¡JOSÉ TOMÁS, TORERO IMPRESIONANTE!

Sí, eso es el coletudo nacido bajo el sol de Galapagar. No tiene lógica, ha “destruido” lo que pudiera ser el código práctico de la tauromaquia que por tantos años han seguido los profesionales de los ruedos. Su proyecto torero resulta “imposible” y extraño. Es el actual monstruo del toreo contemporáneo, y así es él.

Será corrida, la vivida ayer, que habrá de quedar escrita con letras de fino metal en la imponente hoja de la historia de la Monumental de Aguascalientes.

Reaparecía José Tomás en esta tierra de aguas termales, luego de haber estado en el umbral que divide la vida y la muerte por aquella brutal cornada que le infirió “Navegante” el 24 de abril del 2010 y en la que resultó con la femoral destrozada. Por esto causó la función una expectación que jamás se había sentido en toda la historia del toreo hidrocálido. Desde las tres y media de la tarde las rejas del inmueble taurino de la “Expo-Plaza” se abrieron y pronto las gradas se poblaron de emocionados aficionados entre que un buen mariachi, plantado en el ruedo, interpretaba lo más clásico de la música vernácula mexicana.

Ya para las cinco, el lleno era imponente; no cabía ni el aire. Muchedumbre, mar humano antecedió en los alrededores de esta torera casa de Alberto Bailleres el hecho que se habrá de registrar como de sobre cupo.

Un par de criaderos pusieron el ganado: Fernando de la Mora (primero, cuarto y quinto) y Los Encinos el resto. Fue un encierro decentemente presentado, con algún ejemplar de juvenil aspecto, y en el que hubo irregularidad en su juego. El juez confunde la docilidad indigestante con la casta y ordenó el arrastre lento para el cuarto, cuando evidentemente le faltó raza…

Un toro apuercado abrió plaza, y como pasara tras la capa suavemente, así le burló en buenas verónicas “El Zotoluco” (al tercio, al tercio y silencio), adornando la estación con inmejorable media. La mole de grasa desató algo de docilidad y buen estilo, y aunque por su exceso de romana le costaba embestir, fueron suficientes las virtudes acotadas para que el experimentado coleta le practicara una faena entendida, con paciencia, otorgándole tiempo y espacio al antagónico, llenada con suaves muletazos sobre los dos cuernos, sin poder disimular por instantes sus conocidas y antiestéticas posturas corporales y, lo peor, no completada en la suerte suprema, acción que logró hasta el tercer viaje dejando un pinchazo hondo y varios descabellos.

Un torito bonito más liberaron en tercer turno, y aunque tardo y débil tuvo fijeza y buen estilo, quedándose pronto adherido a la arena, el diestro le realizó cosas interesantes sobre todo al modo de derechazos templados y lentos en una faena, de inicio usando bastante el pico del engaño, que abrió toreando suavemente con el percal por verónicas y chicuelinas andantes. Cuando hubo de aguantar, ya la sarga en mano, lo hizo firmemente y con obstinación por el triunfo, no encontrándolo en orejas dado su mal empleo del estoque.

Fino de hechuras fue el quinto; como embistiera claramente, el protagonista de la lidia le recibió con un par de largas de hinojos en paralelo a las tablas e incorporado con lances y chicuelinas de buena manufactura. La res mantuvo el buen comportamiento en la muleta pasando tras ella con clase y nobleza, no obstante el diestro se desentendió de ello –pese a que aparentó lo contrario- ahogándola en un trasteo aguado y sin ligazón terminando soso y saliendo de cada pase con la testa en alto. Nuevamente el de Azcapotzalco sacó del fundón estoques desafilados.

Hermoso toro cárdeno soltaron para la reaparición en Aguascalientes del Príncipe de Galapagar José Tomás (oreja, dos orejas y al tercio), y éste emocionó dando al alma lances a compás cerrado, bellos, aterciopelados, y acaso, si se puede, opacados por un quite a la forma de “Chicuelo”, en el que hizo esfumarse los espacios entre él y el burel. Llegado el tercio mortal el bóvido sacó su lumbre, saliendo con la cornamenta tratando de hallar las lámparas del coso, lanzando la cuchillada y acabando por rajarse. El madrileño le dejó demasiado a su aire, con un valor como que buscaba la cornada, se vio un punto torpe y hasta embarullado en algunos momentos comprometidos del trasteo. Como quien busca la muerte para encontrar la vida. De cualquier modo le trazó muletazos fundidos por ambos lados y bajando el telón a su desempeño con pases por alto en los que se quedó tan quieto tal estatua viviente de carne y hueso. Luego llegó un estoconazo pasado pero muy bien y toreramente ejecutado.

Aspecto de juventud manifestó a la simple apreciación visual el cuarto; lo saludó con verónicas cabales, dejando ver todos los tiempos de la suerte, y para doblar la capa no despreció la oportunidad de cuajar un breve pero brillante quite engranado por navarras y tafalleras, poniéndole el fin con un manguerazo de Villalta. Exactamente el centro del nimbo fue el sitio que eligió para iniciar su rara faena con un trágico ramo de ayudados por alto. El toro fue dócil y fijo al engaño, materia fértil que utilizó para labrar el gran hacer de la tarde. Fue algo impresionante lo visto. Hubo en él la variedad, la suavidad y el dramatismo en una mezcla única que hizo pararse a la abundante concurrencia. El mejor momento difícilmente se podría encuadrar, empero se observó como en magia imposible y fantasmagórica aparición un natural en el que quedó, previo a un adorno, demasiado cruzado en la raya imaginaria del rumiante, lo cual supondría que debía pasar el siguiente pase por el diestro lado, no obstante con un sutil toque lo obligó a seguir el trazo de la sarga para que se formara una pieza de natural nunca antes apreciado. Toro, diestro y muleta fueron uno solo… después mató gallardamente con un estoconazo hasta la cruz.

Al cierra plaza lo “recogió” primero flexionando la pierna de salida, para luego, erguido, interpretar verónicas bellas, templadas y deslumbrantes, acompañándolas con el cuerpo y el alma. Ahí entonces el sobresaliente Víctor Mora, en el centro del redondel, emocionó de verdad con un quitazo según el “Petronio del Toreo”. El bien armado bicorne arribó a la muleta embistiendo con poder notado, consecuencias del poco castigo en varas. Primero lo domeñó el de Galapagar con pases por bajo y nuevamente se entregó a dar sin regateos su tauromaquia, esa de quietud trágica, mandona y estrujante, en la que solo tienen permiso sus brazos de moverse con sutileza, que llevan la delicadeza de los vientos ligeros pero la fuerza de un huracán. Otro trasteo variado, con luz y calor, desintegrando, en aras del lucimiento y la gloria, las malas condiciones del adversario, de éste y muchos en otras ocasiones. No importó la potencia con que el astado pasó tratando de arrollar todo a su encuentro, ni que saliera con la cabeza en alto ni que se refugiara en la región de las rojas maderas, para que se viera su concepto taurómaco que, eso es justamente, lucir, emocionar y hacer valer el toreo, independizado totalmente de las condiciones de los toros con que se entronque. Antes de otra entregada y buena estocada pinchó y esto evitó que en sus manos empuñara las orejas.

Hace cinco años las arenas del coso aguascalentense quedaron bañadas con su sangre, hoy quedaron empapadas por su impresionante e inaudita tauromaquia…

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