro de Pamplona”. Todo un guión para una película.

“No me gusta nada correr”, afirma Bill Hillmann postrado en una cama del hospital de Navarra donde se recupera de la cornada que sufrió el pasado día 9. El toro se llamaba Brevito, el número 2 de la ganadería Victoriano del Río, famosa por la velocidad que alcanzan sus astados. La habitación parece un estudio de televisión. Los medios de comunicación quieren contar esta historia porque tiene mucha tela.

En este caso, el corneado es un escritor estadounidense de 32 años, coautor del libro cuyo título en español sería “Cómo sobrevivir en el encierro de Pamplona”. Todo un guión para una película.

Bill sonríe campechano. Suena el teléfono de la habitación. Llaman de la CNN, el canal americano. Quieren conectar con él en directo para transmitirlo por televisión. Se corta. Vuelven a llamar. Bill responde con la paciencia de un manso. El único hilo de contacto con el exterior es el teléfono del hospital. Estos Sanfermines le han robado el pasaporte y el portátil, y su móvil americano no funciona en España.

Ya ha relatado unas cuantas veces la cogida. Por activa y por pasiva. Sin rechistar. No ha cambiado de postura desde hace rato porque al menor movimiento la pierna derecha le recuerda que está malherida. Acaba de entrar Jim Hollander, un fotógrafo neoyorquino que viene a Pamplona desde hace muchos años para inmortalizar la Fiesta. Esta vez no fue él quien retrató la cogida de su conciudadano, pero ha ido a visitarle. Me dice que “Bill es un gran escritor” y me enseña un retrato que le hizo en Cuéllar al nombrarle embajador de la fiesta taurina en esa localidad. Charlan unos minutos. Ambos pertenecen a esa tribu de guiris adictos al encierro y a los Sanfermines.

Varias cadenas de televisión, una emisora de radio, dos de sus amigos más cercanos, las trabajadoras sociales del hospital, la señora que limpia la habitación, las enfermeras… han desfilado en procesión. Espero y por fin consigo hacerme un hueco para estar a solas con él. Le noto cansado. Han traído la comida así que le ayudo con la logística. Su mujer se ha ido a descansar tras pasar la noche con él. Bill come con apetito. Dice que le encanta la comida española. Saco la libreta con pudor. Este hombre debería descansar… Se abre la puerta. Cielos, otra visita.

Entran tres hombres corpulentos y una mujer. Les digo que Bill está agotado pero, claro, quieren saludar a su amigo. Hablan inglés con acento americano. Bill les recibe con alegría. Guardo la libreta y escucho. Ellos también sufren la enfermedad sanferminera: no fallan en la fiesta ni un solo día. Uno de ellos fue corneado hace años en un encierro. Otro lleva un ejemplar de la novela que acaba de publicar Bill, “The old neighborhood” (El viejo barrio), para que se lo dedique. ¿Lo tendría por casualidad en la maleta junto con sus pantalones y camisetas blancos o lo habrá comprado ayer en Amazon? Bill coge un bolígrafo y le escribe algo en la primera página… escribe y escribe… muy concentrado… quizás sea lo primero que ha escrito tras la cornada y por eso se lo toma con calma.

Sus amigos se marchan y yo también me dispongo a hacerlo. En realidad, mi misión ha terminado hace rato: le he traído un portátil para que siga contando historias en su periódico, el Chicago Tribune, o anote sus primeras impresiones tras la cornada, el lío que se ha montado, etc. Ideas no le faltarán. El portátil me lo ha dado Mikel Ciaurriz, uno de los fotógrafos de Sanfermin.com, el autor de la fotografía que ha dado la vuelta al mundo y que, además, ha generado la bonita historia que me ha traído hasta el hospital.

¿Qué sucedió? Tras recoger en imágenes la cornada que logró captar, Mikel sintió que aquello podía ser muy grave, que el pitón rozaba la arteria femoral. Se acercó a él mientras el equipo de Cruz Roja lo atendía. Buscó la cara de Bill. Se encontraron con la mirada. Bill le hizo el gesto de OK con las manos y Mikel le respondió con el mismo gesto. Pura empatía. Horas después, se volvían a encontrar en el hospital: Bill reconoció enseguida a Mikel, que se acercó a ver cómo estaba y si necesitaba algo. “Eres mi ángel, tío”, fue casi lo primero que le dijo Bill. Y lo fue: le prestó su teléfono para llamar a sus padres y decirles que estaba OK.

Bill parece muy feliz cuando le muestro el portátil. Todavía no cuenta con la conexión a Internet pero al menos podrá escribir. Insiste en que hablemos, que lo entreviste y tiemblo porque se han agotado las pilas. Me gustaría que nuestra conversación fuera un relajante antes de la siesta, aunque me temo que el teléfono seguirá sonando porque es la hora en que Estados Unidos se despierta. Allá voy, con mis ‘banderillas’.

¿Tus padres ya saben que estás bien?
Sí. Gracias a que Mikel, el fotógrafo, me dejó su teléfono. ¡Él me salvó!

¿Qué pasó entre vosotros?
Cuando me atendían los equipos de emergencia, yo le estaba mirando. Mientras, pensaba que seguía vivo, que simplemente me había cogido el toro, que no estaba loco. No quiero que nadie piense que estoy loco, que tengo miedo… La forma en que él me sonreía y me miraba era parte de aquel momento, y yo le quería transmitir que dijera a la gente que estaba bien. Me encantó. Sentía ganas de gritar en español “amo a los toros”, pero sangraba un montón y bueno, no lo hice, pero daba gracias por haber corrido y estar vivo.

De las primeras visitas que recibiste fue la de Mikel Ciaurriz.
Sí, la primera. Estaba solo en la habitación porque mi mujer se había ido a buscar a nuestros amigos. Cuando entró, lo reconocí enseguida. Luego me enseñó las fotos y eso me ayudó a entender qué había sucedido, cómo me empujaron, cómo caí. Fueron las primeras imágenes que veía, y fue muy importante para mí, muy sanador. No podía creerlo que un perfecto extraño se portara así conmigo. ¿Qué necesitas? Me preguntó. Y yo sólo pensaba en mis padres… Le dije “me gustaría hablar con mis padres”. Y no lo dudó, me ofreció su teléfono, “dime el número”. Eran las 6 de la mañana en Chicago, mis padres se iban a despertar y verían las noticias. Me daba mucho apuro, pero acepté. No quería que se preocuparan. Sabía que si me escuchaban se iban a tranquilizar. Fue un regalo, el regalo más precioso de toda esta historia. Es un hombre increíble.

¿Qué echas de menos en este momento?
La Fiesta, los Sanfermines, ¡me los estoy perdiendo! Yo no quiero ver el encierro por televisión sino correrlo, y siento no poder estar ahí con mis amigos. Llevo viniendo cinco años y me quedo durante todos los días de las fiestas.

¿Te sientes inspirado para contar nuevas historias sobre el encierro? ¿Te rondan ya ideas en la cabeza?
Sí, sí, mi periódico, el Chicago Tribune, ya me ha pedido que escriba algo y estoy dándole vueltas. Ahora que ya tengo ordenador podré trabajar en ello, eso es genial. Tengo muchas ganas de escribir.

Después de Pamplona, ¿regresas a Estados Unidos?
No todavía, quizás vayamos a Marruecos, no sé, dependerá de cómo esté mi pierna, si puedo cargar con el equipaje, moverme…. En agosto viajaremos a Londres para presentar mi novela. Allí mi amigo, el escritor Irvin Welsh, me ha organizado un montón de eventos. Él es muy reconocido en su país y me está ayudando un montón, somos muy buenos amigos.

¿Cuándo escribiste esa novela, “The old neighborhood”?
La empecé hace casi diez años y la reescribí muchas veces para intentar mejorarla. Ha sido publicada hace unos meses.

Este año también has publicado un libro en formato electrónico sobre los Sanfermines, junto con otros tres autores, “How to survive in the running of the Bulls”.
Sí, lo hemos escrito entre cuatro y también participa un fotógrafo, Jim Hollander, que acaba de visitarme. Joe Distler, que es un corredor del encierro increíble, John Hemingway, el nieto del Premio Nobel, y Alexander Fiske-Harrison, que ha coordinado todo el proyecto.

¿Cómo es eso de escribir en grupo?
El libro lo dividimos en cuatro partes. Yo escribí el capítulo sobre el encierro, cómo correr, qué debes tener en cuenta, que no te pillen los toros… cosas así (se ríe). John habla sobre la pasión de su abuelo, Ernest Hemingway, por los Sanfermines. Joe cuenta cómo era históricamente el encierro, los primeros corredores… Alexander hizo el trabajo más difícil, que es unir y dar forma al libro, editarlo, divulgarlo y darlo a conocer. El alcalde de Pamplona ha escrito la presentación y algunos corredores de aquí, como Jokin, Josetxo y otros, aportan sus consejos para correr el encierro. Ha sido un trabajo de cooperación muy bonito.

En las fotografías de tu cogida se ve que calzabas unas zapatillas que parecen calcetines con dedos. ¿Son las famosas ‘barefoot’ (descalzo)?
Sí, siempre corro con ellas porque me encantan, son muy cómodas y muy ligeras. Estas las tengo desde hace tres años, las uso para correr y para hacer ejercicio.

¿Han sobrevivido al accidente?
Creo que sí, ahora mismo no sé donde están todas mis cosas, pero sé que sobrevivieron.

¿Has leído Fiesta, de Hemingway?
Sí, fue el primer libro que leí. Era un mal estudiante de pequeño. Tenía ya veinte años y cuando lo terminé sentí el deseo de escribir y contar historias. Pensé: “quiero ser escritor, quiero ir a España y quiero correr con los toros”.

Suena el teléfono. Bill responde amable. Es Michael, un amigo. Le dice que vuelva a llamar en unos minutos porque ahora le están entrevistando y que estará encantado de que le visite en el hospital.

Al escribir el libro, ¿pensaste que alguna vez podrías ser cogido por un toro?
Sí, siempre he pensado que podría sucederme. El peligro está ahí, puedes fallar, y con los toros nunca se sabe. Pero he tenido mucha suerte porque no ha sido grave.

Como escritor, debes tener una mirada especial a la hora de contar qué vives corriendo el encierro. ¿Qué pasa dentro de ti justo antes del encierro?
Es increíble. Siento miedo, esperanza… dudo de mí mismo, de si tendré habilidad… y también un sentimiento de hermandad y de amistad, cuando veo a mis amigos, ¡aaahhh!, y chocamos las manos y nos deseamos “suerte”, y sabes que ellos están contigo y tú con ellos, porque nos sentimos todos del mismo modo… todo pasa en unos minutos pero se repite al día siguiente… Es maravilloso.

¿Y durante la carrera?
Mientras corres, sientes mucha prisa, mucha excitación, ¡hay tanta gente!… Los mejores encierros para mí son los que consigo tener una visión focalizada, lo cual es difícil, porque hay miles de personas intentando hacer lo mismo, y algunas saben de qué va eso, pero otras muchas no. Y de pronto llega esa manada de animales feroces, con sus pisadas tremendas, yo lo llamo un “toro-caos”, en ese momento tratar de concentrar la mente en tu carrera no es fácil.

¿Qué sucede cuando notas a los toros a tu lado?
Es una sensación fantástica, sientes mucha fuerza, y cuando logras acercarte al toro y el toro te acepta, y corre contigo… es alucinante. Yo espero todo el año para sentir eso todos los días del encierro.

¿Cómo decides a tanta velocidad?
Lo complicado es predecir, en milésimas de segundo, qué hará el toro, cómo se moverá. Miras atrás y a veces escuchas el bramido del toro, que suena impresionante (lo imita con sonido aaaaaaaaaa) otras veces sólo se escuchan las pisadas (chun, chun, chun), con su ritmo aplastante pero calmado. Unos se caen, otros se empujan… Los toros pueden reaccionar de manera totalmente sorpresiva. El toro que me cogió iba tranquilo, lo sentí que corría conmigo, y de repente soltó un bramido, uaaaaaa. Si hubiera visto que tenía detrás a otro corredor, no hubiera reaccionado como lo hice, pero él quería protegerse del peligro también, y en su intento me empujó a mí, caí… y el toro me embistió.

Bill resopla cuando termina de contarlo, como si acabara de correr.

Y cuando termina la carrera, ¿también sientes esa fuerza, ese poder?
A veces, muy pocas, siento ese poder, cuando sé que los toros están conmigo. Es más que poder, siento que soy parte del animal, que estamos juntos, que todo irá bien, es como decir “vamos”. Después te llega una inmensa alegría, lo ves por la tele y dices ¡uau!, qué adrenalina. Pero si no ha ido bien, me quedo fatal, me da mucho bajón.

¿Qué es irte mal, cuando no logras ponerte delante de los toros?
Sí, es descorazonador. Me entran dudas, pienso que he fracasado, que quizás no pueda volver a correr.

Suena el teléfono de nuevo, esta vez desde Chicago. Les pide que llamen en 10 minutos.

¿Sueles correr de forma habitual? Me refiero durante el año.
No, de hecho, odio correr, me cansa, me aburre… Lo único que me hace correr son los toros. Mis piernas son demasiado grandes, me pesan los brazos… No es divertido para mí.

¿Practicas algún deporte?
He jugado al fútbol americano, he sido campeón de boxeo, y a veces hago ejercicio. He tenido que dejar el boxeo porque me produce adicción.

¿Correrás de nuevo?
Sí, eso espero. Iré a Cuéllar en agosto e intentaré correr.

¿Recuerdas la primera vez que pensaste en los toros?
Había visto algún video sobre el encierro, pero poca cosa. Donde descubrí a los toros fue leyendo “Fiesta”. Eso me enganchó. Cuando supe que esa fiesta seguía viva como en ningún lugar del mundo, vine a Pamplona y se convirtió en una obsesión.

Termino. Le explico todo lo que va en la maleta junto con el portátil, el cargador, los auriculares sin estrenar que le ha metido Mikel… y pongo el material a buen recaudo para que no se caiga entre tanto lío. Salgo con la sensación de haber vivido un encierro… por dentro.

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