INTRASCENDENTE, PUEBLERA Y ABURRIDA CORRIDA

Función mediocre, aburrida e intrascendente fue la vivida ayer tarde en el coso Monumental de Aguascalientes que en sus escaños acogió una mala entrada, quizás tasada en un cuarto de su amplio aforo, sin abrir generales.

Tres diestros con ciertas y distintas limitaciones hicieron el paseíllo, y para ellos soltaron un bien presentado encierro de Celia Barbabosa; fueron seis ejemplares de hermosa lámina y de incuestionable cuajo al simple juicio ocular; en juego sí que fallaron, dando en calificación global, una lidia compleja, desde el soso, el noble sin casta hasta el que desarrolló sentido.

Que bien toreó a la verónica Leonardo Benítez (división tras aviso en ambos), con solera, esa que solo otorgan como don los años; a esa profundidad la hizo acompañar con la variedad. Ahí quedaron sus chicuelinas hechas con las manos muy bajas, muertas, mientras se unía cabalmente al cárdeno veleto en cada uno de los emocionantes embroques. Después de un bien hecho segundo tercio, compartido con los alternantes, el toro proyectó lo que de complejo traía, probando primero y no tragando con franqueza la muleta, oportunidad ésta que fue para que el experimentado, pero decadente torero extranjero, se portar firme y dispuesto, logrando tirar del adversario en varios naturales que resultaron ser, por estética y arte, lo mejor, y muy poco, de un hacer al que no atinó acabar bien al usar el acero.

El cuarto, de menor catadura que su primero, fue un astado prestado para el lucimiento; fijo a los avíos, pasó entero tras ellos… sin llegar a ser la gran cosa. El caraqueño puso sus deseos y le hizo una labor completa –destacando el tercio de banderillas, dejando éstas igualadas y por todo lo alto- y toreando con prudencia y visible gran distancia en el segmento muletero, sin embargo su desempeño agradó a la mayor parte de la clientela. Pese a que se fue por derecho en la suerte suprema, y el estoque quedó en “buen sitio”, sus efectos fueron eternos y el matar se le hizo bastante trabajoso.

El segundo de la función fue un marmolillo insulso, peligroso y bien clavado a la arena, con el que el titular de la lidia, Alfredo Delgado “El Conde” (silencio tras aviso y pitos tras dos avisos), nada de valía pudo hacer, salvo un segundo tercio excedido de tiempo, y en el que invitó a sus alternantes. Su desempeño en el escenario fue aburrido y por demás intrascendente, a la que le abonó su pésimo uso de la espada.

El quinto, sitio antes de honor, manifestó fijeza y nobleza, aunque careció de clase. En renovada versión y como si fuese consigna, realizó otra “faena” superflua, vulgar, llena de sabanazos, sin son, sin ton y menos con una ruta fija. Bastantes pases ha pegado y bastante desesperó. Diestro decadente que quizás deba ya pensar en cortarse la coleta, símbolo tradicional de los que se dedican a la bárbara profesión de lidiar y matar reses de casta. De la suerte de matar, ni se hable, se le transformó en un largo y amargo trago, ganándose a ley el repudio del cotarro, quien en su interior sufrió una duplicación de descontento.

Gustaron las verónicas amplias con las que Antonio García “El Chihuahua” (al tercio y palmas) saludó a su bien armado primero del lote, no cerrando el percal hasta ejercer un alegre quite por zapopinas. Sostuvo luego el ánimo del monstruo de mil cabezas banderilleando deportivamente, enseñando su estupenda condición física. Nada fácil fue para la sarga el burel; bien regateaba, bien pegaba arreones con la amenazante cuerna a media altura todo el tiempo, sin embargo el norteño puso énfasis y entusiasmo, sacando buen partido de las inconveniencias que se le presentaron, pero lamentablemente la muy buena estocada que atizó, se le vio en el segundo viaje, yéndosele de la mano quizás un trofeo.

Relajientos fueron los primeros tercios que le hizo al cierra plaza, un toro soso, muy vivo que sacó agudo sentido gracias a las incorrecciones del mismo diestro y a la pésima lidia de la que fue víctima. Vaya una labor sucia y desordenada, eso sí, con bastante vehemencia de parte del joven y teatralista espada quien nuevamente pudo dejar el arma, en el segundo intento, tendida y de consecuencias tardías.

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