¡”EL TUCO”, ESPÍRITU TORERO DE FUEGO!

Rodolfo Mejía “El Tuco”, ese es su nombre y remoquete; media filiación taurina: sed y necesidad de gloria. Tiene grandes emociones, las manifiesta, las lanza desesperadamente a la clientela y ésta las recibe y las siente. Carisma dicen unos. No ha dominado del todo la técnica para practicar correctamente la tauromaquia, sin embargo esto se adquiere con el tiempo y, justamente, ensayándola delante de las reses de lidia. Pero tiene lo que muchos no tienen: valentía, afición y, en ello sobresale, una envoltura extraña que parce haber sido el heredero elegido por añosos espíritus toreros, de esos que son recuerdo, nostalgia, de cuando la fiesta estaba compuesta por hombres de hierro que en cada tarde firmaban hojas metálicas en las que escribían heroicidades delante de bestias cornudas encastadas, fieras e imponentes.

De ello fue testigo nuevamente el coso entrañable del barrio de San Marcos que repleto, sin lugar vacante, consecuencia de que en el cuartillo de boletos no quedó uno solo sin venderse, se emocionó con lo hecho en el escenario circular.

Del ganado, ahora tocó que se arriaran de sus potreros a Real de Saltillo, cuyo amo mandó seis ejemplares de buena presencia, cómodos de cuerna la mayoría pero bien comidos y de cajas torácicas correctas; en lidia destacaron los jugados en tercero y cuarto sitios, incluso éste fue honrado, exageradamente, con la vuelta al ruedo. Queden aquí sus generales: “Caleño”, No. 26 de 428 Kg.; “Cartujano”, No. 12 con 431 Kg. No olvidar que fueron aplaudidos por el cotarro igualmente el tercero y el quinto.

Hambriento, con el ansia propia de un novillero, Rodolfo Mejía “El Tuco” (oreja y vuelta al redondel) se desplegó y abrió el avío rosa para hacer vivir variadamente el toreo del primer tercio. Y alumbró, traía y tiene con qué; y ya llegó el tercio decisivo, en el que hizo de todo. Cuando el adversario acometió sin estilo, empero claramente, pegó a la arena sus zapatillas, movió la tela para hacer presente la tauromaquia llena de ardor; cuando ese ungulado agotó su energía, él, consiente, aguantó parones y miradas no moviéndose hasta sentir que el trayecto lento del antagónico había pasado entero. Faena emocionante plena de momentos terriblemente taurinos, como aquellos sus pases de pecho cabales y acentuados, bien acabada con su entregada y eficaz estocada. Ardiéndole el espíritu se despegó de complejos y con magia hizo volar la tela que da forma a su avío grande y legendario; “veletas” de apertura, verónicas injertándose en la misma piel del enemigo astado ahí las hubo. Variedad y gusto, pero sobre todo con un corazón de fuego formó larga y estrujante faena. No le mermó el bárbaro trompicón de que fue víctima al darle inicio de rodillas y en el centro de la circunferencia. Desmoronado lo sacaron del anillo y retornó al mismo erguido como columna de acero para trasmitir su estado torero lleno de luz; de ese a “lo viejo”, a lo heroico. Hubo y se le observó de todo, bueno la mayoría: muletazos formidables, variedad, carisma, capacidad de improvisación y aguante dramático. El máximo trofeo era de él, sin embargo llegaron los pinchazos y desapareció el premio estadístico.

El segundo novillo salió embistiendo con poderío y mal estilo; continuó así durante toda la lidia mientras que el joven colombiano Andrés Valencia (silencio y silencio tras aviso) no atinaba y no atinó a conducirse y conducir aquel viento fuerte que trataba de arrastrarlo. Mando, temple y macicez demandaba la res como para haber rendido y rendirse. Dadas las incorrecciones del extranjero, a las que hizo acompañar de una desesperante frialdad, invadido de precauciones intentó la suerte suprema, lográndola defectuosamente y no sin sufrir para ello.

¡Vaya faena hueca la que hizo al quinto! Un astado excelente, de insuperable clase, casta buena e insuperable recorrido. Más frío y parco difícilmente se puede ser. Lamentablemente el sudamericano no tiene nada de especial y pese a que de academia no está exento, quedó a deber en cuanto a expectativas y mucho más en cuanto a las exigencias del coso y de la tarde. Novillero sin entraña que luego de enfadar al respetable se deshizo del bicorne al segundo viaje y abundantes golpes con el arma de cruceta.

Desconfiado se le enjuició a José María Pastor (oreja pitada y palmas) cuando intentó el toreo capoteril; lucido y más centrado en su quehacer práctico de tauromaquia mejoró al clavar banderillas y al tomar la tela púrpura se encontró con un utrero de orejas, ello por su nobleza, fijeza y buen estilo; empero no se las cortó, esto fue evitado por una faena descalibrada, de bajos y altos, adornada únicamente por muletazos destellantes y demasiado desgranados, sin el cabal son, temple y distancia que el buen bóvido, muerto que fue de medio espadazo trasero, pedía con su distinguido comportamiento.

El cierra plaza estructuró pánico en el circo entero, especialmente en el callejón, cuando al salir los varilargueros intempestivamente se arrancó hacia ellos encontrando las dos puertas de seguridad abiertas; afortunadamente no logró salir al patio del desolladero, pero agarró al galope gran parte del callejón y en su ruta, cuando había expandido el pánico por todos rumbos, golpeó fuertemente a un “ayuda de capotes”… afortunadamente sin consecuencias severas. Enemigo bronco e incierto ante el que ese joven local no tuvo más que sobreponerse al miedo general provocado y darse ampliamente voluntarioso y matar, eso sí, apuradamente.

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