QUINTA CORRIDA DE LA TEMPORADA DE LA PLAZA DE TOROS MÉXICO… “LAGARTIJILLA” Y EL ROBO EN DESPOBLADO.

Domingo 23 de noviembre del 2014
Toros: 6 de Bernaldo de Quirós, feos, sosos, mansos, débiles; en suma: ¡un asco! Al que abrió plaza, un rumiante bobo y claudicante, Armillita IV le cortó una oreja de risa. Uno de Vistahermosa, que hizo séptimo, regalado por Perera. Ese bicho anovillado medio embistió y el extremeño le cortó dos orejas de utilería. Uno de Barralva, que hizo octavo, regalado por El Payo. Vergonzosamente chico y falto de fuerza y raza.

Toreros: Miguel Ángel Perera, al segundo le mató de entera bajísima y traserísima: silencio para el torero y bronca al toro. Al cuarto le despachó de tres pinchazos y estocada trasera y caída: pitos al burel y él al tercio. Al primer regalo le pasaportó de una entera soltando, bastante trasera y caída: dos orejas de guardarropía.

Octavio García “El Payo”, al tercero del festejo le despenó de casi media en buen sitio y gran golpe de descabello: al tercio. Al quinto le asestó un pinchazo, y una casi entera desprendida, trasera y caída: silencio. Regaló al que salió en octavo lugar, y a ése le dio muerte de estocada tendida y caída: silencio.

Fermín Espinosa Díaz de León “Armillita IV”, al de la confirmación le propinó un buen bajonazo para cortarle una oreja fantasma. Al que hubiera cerrado plaza (mismo que despitorraron en un burladero de sombra) le pegó un metisaca, dos pinchazos y un bajonazo: silencio.

Si algo verdaderamente bueno y taurino tuvo este domingo, fue que en el coche iba oyendo el pasodoble que le compuso José María Martín Domingo a “Lagartijilla” (Fernando Melitón Romero Marín), banderillero valiente que encontró la muerte en las astas del toro “Merino”, de Concha y Sierra, en la tarde del 25 de abril de 1909, mientras actuaba a las órdenes de don Rodolfo Gaona en la vieja plaza de Madrid. Y creo que más me hubiera valido quedarme en el automóvil oyendo pasodobles en vez de ir a La México.

Confirmó su alternativa el nieto de Fermín El Grande, apodado también “El Joselito Mexicano”. El viejo maestro debe haber estado jalándose los pelos y llorando de rabia en el tablao de Frascuelo, allá en el Cielo. Su descendiente no torea mal, por el contrario, pero no es matador de toros y menos si se enfrenta a sucedáneos de cornúpetos bravos.

¿Que tiene buenas maneras? Pues sí, pero la oreja que le regalaron del primero, el de la confirmación, no vale ni en la mítica plaza de San Pantaleón de las Tuzas. Luego, en el sexto, porfió sin objeto pese a que el pobre animalito se había partido el pitón derecho hasta la cepa. El lamentable espectáculo fue tolerado por los quince mil paganos, algo realmente preocupante.

Su padrino, el alabadísimo Perera, se las hubo primero con un remedo de burel, al cual los sospechosos pitones apenas le rebasaban las orejillas. La bronca fue buena, pero poco enjundiosa.

En su segundo se pegó un bello arrimón de pueblo, infestado de dosantinas. Desperdició al único astado (¿?) relativamente potable de la mansada del funesto Javier Bernaldo, matador de toros.

Peor se puso la cosa en el de regalo. Le cuento a usted, sufrido lector, que ya para entonces, después de tres horas largas de corrida, mis seis amigos sevillanos, compañeros de tendido habían tomado las de Villadiego, y con toda razón.

Sí , la cosa perdió el poco color que le quedaba, pues el poderosísimo triunfador de Las Ventas se regodeó en verle la cara a los villamelones, a los badulaques y a los papanatas, con pases tontos agarrándose con fruición a las costillas del supuesto toro. Si algo bueno nos obsequió fue un quite por tafalleras elegantes y sin enmendar.

El Payo, que iba vestido como un peón más, demostró sitio y ganas, pero ahí no había nada remotamente parecido a un morlaco bravo. De su larguísima comparecencia, nos quedamos con algunos derechazos, casi media docena de naturales a su primero, y una media larga afarolada de rodillas a porta gayola al de regalo.

Este barco se hunde sin remedio. Las orejas de bisutería, los toros de obsequio y demás zarandajas sólo ahuyentan al público de la plaza. ¿Por qué? Porque sin emoción, peligro, rito y seriedad, aquí no hay nada. Faltan criadores de bravo con pundonor y faltan toreros honrados. La pobre Plaza México está convertida en una cueva de ladrones, mismos que se hacen llamar ganaderos, empresarios taurinos, jueces de plaza y figuras.

“Lagartijilla” nunca hubiera, estoy seguro, participado en una farsa tan burda como la de hoy. Ni él, ni Rafael El Gallo, ni Vicente Pastor, ni el gran Califa de León de los Aldamas, los maestros anunciados en aquella luctuosa corrida de hace más de 105 años en la antigua plaza de la carretera de Aragón, también llamada de la Fuente del Berro.

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