FUNCION TAURINA SIN CHISTE.

Eso fue la sexta novillada de la campaña en el antañón coso del barrio de San Marcos de la capital aguascalentense. El motivo, tres chavales de otros tantos estilos que no pasaron de lo mediocre: medio queriendo triunfar, medio queriendo hacer el toreo y quedándose menos que a medias.

Las gradas del inmueble marcaron tres cuartos de aforo y para esta tarde Manolo Espinosa, de su explotación original y extraña, embarcó seis bóvidos bien armados pero de modestas pasturas; nobles, de buen estilo sin embargo de escasa energía como para haber catalizado tan notadas virtudes.

Debilidad, nobleza y clase, rara mezcla le fue observada al bien armado primero del festejo. Y el joven peninsular “Curro” de la Casa (palmas y vuelta) le practicó una tauromaquia técnicamente irregular, quedándose equivocadamente dentro del terreno del ungulado, y estéticamente decorosa, limpia no obstante humilde de profundidad y expresión artística. Intenta hacer todo muy bien, aunque del modo que lo hacen muchos. Novillero que no marcó diferencias, excepto al realizar la suerte suprema en la que dejó la espada, tras excelente ejecutoria, un geme caída y no provocando la muerte del cuadrúpedo hasta el quinto descabello.

En su segunda salida solamente reeditó el concepto ya acotado: joven aspirante con escuela, de academia pero de reseca plasticidad que a nadie emociona del todo. Quede en buena parte del recuerdo aquel ramo frondoso de luminosos lances de recibo. Ya oficioso en el último tercio dejó también ver que abusa de la punta del engaño, ello frente a un cárdeno soso y sin clase que por otro lado no presentó complejos y al que despachó de tres cuartos de acero tendidos.

El segundo de la función salió embistiendo con la suavidad de un pétalo fresco de rosa, y además con la testa muy baja; pese a tan buena condición el duranguense Gerardo Solis (división y palmas tras aviso) no logró practicar plausiblemente el toreo de capa. Gaoneras apagadas, un segundo tercio desatinado y un folleto muletero desgraciado; el norteño navegó sin velas, sin ruta y sin alma tirando al cesto de los desperdicios al amable adversario que tuvo delante y que sin regateos continuó embistiendo con aquella clase y aquella nobleza y al que, luego de mostrarle sus tonterías taurómacas, mató de canalla bajonazo.

A rajatabla apareció para enfrentar al del sitio de honor. Novillo para torear con temple y mando, no para confianzas ni gracias. Faroles de hinojos fueron la apertura de un desbarajuste, un tercio de banderillas accidentado y un tercero sin diseño, bastante desordenado y desmadejado finalmente. Patéticas resultaron las varias volteretas sufridas, y triste el comprobar que los deseos, por francos que sean, se ahogan y se desahucian en la atmósfera de la incapacidad taurina. Y al matar, un terrible sufrimiento, tanto que es indecible.

Con inflamada voluntad André Lagravere “El Galo” (vuelta con división y palmas) intentó mucho y para esto se responsabilizó de los tres tercios. No pasó, empero de lo mediano; un buen momento aquí, otro formidable allá y uno más sin hondura -y a bastante distancia- mucho más allá. Para descargo de su conciencia, el astado era casi un minusválido que rodó sobre la carpeta de arena durante toda sus estancia en el escenario, esto cuando no se quedó taqueteado en aquella, no sin que le haya burilado naturales de maravilla… pocos y desarticulados. También exhibió el horrible vicio de descalzarse antes de pinchar y de luego lograr una efectiva estocada.

El que cerró la novillada fue un animal que se dejó, tuvo fijeza y fue pasador, aunque lo hacía sin estilo. Desangelado, el chaval de origen francés, radicado en Yucatán, puso voluntad pero le faltó calor, profundidad y la luz del alma para mejores resultados. Actuación más bien sin color ni olor, bien para el montón y que acabó de buen espadazo.

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