31 julio, 2021

ROGELIO DE PASCUAL NOS CUENTA…

QUÉ TIEMPOS AQUELLOS DIOS MÍO.
Eran los rastros el punto de reunión para infinidad de chiquillos aspirantes a toreros, que con sus avíos bajo el brazo y soportando el frío de la madrugada, acudían a su “universidad taurina”, con la ilusión de que algún toro embistiera para poderlo torear, bajo la luz de la luna y de las farolas que circundaban las corraletas, en las que separan a los toros cebú, criollos y a todo aquel astado que medio embistiera, antes de ser sacrificado.

QUÉ TIEMPOS AQUELLOS DIOS MÍO.
Eran los rastros el punto de reunión para infinidad de chiquillos aspirantes a toreros, que con sus avíos bajo el brazo y soportando el frío de la madrugada, acudían a su “universidad taurina”, con la ilusión de que algún toro embistiera para poderlo torear, bajo la luz de la luna y de las farolas que circundaban las corraletas, en las que separan a los toros cebú, criollos y a todo aquel astado que medio embistiera, antes de ser sacrificado.

Los chiquillos, horas antes de salir el sol, ya estaban apiñados en esos corrales húmedos y malolientes donde aprendían a defenderse de los toros. En verdad que mucho valor se requería para enfrentarse a aquellos morlacos descastados y peligrosos, de gran tonelaje y con una descomunal cornamenta que asustaba al mismo miedo; pero esa era la única forma de aprender a torear porque las escuelas taurinas de antaño, habían desaparecido por completo y para quienes carecían de dinero, padrinos o relaciones, no había otro camino más que ese.

En la temporada de invierno cuando se celebran las tientas, llegaban los “Maletillas” a las ganaderías a pie, cansados, con sus avíos bajo el brazo y sudando a mares después de haberse bebido el frío de la madrugada; actualmente los aprendices de torero sorprenden al llegar a las ganaderías en automóvil, dándose aires de “figuras” y con los avíos en la cajuela.

Antiguamente la generalidad de los torerillos en ciernes expresaba, quiero ser torero para ganar mucho dinero y comprarle una casa a mi madre, ahora en cambio; los aspirantes exigen. Mamá ¡vende tu casa porque necesito dinero para hacerme torero!

Del rastro salían los ilusionados torerillos a recorrer la legua, yendo de pueblo en pueblo y anticipándose a la celebración de los festejos, ya fueran patrios o de los santos patronos, para hablar con los organizadores en busca de contratos, cuando alguno de ellos se lograba firmar se presentaban otros problemas, reunir a los compañeros, formar las cuadrillas, alquilar la ropa de torear para todos y al menos una espada, además de tener que comprar los zarzos de banderillas, porque la mayoría de las veces, el dinero que recibían apenas alcanzaba para transportes y comidas. El problema de los hoteles quedaba resulto con facilidad, ya que bajo el cobijo de capotes y muletas y a la luz de las estrellas, cualquier terreno servía de mullida cama.

Estando en el pueblo la víspera del festejo, cambiaba por completo el panorama para los torerillos a los que se recibía con admiración y respeto, se les alojaba generalmente en los salones de las escuelas y los pobladores les abrían las puertas de sus hogares con los alimentos puestos en la mesa.

Las charangas se escuchaban por todas partes, pues la música y los cohetes en las fiestas pueblerinas son indispensables, las notas de los pasodobles contagiaban de alegría a las masas y emocionaban profundamente a los toreros que eran tratados a cuerpo de rey.

Imposible olvidar los famosos convites, que por las mañanas, horas antes de empezar la corrida eran la atracción de propios y extraños, consistían éstos en un especie de desfile recorriendo las principales calles de las poblaciones, unas veces a pie, otras en carretas adornadas y tiradas por bueyes o caballos, en ocasiones, sentados en las sillas colocadas en camiones de plataforma, con la presencia de la reina de la feria y su comitiva acompañando a los “maletillas” que ataviados con sus trajes de luces y sus capotes de paseo, recibían los cariñosos aplausos de la gente.

Atrás del vehículo de reinas y toreros, hacía su recorrido a pie la banda musical de la población interpretando los alegres pasodobles; de los portones de las casas salían las familias para gozar del espectáculo y agradecer con aplausos la presencia de los aspirantes a matadores de toros.

Así era como se forjaban antes los toreros, acompañados siempre de su valor, de su hambre, de su sed y de su cansancio; pero también de sus sueños de gloria y de su insaciable sed de triunfo. De esa manera transcurría la vida de quienes aspiraban a ser toreros de cartel.

Lamentablemente todo ese romanticismo tan característico de las novilladas pueblerinas se ha perdido. Qué tiempos aquellos Dios mío, cuántos recuerdos e ilusiones, cuántos sufrimientos, lágrimas y satisfacciones quedaron grabados en la memoria de quienes quisimos, sin logarlo, recibir el título de Matador de Toros, con la dignidad y el respeto que merece la Fiesta Brava, el toro, el público y la afición taurina de todos los rincones del mundo.

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