SEXTA CORRIDA DE LA TEMPORADA DE LA PLAZA DE TOROS MÉXICO… SOPORÍFERA LECCIÓN DE DESTOREO.

Domingo 30 de noviembre del 2014

Toros: Seis de diversas ganaderías. En orden de aparición en escena: Marrón, Garfias, Jaral de Peñas, Montecristo, Xajay, y Fernando de la Mora. El único con apariencia de toro y algo de bravura fue el de Jaral de Peñas. Los demás fueron bastante mansos y débiles, por no mencionar su falta de cara.

Único espada: Eulalio López “Zotoluco”. Mató al primero de artero bajonazo: palmas inexplicables. Al segundo le atizó una entera trasera y bajita: oreja aun más inexplicable. Al tercero le pegó otro bajonazo y un golpe de verduguillo: silencio. Al cuarto le despachó de entera baja y trasera: silencio. Al quinto le propinó una entera en el rincón, bastante desprendida. Luego le descabelló hasta en tres ocasiones: aviso y oreja de pueblo. Al que cerró plaza se lo quitó de enfrente con un pinchazo, una entera baja y desprendida, y un descabello: aviso y silencio.

No se esperaba gran cosa de la encerrona del “Zotoluco”, un torero tan corto, pero cabía la esperanza del milagro, del toreo serio y ceñido, de algún toro que le exigiera al matador la demostración de sus legendarios oficio y valentía. Pues no, no hubo nada positivo, sólo el tedio coagulante del toreo moderno, la falta de ética y pundonor, y los “toros” a modo.

En el que abrió plaza, “Zotoluco” no quitó y luego le pegó algunos buenos pases a un toro inexistente que lo único que quería era morir y que dejaran de aburrirlo a zapatillazos y gritos. Ahí el nutrido villamelonaje (casi veinte mil espectadores) sacó el pañuelo, y cuando el dadivoso y contradictorio juez Ruiz Torres hizo caso omiso de la petición, los hinchas del torero capitalino se desentendieron del asunto. Es decir, ni al tercio lo sacaron.

Vino el segundo, un bicho lastimero, una pelotita achafickada y castaña. A ese pobre animal, que se arruinó los -quizá- afeitados platanitos en un remate en algún burladero de Dios, Eulalio le endilgó un quite por chicuelinas antiguas que nos hizo abrigar alguna esperanza. Pero no, su labor muleteril únicamente logró recordarnos las patéticas encerronas de Manolo Martínez, festejos largos como un día en canoa en el Amazonas. El “Zotoluco” no se confió y toreó siempre para fuera y a prudente distancia, cosa que absurdamente emocionó a los badulaques. Cortó una oreja indigna.

Peor se puso la cosa en el tercero, pues el de Jaral de Peñas, tenía mucho que torearle: el cornúpeta inspiraba respeto, nunca abrió el hocico y repetía. Ahí el experimentado coleta se fajó en dos medias largas cambiadas de rodillas, quizá lo más torero de la tarde, pues aguantó como los machos. Luego, ayunos de quite, presenciamos dudas, trampas, pausas, trapazos mil y el bonito toreo de expulsión. Total, que el pobre astado se fue con pena y sin gloria. A ese toro alguien con hambre y algo de orgullo torero le hubiera hecho fiestas de verdad, mas Eulalio ya no está para esos trotes.

Fue en ese momento, entre el tercero y el cuarto, cuando empecé a pensar en el gran escritor japonés Haruki Murakami, quien dice: “El cerrar los ojos no va a cambiar nada. Nada va a desaparecer sólo porque no pueda usted ver lo que está ocurriendo. De hecho, las cosas serán aun peores la próxima vez que abra los ojos.”

Dicho y hecho, en la segunda mitad del festejo, el “Zotoluco” (como el famoso dinosaurio del gran cuentista guatemalteco Augusto Monterroso) aun seguía allí, pero mucho peor que antes. Y perdía pasos, y pegaba más chicuelinas modernas, y escondía la pata buena, y vociferaba, y pegaba doscientos mil martinetes más, y no se arrimaba, y trapaceaba con su enorme mantel.

Las faenas de pueblo grande tuvieron eco en el tendido. Tan es así que le cortó una oreja al de Xajay que hizo quinto, pese a sus tartamudeantes descabellos y al aviso.

En el cuarto y el sexto no pasó nada digno de contarse. Bueno, sí, al que cerró plaza Guillermo Martínez, uno de los sobresalientes, le hizo un gran quite por faroles invertidos, algo torerísimo que se agradece de verdad.

Al salir de la patética plaza iba pensando en otra cita de un escritor enorme, Joseph Conrad. El autor de “El Corazón de las Tinieblas” tiene esta frase de aficionado grande: “Cada época se alimenta de ilusiones, porque si no, el hombre renunciaría muy temprano a la vida y la raza humana llegaría a su fin”. Quizá por eso fuimos a La México, medio alimentados de ilusión, aun a sabiendas de que el “Zotoluco” haría muy poquitas cosas frente a seis rumiantes. Todo sea para no rendirnos ante la evidencia de que esto ya se acabó.

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