EL GANADO Y JUAN PABLO HERRERA EMOCIONARON AL PÚBLICO

Inteligencia, atino, trabajo, buena crianza y honradez se retratan en los novillos bravos, con casta y de estupenda presencia. Seis, sí, una partida de seis ejemplares se conjuntaron, con esas generales, de parte de dos criaderos de ganado de lidia: Cerro Viejo y San Francisco de Asís. De estas explotaciones aparecieron en el escenario redondo y arenoso, que en sus gradas soportó el primer casi lleno, reses de cuyas fila merecían el arrastre lento el tercero (“Golfo”, No. 5 de 420 kilogramos) y el cuarto (“Artista”, No. 11 de 362 de romana); a despecho de las desatenciones de la autoridad, fueron aplaudidos en el arrastre al igual que el primero.

Ya son tardes de arte tauromáquico, seda, sol y sangre las de los domingos en el añoso coso San Marcos. Ayer la primera novillada de la campaña de la que el mejor librado fue Juan Pablo Herrera, muy a pesar de no haber podido empuñar las dos orejas que con su labor había ganado antes de que apareciera el trastorno de la suerte suprema; sin embargo emocionó al abundante público esa frescura, afición y voluntad derramadas sin tacañería durante toda su buena intervención.

El ibérico, específicamente de Badajóz, Jaime Martínez (vuelta bajo su responsabilidad) vino y llegó a dar por primera vez su tauromaquia a los ojos de los aguascalentenses. Unos modos invadidos por la precaución impropia de quien pretende ser lidiador, esa misma inconveniencia que no cabe para quien quiere ganar fama entre los cuernos de reses bravas; acaso manejó bien la capa, sin pudor exhibió sus bailarinas zapatillas y ya la sarga en manos pasó su número intrascendente pegando pases lo más desajustado posible. “Contigo a la distancia”, de plano dijo don Pedro Julio Jiménez Villaseñor, compañero escribiente y compañero de burladero, que se le interpretara. La fina afición mejor se centró en lamentarse como un novillo noble, fijo, claro, aunque modesto de energía, era malgastado sin misericordia y mal matado con un espadazo flagrantemente delantero.

Una maraña de nervios provocó en su presentación el joven hidalguense René García (palmas modestas). Inspira penas hondas y sinceras el ver a un soñador de glorias sin las virtudes para cumplirlas, y éste no sabe ni el ABC de la tauromaquia. Fue toda la tarde una pluma en el centro de un devastador remolino, uno que resultó en aquel cuerpo y psicología del cárdeno que demandaba capacidad y aptitud para haber dado lo que en la entraña traía de bueno y al que mató, por excelente suerte, de pinchazo hondo en la yema.

Sobre todo con fervor se despegó del burladero el chaval leonés, adoptado aguascalentense, Joel Delgado “El Panita” (vuelta). Chicuelinas, aquí en el tercio, lucimiento bien logrado con las banderillas y muchos pases allá en centro del redondel, ya con la muleta. Pero la voluntad mostrada no pudo resolver las poderosas, claras y largas embestidas del hermoso bóvido que habría explotado sus virtudes ya anotadas, si se hubiera entroncado con un engaño firme, mandón, templado y de mayor experiencia. Quede para el cuadro de los buenos episodios de la tarde su excelente estocada, por lo precioso de su ejecución aunque de efectos tardíos y al segundo viaje… por derecho se fue tras el arma.

Tal un torbellino, con escaso orden pero con ardor bastante notado, se apoderó del redondel aquel imberbe aguascalentense Juan Pablo Herrera (vuelta tras dos avisos); y se acogió con afición los primeros tercios. Bullicio y alboroto provocó sobre todo al clavar banderillas sin mucho atino aunque variadamente. ¡Y que se topa con el bravo novillo! Ese que encastado y en los primeros renglones del tercio final le exigió temple y mando; por momentos el aspirante a la fama los ofreció y llegó lo mejor de su aplaudida faena en la que dando a ver altibajos puso voluntad y sentimiento entre la que se traslució el excelente tres añero, sí, aquel de casta probada, bravura, nobleza y embestidas muy, muy extensas y al que tras haberle pintado muletazos desgranados pero de fabuloso trazo, atizó una estocada delantera en la que salió de una maroma horrenda pero entregándose de frente, así como los hombres y calificándose de tardía lo que lo obligó a usar la espada de cruceta reiteradas ocasiones.

Tan solo con la idea de agradar avanzó hacia el anillo el ecuatoriano Julio Ricaute (modestas palmas) e intentó una larga de hinojos en los medios. Mal salió. Sin la base taurina ni el rodaje suficientes quiso hacer todo: por ahí un formidable par en el segundo tercio, antes, alguna tafallera bastante expuesta, pero con la sarga un desastre bueno para olvidar. El astado tenía recorrido, buen estilo y raza; demandante él, no apto para un joven de cerrado futuro en el terrible cuento de la fiesta brava.

Un sincero desbarajuste y tremendo desorden fue la síntesis del debut con caballos del local Eduardo Romero (palmas tras dos avisos) quien hizo mucho aunque nada trascendente. Ante un ungulado atemperado, suelto y complejo pero que tomaba bien la muleta en el caso de ofrecérsela en esa tesitura, que bien y mejor habría sido aprovechado si hubiese caído en unas manos toreras, que hayan manejado decentemente el engaño, con temple y mando vamos, pegó infinidad de pases, únicamente aprovechando las embestidas fuertes y largas; y así, del toreo nada dejó escrito con su hacer y nada especial se le observó. De la suprema suerte ni se hable.

Deja un comentario