LA PATAFÍSICA TAURINA… PRIMERA CORRIDA DE LA TEMPORADA DE LA MONUMENTAL PLAZA DE TOROS MÉXICO.

Domingo 26 de octubre del 2014.
Toros: Siete de Barralva (supuesto encaste español). Morante regaló un séptimo astado. Relativamente bien presentados, pobres de juego, sin bravura alguna.

Toreros: Morante de La Puebla: al que abrió plaza le pinchó en varias ocasiones, le recetó metisacas y lo liquidó de un golpe de descabello: Pitos. A su segundo le mató peor: muchos golpes de corta, aviso y pitos. Al de regalo le despenó después de dos avisos: palmas.

Octavo García “El Payo”. Al segundo de la tarde le cortó una oreja inmerecida, matando de entera caída. En el quinto volvió a estoquear bien pero en el rincón: dos orejas más que benévolas.

Diego Silveti: al tercero le pegó una entera que atravesó, lo pinchó y lo logró hacer doblar al burel con tres cuartos muy traseros: silencio. Al que cerraba plaza en la lidia ordinaria, le asestó un metisaca, un pinchazo, y una entera baja y trasera para escuchar un aviso: silencio.

Dicen los estudiosos que la patafísica es la ciencia de las soluciones extraordinarias. Digamos que el primer festejo de La México fue extraordinario, pero sólo si usted tenía muchas ganas de ver maravillas asombrosas donde no hubo nada espléndido. Y así, la gente vio cosas magníficas donde sólo hubo carencias. Y hoy únicamente se salva El Payo, por su pundonor. La corrida de expectación, misma que congregó a más de veintidós mil aficionados en el coso máximo, tuvo detalles de parte del más esperado; una buena faena –de cabeza y valor- instrumentada por el intermitente matador queretano, y un semi-petardo a cargo del consentido de la afición.

Vayamos, otra vez, por partes.
Morante es Morante. Y nos regaló en su primero algún lance y dos naturales de torero serio. Mejoró la cosa en el cuarto, en el que el diestro del “turibús” mágico inició la faena de muleta por bajo con sello y hondura. Luego, la cosa se perdió en dudas y pasos fuera de cacho.

La figura andaluza obsequió uno y se justificó. Los viejos aficionados nos acordamos de aquel grito que le lanzaban a Garza, a Lorenzo El Magnífico: ¡Qué grande eres, bandido! José Antonio Morante Camacho se ciñó, templó y mandó hasta donde se pudo, poniendo a la gente de pie. ¡Con qué poca agua nos ahogamos! Quizá si la estocada recibiendo hubiera funcionado, estaríamos hablando de un triunfo apoteótico (o apoteósico según los españoles), pero algo nos quedó a deber el gran Morante.

Mejor estuvo El Payo, quien como siempre se dejó lo mejor de su tauromaquia para su segundo enemigo. Ahí nos hizo olvidarnos de que el primero de su lote se le había ido por falta de poder y de entrega, a pesar de que le regalaron una orejita.

Octavio templó al quinto en un palmo, echándole inteligencia a cada muletazo, pues el toro era manso. Hubo pases lasernistas, cambiados por la espalda, enormes de pecho y momentos grandes por ambos pitones. La figura erguida, el trazo largo y la bendita noción de echarle al bicho la muleta al hocico sin perder el paso, provocaron la explosión jubilosa en la gente buena de sol y sombra. Aseguró la estocada y cortó dos orejas que en realidad fueron una de ley.

Diego Silveti necesita pensar seriamente en muchas cosas. Hoy no completó un solo muletazo y se le vio lejano/distante en todos aspectos. Diría mi abuela: “Este niño anda entre azul y buenas noches”. Nada hizo que hubiera enorgullecido a su bisabuelo, a su abuelo, a su padre o a su tío. El silencio que acogió el final de sus faenas dice más que mil palabras; es decir, a la próxima el respetable le va a armar la bronca si no se aprieta los machos.

Bueno, querido y sufrido lector, algo se vio en esta corrida de expectación, pero nada que nos vaya a quedar en la memoria más de cinco minutos.

Mucho blues del autobús, mucha dinastía, mucho encaste español, pero pocas, muy pocas nueces.

Y (para darle a usted otras noticias mexicanas) Joselito salió a hombros en la plaza más seria de América, en Guadalajara, Jalisco, con el toro de verdad. Pero aquí –en la Ciudad de los Palacios- no le contrató el santo empresario. Mismo que –por lo menos- impide, con la fuerza pública que los antis molesten al sufrido aficionado que se retrata en taquilla domingo a domingo. Lo dicho, aquí no se consuela el que no quiere.

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