FESTEJO DEL LXIX ANIVERSARIO DEL COSO MÁS GRANDE DEL MUNDO… EL ASALTO MÁS PROLONGADO DE LA HISTORIA

Jueves 5 de febrero del 2015
Plaza de toros México
Toros: Cinco de Barralva (primero, segundo, tercero, cuarto, y quinto bis), anovillados, feos e infumables en conjunto.
Dos de La Joya (quinto –mismo que se partió la mano derecha y fue sustituido-, sexto y octavo) anovillados pero jaros (melocotones muy claros) de capa, por ende más bonitos y menos protestados que los de Barralva. Al que cerró plaza, regalado por El Payo, se le dio arrastre lento.
Uno de Fernando de la Mora, el séptimo, regalado por Castella. Ése fue otro morlaco anovillado más, pero se dejó pegar trapazos mil con bastante alegría.

Toreros: Sebastián Castella, al que abrió plaza le dio dos pinchazos que bastaron: salió al tercio. Al cuarto le endilgó un pinchazo, un espadazo desprendido y un gran golpe de verduguillo: silencio. Regaló un séptimo al que mató de tres pinchazos y artero bajonazo: al tercio.

Octavio García “El Payo”, al segundo de la noche lo pasaportó de un pinchazo en lo alto, media con desarme y descabellos varios: silencio. Al quinto bis lo despenó de estocada defectuosa que el toro escupió y una buena entera a toro parado: silencio. Regaló un octavo al que mató de entera caída tendida y un descabello certero: oreja.

Arturo Saldívar, al tercero se lo quitó de enfrente con un pinchazo hondo y tendido, y un golpe de verduguillo. Al sexto logró asestarle una estocada trasera de efectos fulminantes: oreja.

A la pobre Plaza México le festejaron sus sesenta y nueve años de existencia de manera bastante ramplona. Pero como aquí no se consuela el que no quiere, le anticipo que lo más torero lo hizo El Payo, que lo más agradable para el que escribe fue conocer a tres excelentes aficionados de Torreón, Coahuila, quienes vinieron especialmente al aniversario, y que lo más risible fue el ingente portafolios fotográfico de uno de los inefables cronistas televisivos que aguardaba al respetable en casi cada localidad de numerado; un obsequio inesperado, chabacano e inútil. La corrida duró más de cuatro horas, de ocho a doce y pico de la noche, algo que el mismo santo Job no hubiera soportado.

Para empezar, el simpático Sebastián Castella llegó a la hora que quiso, ocasionando que se partiera plaza dieciocho minutos tarde. Creo que nunca le habían pitado a los toreros en el paseíllo. Así las cosas, el primer adefesio salió por toriles más de media hora después de lo anunciado y con el personal ya bastante congelado merced a la helada ventisca.

Los casi veintitrés mil parroquianos soportaron estoicamente ateridos el primer capítulo del timo, tolerando que el francés le pegara mantazos y trapazos mil a un rumiante impresentable por escuálido y juvenil, pero relativamente bien armado. Asentaré que Castella emocionó al cotarro cuando inició la faena de muleta con temple y elegancia, pero luego se acordó de que eso ya no es lo suyo.

Ese animalito estuvo a punto de matar al banderillero José Guerrero, alias “El Williams”, quien se confió en el primer par y fue aparatosamente cogido, zarandeado y corneado en un glúteo. Más birlongo y zaragatero estuvo el espada galo en su segundo, una res noblota que pedía a gritos un poco de toreo del bueno, no la lamentable exhibición de incompetencia y mal gusto que nos obsequió monsieur Turzack.

No contento con su derroche de destoreo, Sebastián regaló un séptimo, otro ejemplar anovillado pero ahora de Fernando de la Mora, famoso ganadero de manso. A ese morito, Castelá -como pronuncian los que se las dan de napoleónicos- no le completó un muletazo. Su faena fue un compendio de enganchones y saltitos frente a una burra con cuernos harto colaboradora. Pero seamos justos y digamos que Castella todo lo realizó en un palmo.

Vamos ahora a lo hecho por El Payo. En el primero de su lote, un pobre cornúpeta complicado, Octavio anduvo voluntarioso y por lo menos echó la pata güena alante cuando pudo.

Nada pasó en el quinto. El titular de La Joya era un zapatito que galopó con alegría hasta que se rompió la mano derecha. Otro accidente en una noche aciaga que parecía no tener ni fin ni remedio. Fue sustituido por un “toro” sobrero de Barralva que no dio juego por manso, torpe y débil.

El diestro queretano se animó a regalar un octavo. Ese otro torito melocotón de La Joya se dejó hacer fiestas con sorprendente bonhomía y transmisión. El Payo se ajustó y se gustó, completando todos los muletazos. Su faena tuvo variedad, clase y verdad. Para mí lo más memorable fueron los cambios de mano por delante, los ceñidos y profundos derechazos, y una enorme tanda de naturales de frente. Si lo hubiera matado a ley le hubiera cortado dos orejas de mucho peso. Pero eso es lo de menos, agradezcámosle al Payo que salvó la noche.

Arturo Saldívar sorteó en primer lugar a un astado respondón que lo trajo a mal traer. Lo más memorable de la lidia de ese tercero de la noche fueron los enormes pares de banderillas de Diego Martínez, quien en dos ocasiones le ganó la cara toreramente al de Barralva, haciéndose merecedor a una ovación en el tercio.

El sexto, aunque era de La Joya, no transmitió nada. El matador hidrocálido se arrimó y se justificó mediante dosantinas y joselillinas. Como tumbó al toro espectacularmente con una entera asaz trasera, la gente y el Papá Noel del biombo premiaron a Arturo con una oreja.

Concluyo con al siguiente reflexión: después de pasar un frío de perros, de soplarse un festejo largo como un discurso de Fidel Castro y de soportar que le vieran la cara por enésima ocasión, el aficionado capitalino bien podría parafrasear al famoso Pirro, rey de Epiro, y decir: “Otro aniversario triunfal como éste y no vuelvo a los toros.”

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