“EL PAYO” ¡TORERO!

El torero más regular que ha pasado por esta feria de San Marcos se llama Octavio García y se le apoda “El Payo”. Ayer en la tarde durante la octava función de la serie taurina, se plantó como una jara, utilizó sus avíos en dos faenas contundentes, emocionó al público y salió del edificio taurómaco de la “Expo-Plaza”, que casi se llenó, sobre los hombros de los más alegres aficionados como halago a su hacer descarnado con el que “bañó” y/o borró a sus atónitos alternantes.

El ganado soltado por el portón de toriles se anunció como de Mimiahuápam, guanajuatense criadero de cuyos potreros se mandaron reses irregulares de tipo y presencia, pobres de trapío y descastadas en su mayoría, sobresaliendo en juego el tercer astado para el que se ordenó el arrastre lento a sus despojos. Las inconformidades del abundante público se manifestaron al aparecer en el redondel el primero, y al sacarse los restos de los jugados en primero y cuarto sitios.

Abrió plaza un torito que inspiraba ternura; en atención al público y por no aguantar sus presiones, fue devuelto por el juez antes de ser pasado por varas bajo el “argumento” de que apareció en el nimbo arrastrando los cuartos traseros. Bóvido que quizás haya necesitado sangrar para descongestionarse. En su lugar soltaron al segundo reserva anunciado como de la dehesa de Mimiahuápam, sin embargo lució la marca de Begoña. Solamente varias verónicas y la rúbrica de fantasía soltando una punta del avío, resultó ser lo plausible y digno de la primera actuación de Morante de la Puebla (bronca en ambos). El cárdeno, pobre de presencia, insertó las pezuñas sobre el albero y no hubo poder que le hiciera embestir. Luego el coleta lo mató al segundo viaje. Animal desgraciado, manso, rajado y calamocheador fue el cuarto, y con él firmó el sevillano su segundo y contundente petardo en esta serie taurina abrileña. Bien ganado fue el coro doliente de ¡ratero, ratero!

En dos hermosos recortes Octavio García “El Payo” (oreja y oreja) comprimió su capacidad capotera, y en un trasteo sólido, recio, sobre el basamento de la actitud determinada, su tauromaquia con la sarga, descifrando toreramente las complejidades de una res que no tragó nunca el engaño, amagó cuanto pudo, pegó arreones y siempre dirigió sus ojos a los muslos del rubio joven, quien alegremente se rifó en un volado el físico, formando una pieza sin chapuzas ni falsos alardes. Dramático fondo envolvió en papeles de arte lo visto, sufriendo el público una duplicación en su entusiasmo al momento de que dio fin a su hacer de una eficaz y entregada estocada, acaso algo caída. Compactas y señeras verónicas y chicuelinas haciéndose unto del rumiante fueron la obertura de otro quehacer enérgico, contundente y muy de verdad, ahora delante del segundo enemigo de su lote. Hombre en una condición torera formidable que venció al antagonista colocándose en el terreno justo entre pase y pase. Faena temperamental que levantó de sus localidades a la clientela, la cual por sus gargantas lanzaba vítores en pleitesía a la obra estrujante y emocionante por demás, que protagonizaba el queretano espada. Ese quinto bovino tuvo sus complicaciones y se retornaba peligrosamente sobre los remos delanteros hasta que fue desengañado, adormecido o hipnotizado por el valor y quietud del arlequín que tuvo enfrente. Hubo cualquier cantidad de muletazos, todo dentro de la órbita de la res que trasmitía lo que traía dentro, mismos que fueron adornados por el canto profundo de un ole especial. El estoconazo con que lo despachó tardó en hacer efectos y entonces vino un certero descabello que le merecía por lo menos las orejas, sin embargo se interpuso el atraco del juez.

Otro torillo sin chiste en su presencia se soltó en tercer turno. Animal correoso, de casta reseca y demandante al que había que domeñar con poder, que inspiraba como para una faena de vasta torería; pero la constante de Diego Silveti (división y silencio) es el pegar pases y ofrecer poses, esas que tantas simpatías le han granjeado. Otra copia dio a la vista de lo que sobradamente se le conoce, esa estandarizada, mecánica y acartonada manera de hacer la tauromaquia, pero como entusiasmó a la gallera habría cosechado apéndices de no ser porque asesinó al adversario de un genuino chalecazo. El sexto salió mermado, con una aparente lesión en los cuartos traseros, aunado a ello dio al inicio la “vuelta de campana”, inconveniencia que acabó por dejarlo parado y con él nada pudo hacer si no alargar inútilmente una labor intrascendente que terminó cuando el castaño se echó solo, más por el pésimo estado físico que sufrió que por otra cosa.

Deja un comentario