EL EXTRANJERO JESÚS ÁLVAREZ LIBRÓ LA TARDE

Hacia la ruta de la frontera de un desbarrancadero iba la séptima novillada del ciclo menor en el viejo coso San Marcos. El motivo central fue la revoltura de mal ganado que se compró para el efecto práctico de la tauromaquia en el rango novilleril. Se anunciaron reses primero de una dehesa, posteriormente de otras dos y finalmente aparecieron en el redondel, bóvidos de lidia de hasta cuatro hierros distintos: Real de Saltillo el primero, San Francisco de Asís el segundo, de Cerro Viejo tercero y cuarto y de Fermín Rivera el resto. Mezcla ganadera terrible e insulsa, acuñada y amacizada por la mala lidia de la mayoría, dato acotado rayas arriba, que no corresponde al rango pretensioso del inmueble ni de la campaña. Mal presentada en grupo esta partida de ungulados que no dejó cara de poder en algo defenderla.

El juez también hizo sus inaceptables actos al no hacer valer la norma y el reglamento y sí permitiendo que el peninsular Jesús Álvarez hiciera de cuarto espada y Ángel Escobedo de tercero cuando aquel ya trae en su currículum la presentación como novillero con caballos en la mismísima Real Maestranza de Caballería de Sevilla en fecha muy anterior a la de ayer, que fue la del debut con picadores de éste…

Probaba, regateaba, arreaba y se colaba el que abrió la función; animal en sí complejo y desgraciado con el que el joven novillero Mirafuentes de Anda (al tercio en ambos), sin más opciones ni mejor proyecto se hizo invadir de la voluntad, resolviendo decorosamente la maraña que se le presentó y la cual finalizó pinchando primero un par de ocasiones y luego dejando aceptable estocada. Manifestando una incontenible energía, consecuencia de una insuficiente suerte de varas, llegó arrollando al último tercio el quinto; rasposo rumiante que concluyó rajado y al que bastantes pases le pegó el novillero quien a su hacer le puso escaso chiste, librando el paso de buena y eficaz estocada.

Empaque, buen gusto y excelente intención tiene el toreo del norteño Cayetano Delgado (al tercio y silencio). Con pureza practicó lo que hasta hoy sabe, a un cárdeno tardo que pasaba sin embargo, aunque son clase, y que le exigió menor distancia, condición que no entendió, por lo que no ligó rotundamente, aunque de cualquier modo le grabó formidables pases por ambos flancos en los que profundamente acompañó con torería las embestidas. La estocada tendida cerró su buena presentación en Aguascalientes. Sin en el principio el sexto bicorne fue un acertijo sofocante, en el bloque muletero bien que se dejó torear. Con clase iba tras el engaño del espigado joven a quien se le convirtieron en invisibles fantasmas las vertientes del triunfo por no haber hallado la distancia y el son justos para provocar que detonaran las virtudes de la res, esa que luego se pegó en el suelo y acabó muerta de una media estocada trasera y tendida.

Por personalidad, por su menudo físico y por perfil, cae en gracia el zacatecano Ángel Escobedo (palmas y al tercio por su cuenta tras aviso). En los tercios iniciales con su alegría y entusiasmo divirtió a la clientela; ya en la fase muletera hubo de jadear para vida de resolver a un cuadrúpedo que se convirtió en un revoltijo duro, no tragando jamás la sarga y retornándose en las delanteras, así por el izquierdo como por el derecho cuernos. Mucho hizo del chaval que, no carente de conocimientos técnicos, cerró su debut con piqueros matando al adversario de medio espadazo caído. La zona de las maderas fue el refugio permanente del séptimo, y de ahí nadie lo pudo desprender. Otro bóvido de pésima reata genética que dio continuidad a la peregrinación indeseable de mal ganado. Ni la obstinación del simpático chamaco pudo hacer que en el escenario pasara algo de interés taurómaco. Persistencia la de él que hizo de los bostezos en el graderío.

Horrible de fenotipo fue el cuarto, y además de mala sangre; anclado en el albero, regateando y dando menos que medias embestidas pasó la tarde. Motivo fue ello para que el sevillano Jesús Álvarez (palmas y vuelta) usara sus recursos, técnica y sitio, amén de su denuedo y deseo en este su trasteo obcecado que lo colocó por arriba de tan mal bovino al que en mala hora mató como consecuencias de la estocada atravesada aunque de previa enjundiosa ejecución. Con la seguridad y la tranquilidad que dan la solvencia técnica tras la mucha práctica taurina enfrentó al octavo; bicorne de buen estilo ante el que, injertado en son, temple y mando, construyó la faena de la función. Desplegó el capote y luego la muleta teniendo como objeto el bien trazar lances y suertes primero y posteriormente derechazos y naturales estupendos, además de adornos en lo que resultó ser una faena variada y que acabó, lamentablemente, de un pinchazo antes de aquella estocada en buen sitio, lo que provocó que no empuñara el único trofeo que se habría otorgado en la tarde.

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