SOLITARIO AURICULAR PARA EL JINETE DE NAVARRA

Así ha cerrado la segunda corrida de la Feria titulada como uno de los más conocidos evangelistas: San Marcos. Esta tare la sede del llamado jactanciosamente “Serial Taurino más importante de nuestro continente”, ha señalado para las estadísticas un punto arriba de la media entrada.

Para tal función se adquirieron astados de una tercia de hierros, Santa Bárbara, Campo Real y Fernando de la Mora. La partida de reses tuvo buena presencia en juicio general, sin embargo jamás dejan sin oportunidad a la crítica, pues el de La Mora, criador bien conocido por la pobreza de trapío y la mansedumbre de sus ejemplares, fue indigno de salir al redondel dada su insignificante presencia. El fin de la corrida ha sido una solitaria oreja que quedó en el puño del jinete peninsular Pablo Hermoso de Mendoza y una buena faena de Juan Pablo Sánchez quien no logró concluirla de mejor manera al sacar la espada y perdiendo así la satisfacción de haber caminado alrededor del escenario con un trofeo en la diestra.

Un toreo a caballo nítido y clásico y un toro noble y bravo, eso hubo en el anillo; mientras tanto apatía y frío en los escaños del coso Monumental. No fue hasta que montado excelentemente en aquel cuacazo tordillo mosqueado bautizado como “Viriato” Pablo Hermoso de Mendoza (pitos y oreja) hizo que se creara el entusiasmo entre el cotarro, produciendo ovaciones al apreciar éste el son, ritmo y rejoneo esplendoroso en el que se llevó prendidas las embestidas del burel ya en el encuentro del pegaso, ya en el estribo. Por desgracia mancilló la ecuestre labor al usar mal “la hoja de Peral”, descordando al adversario y transformando un apéndice en el repudio del respetable mientras los restos del de Santa Bárbara eran ovacionados en el arrastre. Torillo insignificante impuso para su segunda intervención. Manso de inicio, al sentir los filos de los hierros de castigo, salió siempre buscando el patrocinio de la querencia natural, sin embargo bastante le expuso montado en “Disparate”, estupendo corcel con el que toreó, una vez encelado el antagónico, variada y templadamente al igual que con largueza, alternando la grupa y el pecho de aquel y haciendo los plácemes de la clientela. Como fin de acto mató de un letal rejonazo trasero y contrario.

Un toro musculoso, hondo, enmorrillado y cómodo de cabeza fue el segundo del festejo; un enorme trabajo le costaba embestir, y de esas embestidas ninguna obsequió fácilmente, pese a que al tragar el avío escarlata lo hacía con buen estilo pero con angustiante lentitud. El joven espada Juan Pablo Sánchez (palmas y al tercio), sin embargo le arrancó formidable partido. Firmeza, pulso, aguante y temple fueron el núcleo de un trasteo al que para amargar algo su buena estructura terminó de eficaz estocada pero señalando primero un par de pinchazos. Racimo maravilloso de verónicas le interpretó a su segundo; sobre todo por el pitón derecho hubo mayor temple y armonía. El de Aguascalientes usó la capa estupendamente ratificando luego con breve pero aluzada serie de tafalleras. El toro arribó en magníficas condiciones al último tercio, embistiendo largamente y con notado buen estilo, pero al sentir el poder de la pañosa intentó salir suelto; el diestro entonces le negó la huida inteligentemente ganándole un paso adelante y dejándole el engaño en la testa; y ahí, en la zona de la querencia vino la plausible y derechista faena, compuesta de muletazos en donde se hizo valer e hizo ver el temple que tiene como una de sus mayores virtudes. La oreja que había ganado en su desempeño muletero la difuminó al dejar media espada y lanzar dos golpes con el arma de cruceta.

La sosería del tercero fue diáfana; la manifestó desde el momento mismo de ser soltado al redondel hasta ser muerto de una asesina estocada trasera y bastante caída. No mal estuvo con él Arturo Saldívar (silencio en ambos) quien con engañosa voluntad y puesto en la región de los tableros muletazos buenos pero desengarzados le robó. Pesó más, empero, su actitud de divo y su clara antipatía, algo que la mayoría percibe, desespera y enoja. Vistoso se dejó observar con el capote, recibiendo al sexto con chicuelinas y quitando después con zapopinas. En el tercio de muerte el toro fue bastante tardo y finalmente se unió a la arena. Porfiado entonces estuvo el joven logrando buenos momentos pero demasiado breves y sin llegar a detonar lo que pudiera llamarse una faena. Dos pinchazos y media estocada atravesada fueron el acto final de una actuación no mayor a lo regular. Ni la gloria ni el infierno.

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