LOS ALTERNANTES SE SOBREPUSIERON A LA PÉSIMA PARTIDA DE BEGOÑA.

Sánchez y Saldívar pudieron izar un auricular cada uno
Ola de oraciones rasposas salida por la boca de la clientela, como manifestación de inconformidad para con la humilde presencia y mansedumbre del ganado corrido, fue lo que dominó la tarde en el coso Monumental aguascalentense, el cual esta séptima función de feria anotó en el libro de su historia quizás un algo más que la media entrada.

El cartel anunció seis toros de Begoña, sin embargo al redondo escenario salieron animales quemados con la marca de tal, Santa Teresa (el cuarto) y San Miguel de Mimiahuapam (el séptimo). De cualquier manera las tres divisas son hermanas… con eso y todo, la partida de ocho reses fue pobre de presencia, indigna para un edificio taurómaco como el referido y menos para una feria que se auto declara como la más importante de América. Mayores y dolientes referencias tuvieron: mansos, descastado y sosos en su desgraciada mayoría, y de no ser por la obstinación de la tercia anunciada, la tarde habría sido históricamente desastrosa. Pitados al salir fueron el quinto, sexto y octavo, y en el arrastre cuarto, quinto y séptimo.

Saliendo y toreando. Alejandro Talavante (al tercio tras petición, palmas y silencio en el de obsequio) pronto presumió la tersura de su percal en bellos y armónicos lances a compás cerrado. Y hubo un astado con cierta fijeza y clase y un diestro que durante su permanencia en el escenario siempre procuró el éxito; por ello, ni el impertinente viento evitó un trasteo notado estructurado sobre ambos cuernos, destacando los zurdazos en los que, en consonancia con la embestida de la res, llevó los encajes del engaño acariciando las arenas del albero. Su buena obra, esta ocasión, sí la correspondió con una estocada, acaso tendida y pasada, de consecuencias mortales.

Un pésimo puyazo a la mitad del dorso, mermó tremendamente las facultades del cuarto. Quizás bravura y nobleza sí las tenía, no obstante cuando no hay bienestar biológico en el funcionamiento del físico, desarrollar esas virtudes es imposible. El espada, entonces, se dedicó a cumplir decentemente y a matar de tres cuartos de acero tendidos.

Insatisfecho con el resultado de sus actuaciones, regaló un séptimo; bovino de sosería inmensa con el que nada pudo lograr.

Muy decoroso se vio al veroniquear al primero de su lote Juan Pablo Sánchez (oreja, división y palmas en el de regalo). Mejor al muletear.

Bonito injerto torero de un cuadrúpedo fijo y noble de inicio, y de un diestro consciente de eso, que se sintonizó en el ritmo de aquel, corriendo la mano gustoso al principio del tercio mortal, y luego aguantando y templando delicadamente cuando al quedarse el enemigo a la mitad del pase, o pasando con angustiante lentitud, así movió su muleta en derechazos y naturales dignos de disfrutarse. La faena merecía el corolario de una buena estocada, y así lo hizo, dejando la espada en buen sitio y por ende de mortales y rápidas resonancias. Absurdas palmas mientras acompañaron el arrastre de los despojos de la regular res.

A aparecer en el redondel el quinto, el repudio general fue sonoro; la pobre presencia de éste era evidente. Aquella manifestación del cotarro desilusionó al joven torero y atinadamente sintetizó la actuación tomando el arma y matando a la res no sin verse algo apurado para consumar el propósito.

También inconforme con lo vivido, se animó a regalar un octavo bicorne, éste anunciado en el “cartón” como de Begoña aunque en la pierna siniestra se le observara la quema de la dehesa de Mimiahuapam. De cualquier forma fue soso hasta la desesperación, pasaba desacompasado y sin transmitir más que su sólida mansedumbre. Sin embargo en el foro redondo estaba un torero dispuesto quien engallado arriesgó lo máximo, se plantó determinantemente y extrajo agua de una piedra. Faena de redaños logró, de indiscutible mérito, llena de muletazos, que aunque intermitentes dadas las inconveniencias del rumiante, tuvieron sello, verdad, temple y sobresaliente torería. Ahí estaban los filos de los pitones rozando dramáticamente los brocados de la teleguilla, pero un torero centrado, denodado y arrogante, entregado a cumplir con su misión sagrada de poner su nombre en alto, que no se movió ni un geme, hasta ver que pasaba lentamente el bóvido bien cerca de su ceñidor. Por encima del astado y de la mala situación estuvo, pero vino el duende maligno de un pinchazo antes de que atizara una estocada bien puesta.

El tercero de la corrida fue un bovino prestado desde que fue soltado del departamento de toriles. Entonces vino una serie vistosa de suertes con la capa, así al recibirlo como en el quite, sin embargo en la parte muletera apreciamos a un Arturo Saldívar (oreja y tibias palmas) pega pases, muchos de ellos bonitos, pero de modesta idea del toreo, enviciado en sofocar al adversario. Faena encimista y sin dinamismo en la que pareció que se la jugó, empero lo que evidenció transparentemente fueron sus imprecisiones técnicas, sus muchas poses y sus adornos pueblerinos antes de acabar el pedante acto de una buena estocada.

Ante el sexto su actitud siguió siendo insolente y prepotente. El astado fue tardo, más que embestir arrollaba, se vencía peligrosamente por ambos lados y se retornaba sobre las patas delanteras. No se podría negar que se puso vehemente pero no logró lo esperado y bajó el telón a la lidia ordinaria batallando para consumar la suerte suprema.

Deja un comentario