VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO… 1948-1952: MIS PRINCIPIOS EN EL MUNDO DEL TOREO

Descolló entre los lidiadores el joven Mario Carrión, primo de los Martín Vázquez que, a juzgar por las buenas maneras que se le vieron, dará en el futuro mucho que escribir a nuestro “Don Fabricio” [seudónimo del critico titular del ABC de Sevilla].

Los ojos se me salían de las órbitas al leer este párrafo sobre mi toreo en el prestigioso periódico ABC de Sevilla del 8 de diciembre del 1948, el Día de la Inmaculada Concepción. Lo volví a leer, no una vez sino varias veces. No me lo quería creer que ese Mario del que tan esperanzador futuro torero pronosticaban era yo mismo, como tampoco me había creído que las palmas que había oído el día anterior en mi primera y muy breve actuación pública, me las tocaban a mi. Este párrafo elogioso y esas palmas eran las primeras manifestaciones públicas que fueron provocadas por una pequeña muestra de mi manera de interpretar el arte de Cúchares.

Muchas largas crónicas y artículos sobre mis actuaciones en los ruedos y mi persona leería yo en la prensa desde entonces hasta mi retiro en diciembre del 1959, e incluso luego. Sin embargo, ese simple párrafo quedó gravado, a cincel y martillo, en mi memoria para siempre. Era el primero.

La nota de la prensa se refería a mi actuación, si así se puede llamar, en el picadero del Cuartel de San Idelfonso del Regimiento de Soria de Infantrería, situado en la Plaza del Duque en el mismo centro de la ciudad de Sevilla.

Un picadero es un lugar en donde se adiestran a los caballos y se dan clases de equitación. En Sevilla se usaba ese picadero para suplir las necesidades de la caballería del ejercito, que en aquel entonces todavía era una parte integral de cualquier rama de las fuerzas armadas, pues cada oficial, desde capitán para arriba, se le asignaba un caballo para montarlo en las maniobras militares y en los desfiles.

El local se acomodó para usarlo como plaza de toros temporal para celebrar allí una becerrada, como parte de un programa de festejos para divertir a la tropa con motivo de la celebración de la patrona del arma de Infantería, que se celebra el Día de la Inmaculada Concepción.

El festejo consistía en una becerrada, en la cual el “Niño de las Cadenas” y Manolo Montero, quienes eran aspirantes a novilleros que estaban sirviendo a la Patria como soldados en ese regimiento, matarían dos becerras de la ganadería de Hidalgo Hermanos. Se anunciaba como asesor de la presidencia al gran maestro sevillano Pepe Luis Vázquez. Mi nombre aparecía en el cartel como “peón”.

La razón de mi inclusión era debida a que mi padre, Juan Carrión Rivas, quien era un comandante de ese regimiento, me tenía tomando clases de equitación en ese picadero. Allí me hice de amigos tanto de oficiales como de soldados, y cuando unos y otros me preguntaban que si quería ser militar como mi padre, yo le contestaba con énfasis “no, voy a ser torero como mis primos”, por lo que les dio por llamarme medio en broma “El Torero”. Entonces, a alguien se le ocurrió, sin consultar con mi padre, proponer que yo participara de alguna manera en la becerrada para ver si era verdad eso de que quería ser torero.

Mi papel debiera de haber sido muy limitado, pero al hacer el primer quite y ganarme los primeros aplausos, se me subieron los humos a la cabeza y, creyéndome un “Manolete”, aprovechaba cualquier descuido de los inexpertos novilleros para robarle pases a las becerras, convirtiéndome en el centro de atención de un público partidario, compuesto por oficiales y soldados amigos de mi padre y míos.

Ahora me figuro como a los dos novillerotes-soldados les hubiera gustado pegarle una patada en el culo al osado aficionado que estaba robándoles protagonismo. Probablemente, no lo hicieron porque en el fondo reconocerían que se encontraban en territorio enemigo, ya que sus jefes, o sea mi padre y sus compañeros, estaban en la presidencia y en el graderío.

La verdad es que ahora cuando lo pienso, no creo que mi conducta para mis compañeros de cartel de ese siete de diciembre fuera muy ética. Ahora bien, también comprendo que cuando un muchachito sin sofisticación, como yo era entonces, está obsesionado con torear, la afición le ciega. Por otro lado, con certeza sé, que yo en el lugar de esos aspirantes a novilleros, con mis jefes o sin mis jefes en la presidencia, con la pasión que sentía por el toreo, no hubiera permitido que un osado Mario Carrión cualquiera se pasara de la raya con mi becerra, aunque el comandante luego me encerrara en el calabozo, o me pusiera a pelar papas para el regimiento completo.

Como quien dice esa tarde me gané la repetición para aparecer en cartel como uno de los protagonistas del festival que tendría lugar en el mismo picadero el siguiente año, como parte también del programa de festejos que celebraría la fiesta patronal. El cartel del festival, en que los actuantes vestiríamos el traje corto, lo componían los novilleros Manolo Carmona, quien es mi primo segundo, Jaime Malaver y Manolo Vázquez, quienes estaban haciendo el servicio militar, entendiéndosela con tres novillos-toros de las ganaderías de Hidalgo, Guardiola y Prieto de la Cal, y el cartel añadía que “a continuación lidiará y estoqueará una vaca el joven aficionado Mario Carrión”. Aunque no estaba anunciado, a petición del público el extraordinario banderillero “El Vito” bajo al ruedo para banderillear a los novillos.

El año anterior mi actuación fue casi un juego pues no sentí ninguna presión. Sin embargo, en esta ocasión al verme anunciado por primera vez en un cartel junto a toreros de nombre, me entró miedo, mucho miedo. No un miedo por el daño físico que me pudiera causar un animal bravo, sino miedo al fracaso; miedo a quedar mal con los partidarios que me había ganado el año anterior y que, ahora cada vez que iba al cuartel o al picadero me decían cariñosamente “torero” y a la vez me deseaban suerte; miedo a que mi padre sintiera vergüenza de mí si las cosas no me salieran bien, y que sus compañeros militares pensaran que yo era un cobarde. Miedo también a hacer el ridículo ante un grupo de gente importante como el Capitán General Rada que presidía el festival, asesorado por el matador de toros retirado Luis Fuente Bejarano, y especialmente ante mi primo, mentor y maestro, Pepín Martín Vázquez, y los otros toreros con quienes iba compartir el ruedo.

Con la perspectiva del tiempo creo que entonces ese miedo era lógico, pues iba a ser la primera vez que iba a matar a un animal bravo y lo iba a hacer en público. Torear ya había toreado durante ese año en varios tentaderos, y además toreaba de salón diariamente, pero matar no lo había hecho nunca, y el entrenamiento con el carretón para eso ayuda poco.

Es curioso que ese intenso miedo que sentí esos días antes de mi actuación en el picadero, no era nada especial, pues lo volví a sentir, con más intensidad tal vez, pues la responsabilidad sería mayor, cada vez que actué profesionalmente y, por mis conversaciones con otros espadas amigos sé que, con más o menos intensidad, ellos sienten algo igual o parecido. Es un miedo especial que, añadido al otro miedo por lo físico que ya con más experiencia luego se siente, tiene el efecto de una droga pues uno, en vez de evitarlo, lo busca con ansias, y tal vez masoquísticamente lo disfrute.

Mi miedo no tuvo fundamento pues tuve una muy lucida actuación, oyendo continuos aplausos y dando una vuelta al ruedo sin trofeos, a causa de haber pinchado un par de veces antes de colocar una efectiva estocada. Luego recibí muchas enhorabuenas y elogios. Especialmente recuerdo la sonrisa en los labios de mi padre que, por cierto, no era aficionado, cuando sus compañeros lo felicitaban una y otra vez, como si fuera él el que hubiera estado en el ruedo.

Esto es parte de lo que al día siguiente se reportó en el ABC del festival: “Finalmente el joven aficionado Mario Carrión hizo gala de sus aptitudes de artista con una becerra muy brava de Prieto de la Cal. Para todos hubo ovaciones, olés y música”.

Aunque no había necesidad, pues mi padre ya sabia de sobra el fuego que ardía en mis entrañas que me urgía a ser torero, animado por el buen ambiente que había dejado en el festival, me atreví a pedirle formalmente que me permitiera que probara mi suerte para ser torero profesional. Mi padre comprendería que no había manera de decirme que no, pues me dio su permiso con la condición explicita que tenía que seguir estudiando y mantener al menos notas de notable. No vi que eso fuera un problema, pues hasta entonces había sido muy buen estudiante. Salté de alegría, lo abracé, lo besé, y salí volando como alma que se la lleva el diablo, diciéndole a todo el que me quería oír “Voy a ser toreo como mi primo”. Como si eso fuera tan fácil.

Apenas tenía entonces dieciséis años, y naturalmente comprendo que en algunos momentos mis extemporáneas reacciones eran las naturales de un simple muchachote. En cambio, al mismo tiempo y con pleno conocimiento de causa, estaba eligiendo en aquel momento una profesión que no ofrecía seguridad, y en la cual para tener éxito me tendría que jugar la vida como un hombre. Ya de mayor he notado este fenómeno al observar la dicotomía de la conducta de algunos diestros precoces quienes, aunque regularmente están tomando importantes y maduras decisiones, de cuando en cuando obran sin darse cuenta como el chiquillo que llevan dentro.

A mi primo Pepín, mi maestro y mentor taurino, quien por algunos años me había estado afinando mis maneras toreras y últimamente me había llevado a algunos tentaderos, también le comuniqué mi intención de ser torero como él y que ya tenía el permiso de mi padre, pidiéndole al mismo tiempo su consejo y ayuda.

Su respuesta fue positiva, después de aclárame que me había estado frenando mis ansias de lanzarme a los ruedos, pues él quería estar seguro de que mis deseos eran reales y no caprichos pasajeros, y que yo estaba preparado para esa lucha tan dura y peligrosa. Me prometió que, como creía que yo tenía condiciones para ser un buen torero, me seguiría apoyando y que le propondría a su hermano Manolo, quien era entonces su apoderado, que dirigiera mis primeros pasos en el difícil mundo taurino.

No recuerdo exactamente la fecha, pero alrededor de un par de meses después de mi conversación con Pepín, Manolo vino a Sevilla desde su finca en Jaén para visitar a su madre, y como siempre hacia se pasó por nuestra casa a visitar a “Tito Juan y Títa Manolita”, como todos los Martín Vázquez llamaban a mis padres. Pero su visita esta vez no era puramente social, sino era primordialmente para tener una conversación formal con mi padre y conmigo para exponer las condiciones para el ser mi apoderado. Ya venía preparado con un contrato en el cual se especificaba en un jergón legal que yo le daba poderes para ejercer como mi apoderado por un periodo de tres años. Lo firmé con mi padre de testigo y quedamos en que en junio, cuando terminara en el colegio, me iría a vivir con él y su familia durante el verano en Madrid, para hacer por esa zona mi primera campaña como novillero sin caballos.

Así que con el contrato firmado, aparte de estudiar fuerte para que mi padre estuviera contento, ya no me quedaba otras cosas más que hacer que entrenar y torear en el campo en los tentaderos para estar preparado para junio de ese año 1950 cuando comenzaría a realizar mi sueño de ser toreo.

A menudo me han preguntado que cuando se manifestó en mi por primera vez el deseo de ser torero. Siempre me ha sido difícil contestar esa pregunta, pues yo soy incapaz de señalar un especifico instante en que, como una revelación divina, yo me dijera a mí mismo “quiero ser torero”. No obstante para satisfacer la curiosidad del interrogador y, tal vez, para evitar el tener que racionalizar sobre el asunto, mi respuesta era a propósito vaga, diciendo algo así como “desde siempre, desde que tengo uso de razón”.

La verdad es que ahora creo que adquirí la afición por osmosis durante un indeterminado espacio de tiempo pues, al vivir por gran parte de mi niñez y juventud cerca de mis familiares los Martín Vázquez, respiraba la fragancia torera con que estaba impregnada esa casa y, también, primero era testigo y luego participaba tangencialmente en las actividades taurinas que desarrollaban los grandes toreros que allí habitaban.

Mi parentesco con los Martín-Vázquez viene a través de mi madre, ya que su hermana mayor, mi tía Dolores Bazán, estaba casada con Curro Martín Vázquez, quien inició esa dinastía torera a principios del siglo XX. Los Martín Vázquez y los Carrión formábamos un núcleo familiar cuyo patriarca era mi abuelo materno. Vivíamos en la Calle Resolana del Barrio de la Macarena en Sevilla en residencias casi contiguas, pues solamente tres edificios nos separaban, y los miembros de ambas familias nos relacionábamos informalmente, especialmente los niños y los jóvenes, entrando y saliendo de ambas casas como si ambas fueran la nuestra.

Tal vez si tuviera que elegir un hecho impactante que me hizo ser consciente del toreo, tiene que ver con mi tío Curro y con dos cabezas disecadas que colgaban en una pared en el patio sevillano de su casa. Yo tendría unos cinco años, no sé por cierto, y me gustaba subir al segundo piso de la casa de mis tíos para desde allí, agarrado a los barrotes de la barandilla que se asomaba al patio, contemplar de cerca, casi cara a cara, las dos monstruosas y negras cabezas de toros cinqueños, que aunque inmóviles, desde la pared me miraban amenazantes. Entonces, yo miraba hacia abajo y observaba a mi tío Curro que, sentado en un sillón debajo de las cabezas, leía tranquilamente o charlaba con sus hijos. Con la curiosidad inquisitiva de la niñez un día le pregunté a mi tío sobre las cabezas y me explicó que había sido torero y que había dominado y matado a esas fieras. Desde entonces, mi admiración por mi tío creció, no por lo de ser torero, que eso a mi edad significaba poco, sino por imaginarme que era un poderoso superhombre capaz de luchar gallardamente con esas impresionantes bestias. De ahí en adelante, ya cuando subía una y otra vez a contemplar las cabezas, ya no me parecían tan amenazadoras, pues pensaba que, al igual que mi tío, si me atacaban yo también vencería a esas fieras.

Luego, según crecía, el concepto de toreo, de burlar a un toro con valor, habilidad y arte tomaba forma en mi mente al conocer los pormenores de las experiencias taurinas de mi tío y mis primos. Mi pasión por el toreo se acrecentó aun más al ser testigo del ascenso vertiginoso de Pepín como torero, quien en el año 1943, a la edad de dieciséis años, cuando yo tenia diez, vistió por primera vez el traje de luces en una novillada en Cehejin (Murcia), y al año siguiente tomó la alternativa, terminando la temporada alternando con los grandes del toreo como “Manolete” y Arruza. Se retiró en el 1952. Hice de él mi ídolo, y me convertí en su sombra, no desaprovechando ninguna ocasión para hacerle preguntas sobre el toreo y dejarle saber que aspiraba a ser como él.

Al principio, ni él ni nadie me echaba cuenta, pues probablemente consideraban que ese deseo era una reacción de un muchacho que admiraba y deseaba tener la excitante vida que Pepín llevaba.

Al fin, mi insistencia surtió efecto, pues cuando tenía 15 años Pepín decidió llevarme a un tentadero, durante el cual me dejó darle unos pases a una de sus becerras. La experiencia fue grandiosa, y aun más al oír a mi primo comentar a alguien que yo tenia valor y buenas maneras. Sin embargo, el solo haber ejecutado una quincena de pases me supo a poco. Me volvió a llevar a un par de tentaderos más antes que yo hiciera mi ‘debut’ en el picadero del cuartel sevillano, y otros cuantos más antes de mi debut como novillero sin caballos. Sin embargo, tengo que decir que mi ansiedad por torear era tan intensa que me faltaba paciencia para esperar que Pepín me llevara a los tentaderos. Debido a eso hice algo fuera de mi recio carácter que sin duda desilusionaría a mis padres y profesores. En varias ocasiones falté al colegio para irme aventureramente con otros aficionados a ganaderías cercanas, en donde nos enterábamos que se estaban haciendo tentaderos. Pasábamos el tiempo sentado muertos de frió en una tapia de la placita en donde se efectuaba la tienta, esperando que el ganadero de turno tuviera pena de nosotros y nos dejara pegar un muletazo. Unas veces nos dejaban probar suerte, generalmente con las malas becerras que toreaban poco los toreros invitados; y otras veces volvíamos a Sevilla despechados por ni siquiera haber pegado un pase. Y para hacer peor mi situación, al llegar a casa me esperaba un castigo en casa, y otro más duro aun al día siguiente en el colegio, ya que el perfecto del Colegio San Fernando había comunicado a mis padres mi ausencia ilegal a través de mi hermano. Esto me hizo apreciar más la suerte de tener un primo como Pepín que me estaba haciendo más fácil el tomar mis primeros pasos toreros.

De chiquillo no entrenaba, más bien jugaba al toro, toreando con toallas, manteles o cualquier trapo que encontrara. Más de una bronca de mi madre tuve que oír por traer a casa abrigos, o chaquetas embarrados por haber bordado con esas prendas verónicas en el aire. A mi hermano Manolo lo traía loco, pues lo forzaba continuamente a que me embistiera con dos cuchillos o tijeras por cornamentas. Por otro lado, me hice un tío pesado cuando nos reuníamos para jugar a cualquier cosa con los amigos del barrio, por yo siempre insistir en que jugáramos al toro.

Respecto a entrenar más formalmente toreando de salón con otros aspirantes a toreros, no comencé a hacerlo regularmente hasta después de mi presentación en el picadero. Lo hacía intensivamente durante las vacaciones de Navidad, primavera y verano. En cambio, durante el año escolar se me hacia difícil, pues la mayoría de los aficionados ni trabajaban ni iban al colegio, por lo que ellos entrenaban durante el día mientras yo estaba en la escuela. Sin embargo, me hice amigo de mi vecino Pedro Escacena, quien estudiaba como yo y que también aspiraba a ser torero, y nos pusimos de acuerdo para entrenar juntos por la noche después de haber completado nuestros deberes escolares. A veces nos daban las diez u once de las frías noches invernales haciendo perfectas faenas bajo la luna. Escacena no pudo realizar su ilusión de ser torero, pero ha llegado a ser uno de los más famosos pintores de carteles de toros de España.

Hubo una circunstancia relacionada con la profesión de mi padre que puso a prueba mi determinación de ser torero. Mi padre era militar del ejercito de infantería, y tenía el rango de comandante durante los años cuarenta, cuando mi afición a los toros se estaba solidificando. Mi padre durante ese periodo tuvo varios destinos y, como tantos militares, arrastró a la familia con él a donde quiera que fuera por la entera duración o parte del tiempo de sus destinos. Esta vida errante nos llevó a residir por unos meses en Tetuán en Marruecos en 1940, en el año 1941 en el Aaiún, entonces solamente un pequeño enclave militar en la colonia española del Sahara, y desde el 1942 en San Roque (Cádiz) hasta el 1945 cuando volvimos a vivir de nuevo en Sevilla, en donde mi padre permaneció destinado hasta ascender a teniente coronel en el año 1950. Estas mudanzas pudieron habernos desarraigado de nuestra Sevilla pero nosotros, a diferencia de una mayoría de las familias de militares, siempre tuvimos un pie en nuestra tierra natal, pues allí manteníamos nuestra casa amueblada para habitarla mientras mi padre se acomodaba en la localidad de su destino, o para recibirnos al venir de vacaciones o a residir de nuevo en ella. En esa casa en la Macarena nacieron mi madre y tres de sus cinco hijos, mis hermanas Mari Carmen, Conchi y yo mismo.

Durante estas permanencias en las bases militares, se inició e mi una atracción por la vida militar, que quizás la llevara en mis genes, pues mi padre, mi abuelo, tío y bisabuelo habían sido militares. Sin embargo, la ascendencia no fue lo suficiente fuerte para que cuando mis amigos soldados y oficiales me preguntaran que si iba estudiar para ser militar como mi padre yo les contestaba políticamente que solamente lo haría si yo no consiguiera ser torero. Obviamente ni los genes familiares ni los largos periodos de vivir fuera de Sevilla, aislado de la influencia taurina de los Martín Vázquez, habían disminuido mi esperanza de algún día enfrentarme con toros armados con cornamentas tales como las de las cabezas que colgaban en el patio de la casa de mi tío en la calle Resolana.

También, había otro aspecto de mi vida juvenil que, aunque no me desviaba de llegar a mi meta en el toreo, tampoco me facilitaba el camino para ello. Era mi vida estudiantil, ya que por aquel entonces la mayoría de los aspirantes a toreros no proseguían la educación escolar después de la enseñanza elemental, y algunos ni siquiera terminaban los estudios en la escuela primaría, por lo tanto era raro que un joven con mis aspiraciones profesionales taurinas prosiguiera los estudios de bachillerato. No obstante, eso fue lo que yo hice, en parte forzado por mis padres y animado por Pepín, quien me decía que siguiera estudiando el bachillerato, lo que él no había tenido la motivación de hacer por haber sido un importante matador de toros con apenas diecisiete años.

Así que me preparé para el examen de ingreso de bachillerato en San Roque (Cádiz) y lo pasé en el instituto de Algeciras, para luego comenzar en septiembre del 1945 el primer curso de bachillerato en el Colegio San Fernando de lo hermanos maristas en Sevilla, en donde estudié hasta el cuarto año. Aunque mis notas eran buenas me habían amenazado con la expulsión del colegio por mis repetidas ausencias sin excusas de mi padre por ir a los tentaderos. Por lo tanto completé el quinto año en el Instituto San Isidoro de Sevilla en junio de 1950, unos días antes de marcharme para Madrid para iniciar mi vida profesional torera.

Desgraciadamente por comenzar teniendo éxito en mi primer año como novillero, no cumplí el sabio consejo de mi padre de que debería compaginar los estudios con el toreo.

Durante mi vida estudiantil en Sevilla no ocultaba mi ambición profesional, pero tampoco hacia ostentación de ella, y durante esos cinco años llevaba, como se pudiera decir, una doble vida. Para mis amigos del barrio y mis compañeros del colegio era otro más, y con ellos participaba en las mismas actividades estudiantiles y juegos, con la diferencia que ellos querían ser médicos, abogados, militares o ingenieros y yo torero. Por otro lado, para los aficionados con quienes entrenaba, y con quienes, de cuando en cuando, iba a los tentaderos, yo era otro aficionado más, aunque algo envidiado tanto porque ellos me consideraban un estudiante señoriíto como por ser un privilegiado por estar asociado con una dinastía de toreros. A veces sentía, y ahora estoy seguro, que durante esos años estudiantiles en Sevilla, yo no pertenecía cien por cien a ninguno de esos pequeños mundos.

Nada más terminar los exámenes en el Instituto de San Isidoro tuve que aligerarme para irme a Madrid, ya que mi apoderado Manolo Martín Vázquez había hecho arreglos para que yo hiciera el 8 de junio mi debut como novillero sin caballos.

Manolo vivía en Madrid con su familia desde hacía tiempo, y allí tenía sus amigos y contactos taurinos y, por lo tanto, para él era más fácil contratarme novilladas en los pueblos de las provincias de Madrid, Toledo, Segovia o Ávila, en donde entonces, en vez de novilladas picadas y corridas de toros, se daban novilladas sin caballos en las ferias de esos pueblos. Así que su plan era que yo me quedara en Madrid durante el verano alojado en su casa para que desde Madrid nos desplazásemos a esos lugares cercanos en donde torearía la mayoría de los festejos durante mi aprendizaje. Sin embargo, mi debut de novillero tuvo lugar en Vera, un pueblo de la provincia andaluza de Almería.

En Madrid solo tuve tiempo para acomodarme en la casa de Manolo, conocer al mozo de espadas y al banderillero que serían parte de mi cuadrilla, completar mi equipo torero e inscribirme en el Sindicado de Matadores y Novilleros y en el Montepío de Toreros. Yo solamente tenía un capote y una muleta usada que Pepín me había regalado y Manolo me dejó usar sus viejos capotes y muletas, el esportón y un juego de espadas. El traje de luces lo alquilé en la Sastrería de Juan Jiménez. Juan, quien luego sería mi sastre, me permitió sacar el traje un par de días antes del viaje para hacerme unas fotos para el carné profesional. O sea que me vestí de luces por primera vez en el estudio de un fotógrafo.

El 7 de junio, Manolo, el banderillero, el mozo de espadas y yo, apretados como sardinas en un taxi antidiluviano salimos de Madrid para Vera. Allí esa noche nos alojamos en una fonda y yo me fui a dormir, mejor dicho a soñar despierto con las grandes faenas que iba a bordar al día siguiente… aunque el sueño se convertía en pesadilla cada vez que pensaba en la espada, ya que el haber estoqueado solamente una vez, y no muy bien, no me daba mucha confianza. No sé cuanto dormiría, aunque supongo que poco, pero al despertar me llevé la mayor desilusión de mi vida, ya que al observar desde el balcón lo que sucedía fuera, me dieron ganas de llorar. Llovía a cántaros, y no paró durante todo el día. Era verdaderamente mala suerte porque Almería es una región muy seca en donde apenas llueve. Naturalmente no hubo debut ese día, que era jueves, el Día del Corpus Christi, aunque no era como dice el popular refrán uno de los “Tres jueves que relucen más que el Sol”.

La novillada se dio domingo 11, y en el cartel se anunciaba que cuatro novillos de don Emilio Arroyo serían lidiados por Enrique Planas y Mario Carrión, “de Sevilla, primo del famoso torero Pepín Martín Vázquez, y extraordinario muletero, que vestirá por primera vez el traje de luces”.

Durante esos tres días antes de mi debut disfruté de esa popularidad temporal que los torerillos entonces gozábamos en los pueblos cuando estábamos allí para torear. Nuestros egos crecían pues nos hacían sentir importantes al ser tenidos en cuenta por la gente del pueblo, y todo el mundo buscaba nuestra compañía y, claro, nos gustaba también que las muchachitas locales nos miraran de una manera especial. Esta experiencia era nueva para mí e hizo que el tiempo que faltaba para la novillada transcurriera más rápidamente.

Mi debut fue triunfal, y la verdad es que yo no recuerdo lo que hice bien o mal, ya que estuve durante toda la tarde en un trance, solamente me acuerdo que usé bien la espada, aunque pinché una vez al mi difícil segundo novillo, y que oí continuados aplausos y obtuve trofeos, y que también recibí una voltereta en cada faena. Lo que fuera debió ser bueno, pues todo el mundo alrededor mío estaba contento y la empresa me contrató para volver a torear la temporada siguiente. En el diario El YUGO de Almería, el crítico Pedro Pinturas decía esto de mi actuación.

Yo me atrevería a aseguraros que en la plaza de Vera acaba de lanzar sus primeros destellos un astro taurino de primera magnitud: Mario Carrión Bazán. Al llegarle su turno, se abrió de capa con la serenidad, la elegancia y la prestancia torera de un espada de primera línea, e instrumentó unos lances templados, ceñidos, estirando los brazos y mandando con el arte, la soltura y la gracia sevillana de Joselito. La ovación unánime y clamorosa, fue de las que forman época, y yo creo fijamente que Mario no la olvidará nunca, ya que fueron estas las primeras palmas entusiastas, ganadas a pulso, que sonaban a gloria en sus oídos, preludio y augurio feliz…de muchas otras muchísimas palmas que han de sonar por esas plazas..Ni que decir tiene que cortó Mario dos orejas y rabo de su primero y que la ovación fue tan grande que debió faltar poco para que la oyera en Algeciras su primo Pepín Martín Vázquez que toreaba en aquella plaza…En su segundo se repitieron las ovaciones delirantes, siendo una verdadera lástima que perdiese el corte de las orejas de este último toro por las pésimas condiciones en que este llegó a la muerte. Ello no oscureció el éxito magnífico de Mario Carrión en su primera novillada de su carrera torera.

No toreé mucho esa temporada, pero si lo bastante para placearme y empezar a sentirme a gusto con los novillos.

El 18 de julio actué en un festival en Cercadilla (Madrid) alternando entre otros con el matador madrileño Manolo Navarro y un aficionado práctico. Di una vuelta al ruedo.

En Cehejín (Murcia) actué dos tardes. El 13 de agosto cuando corté tres orejas y un rabo, ganándome la repetición para el 25 de ese mismo mes. Esa segunda tarde obtuve un trofeo más que en la primera novillada. Cuando uno empieza hay cosas que quedan grabadas, no porque sean en sí mismo importantes, sino porque para uno son hitos en la carrera. Por ejemplo, el resultado de mi primera actuación en Cehejin causó que en el encabezamiento de la sección taurina del diario madrileño EL ALCAZAR apareciera mi nombre en letras grandes junto a los de las grandes figuras. Esta era la información “Memorable tarde de Manolo Vázquez en La Línea. ‘Litri’, Ordóñez, Posada, Malaver y Mario Carrión también cortaron apéndices”; y abajo aparecía la reseña de mi novillada de la agencia EFE que decía: En Cehejín- Cehejín 13. Novillos de Emilio Arroyo, superiores. Mario Carrión, oreja en uno y dos orejas y rabo en el otro. Cantalares también cortó orejas. Los dos matadores salieron en hombros.

Mis actividades taurinas concluyeron el 27 de ese mes matando un eral en una becerrada organizada por la colonia de veraneantes en la plaza de toros de San Lorenzo del Escorial (Madrid), en la cual actuaron dos aficionados locales, y mi primo Pepín participó como director de lidia. El festejo era algo informal y el presidente me concedió todos los trofeos que quiso y aún más. Lo importante no eran los trofeos sino que el becerro era de dulce y no se cansaba de embestir, ni yo de hacerle el toreo bueno en presencia de un montón de buenos aficionados madrileños.

Continué la campaña en septiembre y octubre actuando tres tardes en Arenas de San Pedro (Ávila), el 9 de septiembre y el 20 y 23 de octubre toreado un total de cinco novillos, a lo que les corté seis orejas, tres rabos y una pata. Entremedio actué el 17 de septiembre en Cadalso de los Vidrios. Otra vez corté los máximos trofeos.

Hasta aquí he nombrado los lugares de mis actuaciones pero he hecho pocas referencias ni a mis compañeros de carteles y a las ganaderías. La razón es que los nombres de los aspirantes a toreros que actuaron conmigo en la temporada del 1950 significarían poco para el lector, pues solamente un par de ellos tuvieron cierta notoriedad. Se me viene a la mente mi amigo Luis Parra “Parrita”, quien luego en el 1956 sería el testigo de mi alternativa, y Alberto Díaz “Madrileñito”, quien se hizo notar de novillero. Ambos terminaron la carrera como conocidos subalternos. Tampoco he puesto énfasis en nombrar las ganaderías, lo que era debido a que en las novilladas sin caballos se lidiaban en los pueblos reses de ganaderos clasificados como de segunda. Estos ganaderos lo mismo lidiaban novillos de casta de deshechos, comprados a ganaderos de primera, como novillos de media casta de origen desconocido o moruchos criados por ellos mismos. Por lo tanto los nombres de los ganaderos significaba poco.

Sin embargo, tuve la suerte de torear a menudo reses del ganadero Emilio Arroyo, quien era amigo de mi familia torera, y cuando yo toreaba su ganado enviaba lo mejorcito que tuviera en el cerrado en esos momentos. Emilio se hizo mi partidario más acérrimo, e incluso se hizo empresa en los pueblos en varias ocasiones para que yo t

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