UNA OPINION: LA DESVALORIZACION DE LA VUELTA AL RUEDO.

La evaluación de la actuación de un torero por los espectadores es bastante subjetiva, ya que el toreo es un arte. Sin embargo, cuando el puntillero remata al astado que se ha echado como consecuencia de los efectos de las armas toricidas usadas por el matador de toros o el novillero, el público colectivamente premia o penaliza la actuación del diestro de una manera objetiva.

Tradicionalmente la actuación del torero se ha evaluado progresivamente de mal a mejor de la siguiente manera: bronca, pitos, silencio, aplausos, aplausos con salida al tercio, vuelta al ruedo- –en algunas ocasiones dos vueltas—, petición de oreja, dos orejas y dos orejas y rabo. No menciono los avisos, ya que los toques de clarín son ordenados exclusivamente por el presidente, y se basan en el tiempo que transcurre desde que el diestro comienza la faena hasta que el toro dobla. Sin embargo, el público independiente del juicio del presidente de la corrida, enjuicia la actuación del torero con bronca, silencio, aplausos, ovación con salida al tercio, vuelta al ruedo o petición de oreja, mientras que el presidente otorga el apéndice si considera que la petición era mayoritaria, y si la petición prosiguiera, el presidente usa su criterio para otorgar o denegar los trofeos de una oreja más y el rabo demandados por los espectadores.

Esas evaluaciones son las que objetivamente se reportan en las reseñas de los festejos taurinos, permitiendo que nos hagamos una idea general del desenlace de una corrida y de los resultados de las actuaciones de los protagonistas del espectáculo. Estas evaluaciones han permanecido estáticas por mucho tiempo, lo que ha permitido al aficionado que lee las reseñas saber el resultado de una corrida o seguir la trayectoria de un torero. Si leyésemos u oyésemos que un torero ‘fue aplaudido en su primero y cortó dos orejas en su segundo’, no podríamos calibrar la calidad de su toreo, pero si pudiésemos inferir que sus actuaciones le gustaron al público que las vio. O, por el contrario, si nos enterásemos que las faenas de otro diestro fueron enjuiciadas con ‘silencio y bronca’, entonces sabríamos que el torero estuvo mal y que el público así se lo hizo saber.

Como ya se ha indicado, esta escala de evaluaciones ha permanecido constante. No obstante, a principios de los noventa, aunque la norma se hubiera iniciado anteriormente, comencé a notar que la vuelta al ruedo, sin la concesión de un trofeo, estaba perdiendo valor y consistencia, dejando un vacío en la escala de valorización de las actuaciones de los artistas. He aquí unos ejemplos hipotéticos de como tradicionalmente se recompensaba a un torero con una vuelta. Si con un toro malo el matador estaba valiente, siempre por encima del animal, componía una faena con algunos momentos brillantes y mataba bien, el público realizaba que la actuación total no merecía una oreja, pero sí algo más que aplausos. Entonces el diestro se retiraba a entrebarreras entre aplausos. Al arrastrarse el toro, los aplausos se renovaban con más intensidad, obligando al diestro al salir al tercio, y si las palmas aumentaban y además, a veces, algunos aficionados animaban al torero haciendo con la mano una moción circular, entonces el maestro a iniciaba la vuelta con el beneplácito del público. En otros casos, si la faena era buena pero el torero no la remataba bien con la espada, entonces el público no pedía un trofeo, o no lo pedía con bastante insistencia para que el presidente la concediera. En ambos casos y en otros similares, se recompensaba al torero con la vuelta y en algunas ocasiones, cuando la faena había sido extraordinaria, o el presidente había sido injusto al no conceder un trofeo, entonces se recompensaba al diestro con una doble vuelta. O sea que ‘la vuelta’ en la escala de valores de apreciación de una actuación se le daba un valor entre ‘la ovación’ y ‘la oreja’. Así creo que claramente lo entendían espectadores y toreros.

En cambio, actualmente una vez que un trofeo no ha sido concedido, se nota que a menudo existe falta de comunicación entre el público y el torero de cuando es apropiado dar una vuelta. Repetidamente ocurre que un torero, después de completar una buena actuación, se retira al callejón entre nutridos aplausos, e incluso con gran parte del público pidiendo un trofeo. Después de arrastrarse el toro, el público resume el aplauso y el maestro desde el callejón lo agradece con un gesto de apreciación. Entonces la gente cesa de tocar las palmas mientras que el diestro con cierta indiferencia prosigue la conversación con sus asistentes o lo que estuviera haciendo antes. Así se queda la cosa para el coleta, ni recibe un trofeo, ni da una vuelta al redondel y, ni siquiera sale al tercio a saludar, solo oye aplausos. Al día siguiente se lee o se oye en las reseñas de los medios de comunicaciones “fulanito de tal en su primero ovación y fuerte petición y en su segundo…”. Y uno, acostumbrado a la tradición de que una notable petición de trofeo generaba una automática vuelta al ruedo, se pregunta ¿no sería lógico que la reseña describiera una deseada realidad, diciendo “en su primero ovación, fuerte petición y vuelta al ruedo…’?

No sabría decir si la devaluación de la vuelta al ruedo se debe al público por no animar a los toreros a recorrer el anillo con más insistentes aplausos, cuando la actuación ha sido buena, pero sin ser merecedora de oreja, o a la actitud de muchos diestros, especialmente algunas figuras que, a veces, con sus gestos y el acto de no salir del callejón a saludar como paso intermedio para dar la vuelta, parecen decir “si no me dais una oreja para sumarla a mi estadística, yo no deseo molestarme ni en salir a saludar ni en dar una vuelta al ruedo que no necesito”. Lástima, porque una triunfal vuelta al ruedo por si sola, aunque no aparezca en las estadísticas, a veces tiene más mérito que muchas orejas.

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