LA PRIMERA VEZ.

En la primavera de 1954, Mi amigo ‘El Güero’ que compartía conmigo la afición a los toros y que era vecino del barrio donde vivía con unos tíos, me invitó a su casa en Arandas, en los Altos de Jalisco. Y previo permiso de la autoridad, allá fuimos.

En Jalisco todo fue novedad y fui de sorpresa en sorpresa.

Para empezar la tierra era colorada.

Lo primero fue ir a la leche caliente, directo de la ubre de la vaca, a las cinco de la mañana, luego a media mañana el desayuno – almuerzo donde te sirven la leche, sola, con café o con chocolate acompañada con pan dulce (el desayuno) y enseguida los guisados con hartas tortillas (el almuerzo).

A las siete de la noche, tocaban las campanas de la iglesia y todos se arrodillaban en donde estuvieran y se persignaban, era que el párroco nos estaba dando la bendición antes de irnos a la cama.

Fuimos al rancho de un tío de “El Güero”, donde montamos a caballo, saltamos las cercas le gustaba brincar (temeridad de los quince años, o mejor dicho pendejismo de los quince años de alguien que nunca había montado a caballo), jineteamos unos novillos porque si no jineteabas no te daban tequila, los novillos me pusieron una pela, no les aguantaba ni dos reparos y los muchachos del rancho, que jineteaban como profesionales, se burlaron de mi hasta que se cansaron. Al otro día mi amigo estaba “pasmado” y no se podía sentar, yo extrañamente estaba bien. Con mucha suerte sobreviví.

Ahí en el rancho estaba escondido un primo de “El Güero”, andaba huido porque le había pegado un tiro al papá de su novia, este nos pidió lo lleváramos a Arandas porque quería ver a la chamaca, todos trataron de convencerlo de que no era prudente hacerlo, él se puso necio y total lo llevamos en la cajuela, lo dejamos en la puerta de su casa, nomás esperamos que no hubiera nadie en la calle para dejarlo bajar. En aquel entonces las puertas de las casas estaban abiertas, podías entrar al zaguán y tocar la campana que estaba en la cancela, la cancela estaba siempre cerrada aunque tenía cascabeles o campanitas para avisar que alguien la había abierto. Luego supimos que este cuate, para que no lo reconocieran, se vistió de charro y se puso la ruana (con el calor que hacía), y se fue a “echar reja” a la hora que consideró que el futuro suegro estaría dormido, estando ahí la muchacha se dio cuenta que había gente en ambos lados de la calle, era la policía con el papá, el amigo trepó por la reja y escapó por las azoteas.

Vimos carteles que anunciaban un magno festival taurino para el siguiente domingo, era a beneficio del templo de San José Obrero que estaba en construcción, anunciaban a dos hermanos de ahí de Arandas que les gustaba torear y “El Güero” los conocía.

Total que fuimos a buscar a los toreros y “El Güero” les pidió que me permitieran actuar con ellos en calidad de sobresaliente, al parecer eso les faltaba y les caímos como anillo al dedo, dijeron que sí pero que tendría la obligación de banderillear, “El Güero” se atrevió a decirles que yo era buenísimo para ello, además les preguntó por los toros y dijeron que eran de casta. Salimos muy contentos, por fin iba torear y toros de casta, eso era un sueño, pero teníamos un problema; que no se enteraran en su casa porque se nos iba a armar.

Además no teníamos ropa de torear y en Arandas no la pudimos conseguir, yo pensé en un traje de charro, aunque fuera el pantalón y una pachuqueña, pero como era para torear nadie nos lo quiso prestar, entonces no hubo de otra, pantalón vaquero, camisa anudada en la cintura, corbata como faja y tenis. ¡Ni modo!

Se llegó el domingo y nos desaparecimos al mediodía. Nos fuimos a la plaza. La plaza me gustó muchísimo, estaba pintada de color rojo indio y tenía una arcada perimetral, no tenía callejón y su aforo sería para unos 3,000 espectadores.

Yo había visto muchas corridas y novilladas en el Toreo de La Condesa y en la Plaza México, había toreado una vez en la ganadería Ibarra gracias a la gentileza de don Agustín Chávez donde una vaca me trajo aperreado.

En Arandas fui de sorpresa en sorpresa, aunque, en la plaza, guardé la compostura haciendo como que todo me era familiar y que no pasaba nada. Pasamos a ver los toros, los toros eran de “Casta…ñeda”, tres castaños y uno negro, toros grandes, viejos, destartalados, de esos misioneros que van de feria en feria y que igual sirven para la toreada que para el jaripeo. Menuda me la había hecho, pero ya estaba ahí. Bendita inconsciencia.

Total, se llegó la hora, llegaron los toreros, llegaron los charros, llegó la banda municipal, llegó el caballo de la pica, trajeron el zarzo de banderillas. Llegó la reina de la feria con su séquito de princesas. Llegó el padre de la iglesia de San José Obrero que nos dio la bendición, llegó el juez de plaza y… “tercera llamada, tercera, comenzamos”.

Partimos plaza, los matadores, el sobresaliente y un amigo que iba para hacer el avío, el picador con su caballo sin peto y los charros. La plaza estaba llena, la gente estaba contenta y nos aplaudió mucho.

Éramos solo cuatro toreros, teníamos que estar muy listos y apoyarnos todo el tiempo, creo que finalmente lo hicimos bastante bien, tratando de estar siempre colocados y al avío.

El primer toro dio tres embestidas antes de pararse y empezar a cazarnos, el picador con su vara con un clavo grande en vez de puya, no pudo hacer su trabajo porque el toro se acordó y ni lo “peló” guardando siempre una prudente distancia, con las banderillas se me dio bien, le pude poner los tres pares y hasta diana me tocó la banda, con la muleta el primer espada las pasó muy duras hasta que lo arropó el toro, después de eso entraron los charros, lazaron al toro, le quitaron las banderillas, lo curaron y lo regresaron a los corrales. El segundo toro fue por el mismo tenor y mientras los charros hacían su labor se me acercó el matador, visiblemente fatigado, y me pidió que lidiara el tercero porque el primer espada estaba muy lastimado.

Engolosinado por los aplausos me dispuse para lidiar el tercero, cuando salió el toro se levantó un murmullo que derivó en aplausos y gritos entusiastas de -El Pozole-, -El Pozole-. Le comenté al que estaba atrás de mí en la barrera, -no me digas que este toro es famoso-, -“Sí matador, es El Pozole, es bravísimo”-… hasta ha matado caballos-, -Te pedí que no me dijeras-. Con el capote pasé la pena negra, apenas si podía quitármelo de encima, me trajo de lado a lado de la plaza, con las banderillas lo traje yo de lado a lado de la plaza con galleos, recortes, pechazos y carreras, le puse los tres pares y me volvieron a tocar la música, ya con la muleta solo dio un par de embestidas y luego, bendito Dios, se rajó, dejó de embestir y empezó a huir por lo cual intervinieron los charros y ya respiré tranquilo. Luego hasta me aplaudieron por lo que saludé desde el tercio.

Al cuarto toro también le puse los tres pares de banderillas, que ese era mi compromiso, sobresaliente con obligación de banderillear. Fue una experiencia muy dura, pero felizmente tuve mucha suerte.

Al final nos fueron llamando por el sonido local, cuando me tocó, la Reina de la Feria, una alteña muy agraciada, rubia, de ojos claros, casi de mi estatura y ataviada con el típico vestido de listón, me puso una banda anaranjada, me felicitó, me abrazó y me dio un beso. Sentí las mariposas en el estómago. No me cambiaba por nadie. ¡Me sentía en los cuernos de la luna!

Ya no tuve remedio, si ya traía el mal de montera, ahora estaba envenenado per sécula seculorum.

De rato volví a la realidad con la maltratada que nos pegó la mamá de mi amigo por irresponsables.

Total que en unos cuantos días conocí otra cultura, otra manera de pensar, otra forma de vivir, y ahí sin querer queriendo hice mi debut en una plaza de toros, viví otra fiesta, la de los toreros sin oportunidades, la de los que le salen al “chon lagañas” y fieles a su vocación se hacen viejos de pueblo en pueblo, de feria en feria, siempre soñando con las glorias del toreo. Mis respetos y admiración para ellos.

Quizá por el incidente del festival, a mi amigo “El Güero” lo mandaron a Guadalajara a estudiar el segundo semestre, lo podía ver su madre todos los fines de semana y así no andaría de torero.

Reapareció en las vacaciones de diciembre, estaba muy molesto conmigo porque no le había contestado una carta que me mandó por correo aéreo con carácter de urgente, en la que me avisaba que la empresa de la feria de enero quería ponerme en la novillada y pidiéndome lo autorizara para que en mi nombre y representación firmara el contrato correspondiente, asimismo me pedía que consiguiera buenos avíos y un traje de luces “chingón”. Se había perdido la oportunidad por no haber contestado a tiempo y él había quedado muy mal. Yo me defendí diciendo que no la había recibido, pero él me mostró el acuse de recibido del correo muy firmado por mi madre.

Me fui a casa y calmadamente le pregunté a mi madre que si había recibido la correspondencia a mi nombre, ella dijo que sí, abrió su ropero, sacó la carta y me la entregó, efectivamente el sobre era de correo aéreo y tenía escrito con letras grandes la leyenda “muy urgente”. El sobre estaba abierto. Estaba indignado y confundido.

– ¿No nos enseñaste que la correspondencia ajena no se abre?

– Sí, pero la abrí porque decía muy urgente.

– ¿Por qué no me la entregaste?

– Porque no quiero que seas torero y lleves una vida de hospitales.

¡Zácatelas!.

Le expliqué al güero pero no quiso entender razones, el resultado; nunca me volvió a hablar.

Entonces, ¿por qué me llevaron a los toros todos los domingos desde que llegamos a México? ¿Por qué, años atrás, me regaló aquella sábana vieja que teñí de rojo para hacer mi primera muleta? ¿Por qué me prestó su máquina de coser para arreglar aquella desgracia de capote, viejo y roto, que me regaló mi amigo Pepe Menéndez Solórzano, capote de brega que había sido de su tío Jesús? ¿Por qué me permitió usar la cocina de la casa para cocer durante horas, hasta separarlos del hueso, aquellos cuernos que compré en el destazadero de la plaza México y que utilizaba para entrenar? ¿Por qué me permitía “jugar al toro”, yo le decía entrenar, casi todo mi tiempo libre, tanto que hasta la señora que le ayudaba con los quehaceres la casa decía “es que el joven está estudiando pa’torero”? Preguntas que no tenían respuesta.

Este incidente me afectó mucho, me di cuenta que quién tiene el poder, hace las reglas y cuando las rompe te deja en estado de total indefensión y con esto me iba a encontrar muchas veces en mi vida.

Luego tuve que verlo con mi padre, mamá le explicó todo el incidente y mis reacciones, luego, dirigiéndose a mí dijo:

-No sé de donde sacas eso de torear, en la familia nadie ha toreado nunca.

Aquí vi la luz de la esperanza y es que: En casa había una caja grande donde estaban muchas fotografías familiares y a mi gustaba verlas, las había desde los años 20, un día revisando en la caja encontré cinco fotografías de mi papá en el campo bravo, en tres aparecía con otras personas y en dos estaba toreando, en el anverso estaba escrito “Tienta en Rivas Varela, 1935”. Me las “volé” y guardé en lugar seguro. Así que fui por las fotos y las puse sobre la mesa. A mi padre le brillaron los ojos y me comentó que las habían tomado en la ganadería de su amigo don Carlos Rivas Varela, que estaba cerca de Tepic, que era una ganadería antigua, recordó que el tentadero era de mediados del s. XIX y que don Carlos para mejorar el ganado había comprado sementales de primera en Zacatecas y luego vacas y toros en Tlaxcala, que era una ganadería muy buena que ya había lidiado en México, etc. etc. Me parecía que la cosa iba bastante bien, pero luego me dijo muy serio:

-Peeero… Tú dejas lo del toro en paz, te metes en los libros y obedeces a tu madre, que todo lo que quiere es que seas un hombre de bien.

¡Chin! Todo había fallado.

Mi mundo, de repente, se había vuelto Kafkiano.

Mi madre tenía miedo a las cornadas.

Pero andando el camino aprendí que hay que tener cuidado de “todas las malas partidas que se esconden por las esquinas”.

Lo tomó de Ignacio Sánchez Mejías quién lo expresa en la dedicatoria de una fotografía suya a su hija.

Cien mil toros mataría
para labrarte un camino de alegría.
Cien mil toros mataré,
para que nunca sepas lo que sé,
que en la vida, Pirujita tan bonita,
se esconden por las esquinas
todas las malas partidas. Y sería mí muerte mala si no te entrego a tus pies, como a esta muerte matada, tu tristeza. ¡atravesada por mi espada!

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