20 octubre, 2021

GAMERO SORPRENDE Y CORTA EL SEGUNDO RABO EN LA HISTORIA DE LA “GIGANTE DE EXPO-PLAZA”, ENTRE QUE SILVETI INDULTA A “AROMA DE TORO”

Así es la fiesta de toros, impredecible, trágica y alegre en rara mezcla, de sol y sombra, de obscuridad y luz.

Las anotaciones estadísticas habrán de acotar cinco orejas, un rabo y un indulto para esta tarde en la décima función del serial taurino de San Marcos. Hechos presenciados por miles de aficionados que llenaron hasta las canales el inmueble del coso Monumental de la capital hidrocálida.

Así es la fiesta de toros, impredecible, trágica y alegre en rara mezcla, de sol y sombra, de obscuridad y luz.

Las anotaciones estadísticas habrán de acotar cinco orejas, un rabo y un indulto para esta tarde en la décima función del serial taurino de San Marcos. Hechos presenciados por miles de aficionados que llenaron hasta las canales el inmueble del coso Monumental de la capital hidrocálida.

En el libro de las anécdotas se escribirá entonces que al centauro Emiliano Gamero, ¡el cual ni siquiera estaba anunciado en el cartel! –lo que es el destino-, le correspondió el halago de ser el segundo rejoneador en obtener un rabo en toda la historia del coso Monumental –el primero lo logró Gastón Santos, padre, la tarde de su despedida en esta tierra-. El hecho habrá de merecer, entonces, un metal que rememore el acto de hombre de a caballo y que se inserte en los muros que amparan el patio de cuadrillas.

De Montecristo se anunciaron los astados a jugarse en la lidia ordinaria, y el titular de este criadero mandó para tal seis ejemplares de muy pobre presencia en su mayoría, de lidia mala en la que imperó la mansedumbre y la sosería.

Torillo de planta leve e insignificante, feo de hechuras además liberaron para que abriera plaza. Y lo toreó a placer “El Juli” (al tercio y dos orejas), a gusto y divirtiéndose, como en un día de campo en una tienta de luces, según el que trae multitud de tardes en una fiesta, la española, en donde la tauromaquia es joyería fina y no bisutería barata. No valió, para su capacidad y experiencia, que el gran becerrote fuera soso y manso hasta como para perder la razón, ya que le sacó un partido imposible, primero por chicuelinas y luego en una faena variada por ambos pitones, en la que, más que jugársela, evidenció el gigantesco descastamiento de la insulsa res a la que mató de horrible modo con una estocada flagrantemente defectuosa.

Con más caja que el resto de sus compañeros de partida, fue el cuadrúpedo que echó en segundo turno; un animal reservón, débil y desrazado de inicio al que enseñó a embestir, para rematar toreándolo plácidamente, como quien lo hace de salón; primero con el percal en excelentes lances de recibo, luego en lucido quite por tafalleras y cordobinas, y finalmente usando la muleta en un trasteo paciente, de muletazos templados por ambos flancos y muy fundidos; como desmoronara al adversario de un soberbio volapié en el que dejó el arma algo pasada pero letal y que no demandó la puntilla, llegó a sus manos el feliz premio ya acotado.

Hermoso de lámina fue el novillazo, según juicio visual, segundo del festejo. Animalito de mala suerte que dio una lidia sin casta, soseando, pasando con la cabeza suelta y terminando unido vehementemente al piso. Entre que vimos a un joven Diego Silveti (pitos, pitos, indulto y cornada) dado a manifestar muchas poses, realizando un quehacer sólidamente intrascendente. Torero seco y sin brillo que además no sabe del compromiso que implica la suerte suprema.

Bonito y bien armado fue el que se soltó en el lugar de honor, pero de malas condiciones. Así como tardaba en acometer, al hacerlo remitía violentos guadañazos al final de cada pase. Campo fértil fue para que, dentro del empeño mostrado, el diestro descubriera de plano su ser torero acartonado, estandarizado, tieso, aburrido, frio y punto menos que mediocre, ganando a ley el descontento de las mayorías. Terminó el acto de media estocada tendida después de un pincho.

La gloria llegaría en el de obsequio, un toro de Fernando de la Mora anunciado en el cartón como “Aroma de Toro”, No. 92 de 524 kilogramos y reseñado como primer reserva. Bestia de buena caja, honda y bien conformada que embistió lindamente, como Dios ordena a los toros de buena estirpe: con clase, recorrido, fijeza y retornando hacia el engaño en busca de la pelea. Y el dinástico diestro fue otro muy distinto; apareció en actitud ardiente, quizás espoleado por el aroma que había dejado el jinete y, antes, sus alternantes, y se abrió de capa para torear tersamente en una labor muy completa, llena de lances y suertes variadas y bien realizadas con nitidez. Luego armó la sarga y se entregó a correr la mano con temple ya en derechazos, ya en naturales bajando la mano hasta casi arrastrar los encajes de aquella haciéndole el honor a tan buena res que así, bajaba su testa en una muestra de formidable estilo. Series estupendas llegaron que merecían ser bien rematadas –”lo bien toreao es lo bien rematao”-, y así lo entendió y le dio entidad el vástago del “Rey” para enloquecer al entusiasta público que en muchos episodios del trasteo se puso de pie para honrar la torera y artística obra. No tardó el juez en ordenar que el toro retornara con vida a las corraletas, y ya indultado, el espada, lamentablemente y quizás embriagado por su propia labor, tuvo un instante de excesiva confianza y el burel le levantó, no soltándolo sino hasta que le había herido a la altura de la pantorrilla de la pierna diestra. De cualquier modo la pieza estaba cuajada y todavía, ya herido, ejecutó algunos muletazos más, todos sintonizados a la altura de lo que había realizado.

Bonito de pinta y conformación enfrentó en primer lugar Fermincito Espinosa (modestas palmas y oreja). Berrendo en negro, cinchado, calcetero, axilado, bragado, lucero y acucharado de cornamenta. Cabal novillo, que ni que, y lo malo de su ser fue la pésima sangre que traía; soseó en serio mientras que el nieto del “Sabio de Saltillo” le hacía una labor fría, hueca y desalmada que por lo menos terminó brevemente al matar de una estocada caída.

El sexto de la lidia ordinaria era un torillo sin gracia y en atención a ello y por las presiones de la clientela fue regresado a los corrales. En su lugar soltaron el segundo reserva, llegado de la dehesa titular y aunque fue pitado también al aparecer en la escena, se quedó en ella para dar algo de vértice al éxito. Tuvo movilidad y al ser correctamente llevado con la muleta, embestía con clase y fijeza, aunque acabó amparado en las maderas. El joven espada le toreó en actitud precautoria con el capote, pero en el tercio mortal estuvo voluntarioso, pegando algunos pases bonitos en lo que fue una faena deshilvanada, derechista básicamente, de escasa estructura empero muy alegre, la cual terminó de una estocada un punto caída y de consecuencias tardías.

¡Mucho corazón de caballista exhibió Emiliano Gamero! (orejas y rabo). Su actuación, en séptimo sitio por las inconveniencias que hubo de sufrir (fue anclado cuatro horas por un retén en la carretera que lo condujo hasta Aguascalientes), fue excelente, gallarda, entusiasta y muy de verdad. Cuacazos mantiene en las caballerizas que conforman su cuadra: “Quimera”, Casanova”, Pasión”, “Cigala” y “Silverio”, según en este orden los montó para la actuación que acabaría con el de cerdas empuñado en su diestra. Hubo variedad, dominio de los equinos, buena alta escuela, adornos como las balotadas, buen gusto, toreo a la grupa, al estribo u ofreciendo el pecho de las jacas y tocando al pitón contrario como prólogo al embroque de las banderillas, además de buena colocación de todas las “armas” que emplea un rejoneador. Sorprendió de veras su monta, la cual abrió a porta gayola y toreando con la garrocha –lance pocas ocasiones visto en las plazas- y terminó matando certeramente con el rejón de muerte. A ello tenía que entregársele la plaza, tal cual aconteció. Eso sí, el torillo fue muy pobre de trapío, pero quede el dato de que por su formidable juego mereció el arrastre lento, se llamó “Luna Nueva”, No. 170 de 485 kilos, procedente de la vacada de Fernando de la Mora…

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