ROGELIO DE PASCUAL NOS CUENTA…

FÉLIX GUZMÁN: ÚNICO TORERO QUE HA DADO LA VUELTA AL RUEDO EN MÉXICO Y ES SACADO A HOMBROS DESDE EL TENDIDO.

Una malograda promesa del toreo en México.

El arte hecho valor, el valor transformado en tragedia… Y la tragedia en locura.

Por las venas de este fino novillero mexicano corría sangre alemana e italiana. Ya que su progenitora fue hija de un hermano del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, mientras que su padre fue descendiente de italianos. ¿De dónde sacaría Félix la sangre torera? Tal vez de la necesidad.

El verdadero nombre de Félix Guzmán era Felice Kutmann Schopenhauer, nació en la colonia Mixcoac del Distrito Federal el 29 de julio de 1923 y desesperado por salir de la miseria en la que vivía al lado de su madre, decidió hacerse torero, para lo cual, castellanizó su nombre (Felice) Félix y su apellido paterno Kutmann por Guzmán, anunciándose como Félix Guzmán.

La vida de este joven torero fue profundamente triste y dramática de principio a fin; tal pareciera que los negativos pensamientos de su tío abuelo, el nazi Schopenhauer, marcaron su fatal existencia, pues afirmaba el filósofo que la existencia humana era además de aburrida, decepcionante; porque el dolor y el tedio eran la base social de los humanos.

Félix Guzmán en verdad que pudo ser una figura del toreo, de esas que marcan época y de haber tenido la fortuna de vivir unos años más, hubiese competido con “Manolete”, con Arruza y con todas las figuras españolas y mexicanas de ese tiempo; pero desgraciadamente el nombre de Félix Guzmán, solamente quedó registrado en la historia del toreo como un fino y valiente novillero que tuvo luz propia y se extinguió en el coso de El Toreo de México, alternando con el potosino Pepe Luis Vázquez y con Arturo Fregoso, la tarde del 30 de mayo de 1943, en las astas de “Reventón”, un novillo de la ganadería de D. Heriberto Rodríguez.

Félix Guzmán inició su carrera taurina como “maletilla” al lado de varios compañeros ilusionados en hacerse matadores de toros, niños que iban de capea en capea y de la seca a la meca exponiendo su vida en esos pueblos del sureste de nuestro país, lidiando toros criollos del monte, salvajes cebú o ganado de media casta, muchos de ellos pesando más de una tonelada y muy resabiados por haber sido toreados con anterioridad, pues se les trasladaba de un pueblo a otro para torearlos en los famosos novenarios de la ferias pueblerinas. Muchas veces, alguno de esos toros iba precedido de cierta fama respaldada con historial luctuoso, por haber matado o herido a algunos torerillos incipientes. El inicio de Félix Guzmán fue sin lugar a dudas muy difícil, áspero y peligroso, pues hay que templar mucho los nervios, despejar la mente y hacer gala de habilidad para conservar la vida ante esos marrajos, para regocijo de un público inculto, ebrio y salvaje como el de Ixtepec, Oax, Chiapa de Corzo, Reforma, Etc. Etc.

Félix Guzmán se enfundó por vez primera el traje de luces en Tehuacán, estado de Puebla; en una vieja placita ya desaparecida denominada Plaza Ford que entonces era semillero de toreros, en su debut novilleril alternó con Ángel Procuna “Angelillo”, hermano del “Berrendito” de San Juan, Luis Procuna y con Manolo Urbina.

Tarde tras tarde Félix lo daba todo, exponía la vida desesperadamente con el firme propósito de triunfar para ganar mucho dinero y salir urgentemente de la miseria en la que vivía al lado de su madre. Dados los triunfos logrados en placitas de los estados, recibió la anhelada oportunidad pocos días antes de cumplir los 18 años de edad, su nombre figuró en los carteles que anunciaron su presentación en el desaparecido coso capitalino de El Toreo de la Condesa, lidiando novillos toros de la ganadería tlaxcalteca de La Trasquila la tarde del 6 de julio de 1941, alternando con Antonio Rangel y Mario Sevilla (padre).

Impresionantemente valiente y artista estuvo Félix el día de su debut en México, al grado que cortó las dos orejas y el rabo a cada uno de sus dos toros y fue aquella tarde precisamente la que quedó registrada en la historia del mundo de los toros como el único caso y por ende insólito, en que un torero es sacado de la plaza a hombros de los aficionados pero no desde el ruedo, sino desde el tendido.

El público enloquecido por la sublime actuación de Félix Guzmán saltó al ruedo y cargándolo lo subió a la barrera, donde pasando de los hombros de un aficionado a los del vecino completó la vuelta al ruedo bajo una estruendosa ovación, el público enloquecido por lo realizado por el debutante y fino artista de los ruedos, lo sacó a hombros de los tendidos de la plaza a la calle y en volandas paseó al joven debutante por las principales calles de la ciudad de México.

Félix Guzmán, rodeado de una multitud que con aplausos y gritos de ¡Torero!, ¡Torero! ¡Torero” lo aclamaba como nunca se había visto en ninguna otra plaza del mundo, lloraba de emoción con lágrimas de hombre, de torero y de persona agradecida.

La forma de torear de Félix Guzmán era en verdad impresionante, tenía muchísimo valor y una enorme cantidad de arte, pero desgraciadamente y como es natural, le faltaban los recursos y la maduración que se adquieren solamente con el tiempo y toreando mucho; precisamente por la falta de esos recursos y conocimientos sufrió muchas cornadas en su vertiginosa vida dentro de los ruedos, los percances lo hicieron perder numerosos contratos y entre las cornadas que sufrió destacan por su gravedad una en la boca, otra en el estómago.

El público entero se había entregado con mucha fe a este niño torero que sobrado de casta, en cuanto se recuperaba de una cornada y sin estar plenamente recuperado retornaba a los ruedos entregándolo todo, incluyendo su vida y rivalizando con todos los novilleros punteros de su tiempo como Manuel Gutiérrez “El Espartero” de Tacubaya; Carlos Vera “Cañitas”; José Antonio “El Chatito” Mora y Pepe Vela.

El 17 de agosto de 1941, en la capital del país, después de bordar una extraordinaria faena al toro “Tucito” de Rancho Seco, procedió a lidiarlo por la cara para colocarlo en la suerte suprema, pero “Tucito” repentinamente lanzó un fuerte derrote y le incrustó el pitón derecho en el vientre provocándole una grave herida con exposición del paquete intestinal.

Pese a la gravedad de la cornada y con las tripas de fuera, Félix Guzmán entró por uvas dejando una espectacular estocada en todo lo alto. En la enfermería de la plaza le entregaron las dos orejas y el rabo del novillo que lo hirió mortalmente. El prestigiado semanario taurino El Redondel en su edición de esa misma tarde tituló su crónica: “Faena de milagro de Félix Guzmán”.

Pese a la inactividad obligada por los percances sufridos, fue 1941 el año cumbre de Félix Guzmán que a base de un valor indómito y una ilimitada entrega logró colocarse en el sitial de honor de las filas novilleriles de nuestro país.

Desgraciadamente, la temporada de 1942 se le complicó a este destacado novillero, por las cornadas recibidas y por el surgimiento de nuevos novilleros, entre ellos Luis Procuna; los hermanos regiomontanos Luis y Félix Briones; Juanito Estrada; Rafael Osorno y Jesús Guerra. A todos ellos Félix les peleó las palmas buscando a toda costa consolidar su sitio de novillero puntero, pero nuevamente le afectaron los continuos percances y la obligada inactividad.

Pese a su efímera vida de torero, Félix Guzmán dejó indeleble y profunda huella en la memoria histórica del toreo en México, aún existen personas que tuvieron la fortuna de verlo torear y lo recuerdan a 73 años de distancia de su debut en México y a 71 años de su trágica muerte. Desgraciadamente este destacado novillero fuera de serie con pasta de figura, pagó con su vida su inconformidad ante la miseria en que vivía.

La infancia de este torero fue muy difícil, sumamente triste y miserable; en cambio, su fugaz carrera taurina brilló muy alto y con luz propia, le llegaba mucho a la gente por su recia personalidad, por su serenidad y por su impresionante manera de interpretar el toreo tanto de capa como de muleta.

Era Félix un torero muy artista y valiente pero inexperto y castigado por los toros, causaba sensación todas las tardes que toreaba y murió por las heridas que le infirió un toro dos meses antes de cumplir los 20 años de edad.

Tal vez la sombra, la maldición y los desquiciados conceptos que de la vida tenía su tío, abrazaron con sus mortíferos tentáculos los anhelos de vida y superación de este joven torero de Mixcoac, pues decía el filósofo nazi “La vida es dolor y el tedio base de la sociabilidad de los humanos”. Nunca se imaginó ese pensador nacido en Danzing, Alemania, que su pesimismo impregnaría la vida de su sobrino nieto Felice Kutmann Schopenhauer (Félix Guzmán) que en los ruedos vivió la gloria y la tragedia pero jamás el tedio.

Félix Guzmán no conoció comodidades ni manjares, se crió al lado de su madre en la más absoluta miseria, era ella una mujer abandonada, solitaria, de rostro profundamente entristecido, rubia, alta, desgarbada, de ojos azules y rasgos típicamente arios, la única esperanza que tenía para salir de la miseria en que vivía, estaba cifrada en la carrera taurina de su hijo.

Cuando Félix Toreaba en México, su angustiada madre se pasaba la tarde dando vueltas alrededor de la plaza de toros, rezando el rosario que siempre llevaba en sus manos y sin dejar de prestar atención a los gritos de la muchedumbre, al surgir los olés se mostraba tranquila, pero ante los “ayes” de tragedia y espanto, ansiosa corría a la puerta más cercana del coso para preguntar con desesperación y a gritos por la suerte de su hijo, al enterarse que nada malo había ocurrido nuevamente se concentraba en sus rezos, continuaba caminando alrededor de la plaza y la escena se repetía al brotar de los tendidos nuevos gritos de terror y angustia.

En un ambiente de gran competencia novilleril con el surgimiento de los nuevos valores novilleriles, llegó la fecha del 30 de mayo de 1943, anunciándose cuatro novillos toros de Heriberto Rodríguez y dos de Santín para ser lidiados a muerte en el coso capitalino de El Toreo, ubicado entonces en la colonia Condesa, por los novilleros punteros Pepe Luis Vázquez, Félix Guzmán y Arturo Fregoso.

Aquella tarde Félix Guzmán estaba impaciente, con ganas de recuperar el tiempo perdido por las cornadas, lucía un terno color vino de burdeos bordado en oro. Con su primer toro, segundo de la tarde, de la ganadería de Santín estuvo muy bien y recibió estruendosas ovaciones.

Su segundo toro, quinto del festejo fue de la dehesa de D. Heriberto Rodríguez, tenía por nombre “Reventón”, era su pelaje cárdeno bragado; playero y descarado de cornamenta, lo recibió Félix con el capote luciendo enormidades; el mismo torero ansioso de triunfo cubrió el segundo tercio con emotivo arte y entrega; inició su faena de muleta con un escalofriante ayudado por alto, quedándose más quieto que un poste ante la fuerte embestida del toro, ligó enseguida dos naturales y al tratar de ejecutar el tercero, el toro le metió el pitón en la ingle izquierda.

El primer espada, Pepe Luis Vázquez entró al quite, se dio cuenta desde el primer momento que la cornada era grave y le dijo a Félix que ya estaba de pie. “Estás herido, que te lleven a la enfermería yo mato al toro”, pero Félix con la casta que tenía de inmediato le respondió; ¡No, lo mato yo!

Cojeando y sangrando abundantemente Félix Guzmán continuó toreando y entregándose en todo momento como si nada tuviera, el público emocionado jaleaba cada uno de sus muletazos y entre aplausos y olés, Félix bordó una faena llena de luz y de arte, mató de soberbia estocada y premiaron su labor con las dos orejas de “Reventón”. Todavía así, sangrando y cojeando tuvo fuerza para dar la vuelta al ruedo luciendo los trofeos ganados, después; por su propio pie se fue a la enfermería de la plaza.

El parte médico expedido por los médicos de plaza Javier Ibarra y José Rojo de la Vega menciona: “Félix Guzmán al lidiar su segundo toro sufrió una cornada con orificio de entrada de cinco centímetros de diámetro en la parte superior cara interna del muslo izquierdo, con trayectoria ascendente de 20 centímetros de profundidad que llega hasta la fosa iliaca. Esta cornada es de las que ponen en peligro la vida y tardan en sanar más de quince días. El pronóstico es grave”.

Al día siguiente, 1ro. de junio de 1943 a Félix Guzmán se le declaró una septicemia gaseosa y murió a causa de ella el 2 de junio a las 20:37 hs, en el sanatorio del doctor Javier Ibarra, ese mismo médico que se jactaba vaticinando que si un torero no moría en el mismo ruedo, él se encargaba de que no muriera, esta vez falló el vaticinio de Javier Ibarra y lo que es peor, mucha responsabilidad tuvo el galeno en la muerte del joven torero, ya que más que por la gravedad de la cornada, Félix Guzmán falleció por una negligencia médica de Javier Ibarra, pues al practicarle la autopsia al cadáver, se dieron cuenta los legistas que en el fondo de la herida había quedado un trozo de tela de la taleguilla del infortunado torero.

Pero la tragedia de la muerte de Félix Guzmán no paró ahí, su esposa Carmen Rovira estaba embarazada y dio a luz un mes después de la trágica muerte de su marido. El bebé que el matrimonio esperaba con tanta ilusión y amor nació muerto.

La madre de Félix Guzmán, sin haberse repuesto del dolor que le causó la muerte de su hijo, sufrió un golpe más con el nacimiento de su nieto muerto y quedó profundamente afectada, al grado que por completo perdió la razón y pasó el resto de su dolorosa existencia deambulando por las céntricas calles de la ciudad de México, mendingando una moneda y gritando a todo pulmón con su aguda voz “Mi hijo, mi hijo”. “¿Dónde está mi hijo?”.

La imagen de aquella pobre madre que nunca salió de su miseria era en verdad desgarradora, dramática y lastimera.
pascualet1ro@yahoo.com

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