EN JOAQUÍN GALDÓS, PERÚ PUEDE TENER UN ESPADA PREPONDERANTE

Va la segunda en el viejo circo taurómaco del barrio de San Marcos de la capital de las aguas termales; y en sus gradas contuvo alegremente un lleno que provocó que los boletos se agotaran en el estanquillo expendedor de los mismos; y esta función fue para quien se presentó como novillero en México trayendo en su currículum treinta festejos y diez novilladas con piqueros: el peruano Joaquín Galdós; chaval que sorprendió por oficio, clase e inteligencia torera, sobre todo. Para él la única oreja y el mayor porcentaje del reconocimiento del público refinado.

El ganado jugado en este segundo festejo menor salió herrado con la efigie de Campo Grande, dehesa aguascalentense propiedad de Juan Gilberto Castorena quien escogió una partida de reses de variado fenotipo; seis ejemplares de entre los cuales, por nobleza y buen estilo, habrá que resaltar los corridos en primero, tercero y sexto sitios. No mal juicio para la casa criadora, toda vez que en la suerte de varas únicamente se escupieron los dos últimos, cumpliendo unos y recargando más otros, en cuanto al resto de los bicornes.

Aquel veleto primero de la función tenía nobleza y clase asentadas, pero una debilidad patética; el púber, espigado y dispuesto Diego Sánchez (al tercio y palmas), con sangre de aguascalentense y las virtudes toreras desarrolladas de quien practica la tauromaquia frecuentemente y absorbe la técnica para manifestar el arte tauromáquico, sabiendo mucho de lo que ofrecía el antagonista, se dio muy bien a interpretar el natural cabal, amplio y deletreado, descubriendo en cada pase toda la tela de su engaño, con el que desgajó oles como honor a su bien hacer. A caso no halló del todo el son de su suave utrero, al tirarse tras el acero pinchó antes de media estocada caída.

El deseo de triunfo de difuminó ante su segundo; excedidos en varas “los directores de lidia”, se clavó pronto en la arena y el joven, que ya había burilado bellas chicuelinas en el centro del anillo, poco partido pudo hurtar delante de ese cuadrúpedo anclado que estaba en la superficie del escenario. Lucha del de oro sin la bravura del bóvido del que se deshizo con un espadazo contrario no sin antes haber pinchado.

Una cualidad tuvo el segundo de la tarde, esa fue la claridad; embestía con voluntad; tal condición fue mal administrada por el joven local Jorge Salvatierra (palmas tras aviso y al tercio) quien se entregó sin gracia a pegar pases, muchos de ellos destemplados y sin ponerle chiste a su desempeño en el circular foro. Si acaso vale la tinta el bien ejecutado quite por tafalleras, con más pena que gloria se tiró a buscar la suerte suprema, no concretándola hasta el tercer intento dejando el arma en delantero sitio.

Novillo que con poder embestía fue el segundo de su lote; no para gracias, sino para el toreo recio y de fundamento. Y de mérito resultó lo que le hizo, lográndole cosas toreras, sin embargo el chaval ha desembonado su comunicación con la clientela; es de modesta expresión lo que realiza y ese mérito se ahoga en la atmósfera contaminada del tedio. Empeño sin éxito el de él, mismo que concluyó con un espadazo flagrantemente defectuoso.

Dejando todo el peso de la zona renal sobre los glúteos, Joaquín Galdós (vuelta y oreja) permitió escapar la profundidad de la verónica; chicuelinas cristalinas luego, y posteriormente se ofreció a escribir con la sarga su tauromaquia entendida, de escuela y academia; deletreó cada muletazo dejando al desnudo el son e injertándose en la nobleza y calidad del paliabierto al que pese a su escasa energía física, aprovechó de principio a fin pero al que no acertó a derrumbar muerto sino hasta el segundo viaje y dejando atrás y caído el estoque.

Verdaderas piezas fueron las que cinceló al cierra plaza; encajado y a compás abierto, jugó los brazos y ordenó con excelente efecto de muñecas que los vuelos de la capa ondearan y burlaran – como feliz y torera consecuencia- a modo de poemas vivientes las embestidas recias de la res. Reedición formidable del lance fundamental del toreo con el capote. Aunque tardo, el novillo poseía clase, y enterado de ello el sudamericano se fue, ya provisto de la muleta, al centro del anillo para ejercer y hacer notar el toreo por alto en ayudados fabulosos, en uno de los cuales salió espectacularmente volteado; empero nada grave había sucedido y se incorporó para dar vida e intensidad a un trasteo que al igual que emocionó dijo que en él hay un novillero subrayado. El chamaco se plantó con claridad en el suelo, templó y acompañó con su cuerpo cada embestida en lo que fue una faena con proyecto y estructura nítidos; para más apuntalar su nombre en el escalafón menor, el de Perú tiene cabeza, carácter y mando. Hecha la labor con la tela escarlata, se fue tras la toledana, dejando media ración en estupendo sitio lo que provocó que el de Campo Grande doblara moribundo entre el agrado y sorpresa generales.

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