LOS PRIMEROS MALETILLAS… 1a DE DOS PARTES.

Cuando Teodoro Librero, alias El Bormujano, entró en mi casa tenía apenas 15 años cumplidos. Era yo curo coadjutor de Chinchón, ese pueblo lleno de encanto y de tipismo que estando tan cerca de Madrid conserva aún hoy su marcada personalidad.

Había abandonado el domicilio de sus padres en Sevilla buscando la aventura de hacerse torero de capea.

Era esta una costumbre ancestral en Andalucía y castilla: los muchachos con semejante vocación que aspiraban a dominar el arte de torear deberían curtirse en las fiestas de los pueblos donde era fácil encontrar la oportunidad de lucirse ante toros y vacas bravas que daban suelta en las plazas para divertir a los paisanos y probar la suerte y el valor de los así llamados “maletillas”, “capas” o simplemente “aficionados”.

La ruta de los pueblos de capeas concentraba un sin número de jóvenes de los más diversos lugares, gente sencilla y humilde, faltos de recursos económicos y de cultura la mayoría, que deambulaban de un sitio para otro con el atillo al hombro, sus pertrechos, sus muletas de franela roja y capas viejas y descoloridas. Toda su hacienda a cuestas viviendo de la caridad y del entusiasmo de los paisanos de cada lugar a veces el triunfo y la fortuna de encontrar la ocasión de hacer una buena faena, es decir, lograr torear, tirarse espontáneamente al ruedo de la laza y ser visto por algún especialista de este singular mundillo, convierte al candidato en una joven promesa del escalafón de figuras del toreo.

Pero esto no es fácil. La inmensa mayoría de lo jóvenes cae en el olvido y en el anonimato, se refugia en el grupo más sencillo de los banderilleros, probada la suerte como novilleros y aún como matadores de toros. Algunos quedan inmersos en ese submundo trágico de la marginación y la delincuencia.

Me encontré a Teodoro en la Fuenteabajo, cerca del Monasterio de las Clarisas. Era muy temprano vísperas de fiestas del pueblo, por el mes de Septiembre. Bajaba yo desde el cerro de la iglesia, donde vivía en la casa parroquial hasta casi las afueras del pueblo para decir la misa a la comunidad de monjas de clausura de la que era capellán. El y tres compañeros de capeas habían dormido en el portalón de la iglesia monacal. La santera tocaba el último toque de campanas que congregaba a un reducido grupo de mujeres asiduas a madrugar. No me dio tiempo a cruzar palabra solo decir a los muchachos:

-Después de misa os veo. Ya me contaréis que hacéis aquí.

Llevaba poco de cura en el pueblo. Desconocía sus costumbres. El contraste con mi tierra del país vasco me iba sorprendiendo al paso de los días. Nunca había visto aquel tipo de muchachos con trebejos, espadas de madera y útiles de torear. No sabía lo que significaba esa extraña comparsa que se lavaba en la fuentecilla y me miraba con respeto.

Acabé la misa. Las monjas se recogían tras rejas. El ambiente estaba lleno de salmodias y de incienso.

Los ángeles del altar me miraban con sus ojos de cristal mientras daba gracias a Dios por este nuevo día sin saber lo que me esperaba. La Virgen del Rosario cuyo patronazgo íbamos a celebrar estaba profusamente adornada de flores y de velas. Salí de la capilla pensando en los muchachos: qué harían allí, de dónde venían.

Habían acabado de arreglarse. Se acercaron. Me ofrecieron tabaco y me contaron su historia: Quintino venía de La Mancha, Eduardo de Granada y Teodoro de Bormujos, un pueblecito del Aljarafe sevillano. Me hablaron de un mundo insólito para mí. Caminos de dehesas de ganado recorridos buscando torear en los tentaderos de las vacas bravas durante el invierno, mayorales de las ganaderías que quemaban las ropas y pegaban a los que enganchaban en los reductos de sus campos, pueblos remotos de España en verano con toros grandes para chavalillos chicos como ellos, heridas que las cura el aire…

Los miraba detenidamente mientras caminábamos hacia la plaza y contaban sus historias.

No había visto nunca una capea ni sabía lo que era echar el guante, romper lo avíos, perder el hato. Nunca había oído decir que un toro tiene leña. Y todo el mundo para mí surrealista estaba tomando fuerza por sorpresa en mi imaginación.

Paré ante la fonda donde me daba de comer la patrona de la casa y me presenté a su mesa para desayunar con aquellos extraños invitados.

Al acabar los churros y el café habíamos sellado un pacto:

-Bueno, pues os ayudaré en lo que pueda –dije.

Las consecuencias de mis palabras cambiaron mi vida. Durante todo aquel invierno, y algunos más, Eduardo, Tino y Teo constituyeron y son parte de mi familia. Con ellos he vivido largos años de entrañable amistad que hoy casados y dispersos trabajos y destinos, se continua en sus esposas y en sus hijos, ellos fueron los primeros pero no los últimos.

Nunca había visto el pintoresco aspecto de una corrida de novillos en un pueblo de Castilla cuya plaza constituye el centro de la vida geográfica y social de sus gentes. Chinchón vive alrededor de su plaza Mayor, lugar de encuentro, convivencia y fiesta.

Dos horas antes de empezar, la plaza había quedado desierta. Los soportales y los balcones, aún los propios bares y tabernas que dan a ella, las talanqueras y el tabloncillo donde se sube la gente para ver las corridas, todo estaba vacío. Desde el ventanal de la fonda, cuyos balcones dan a la plaza, veía cómo los concejales del Ayuntamiento acompañados de un número de la guardia civil cada uno y dirigidos por el cabo hacían la requisa, es decir, la comprobación de que en las casas que dan a la plaza no había más personal que el que normalmente las habita. Los demás, extraños al lugar, deberían pagar la correspondiente entrada.

La tía Carmen, a la que cariñosamente llamábamos por el mote la tía cohete me ayudó a camuflar a los torerillos; algo evidentemente prohibido y nada honesto pero que tentaba a la picaresca.

Al poco rato fue entrando la gente por las puertas de la plaza y creando ese ambiente de expectación que existe antes de una corrida. Aquella era una simple novillada de dos toros para principiantes a quienes vimos vestirse con viejos trajes de luces de alquiler en una habitación grande y común que Doña Carmen había preparado para este rito.

El ir y venir previo de los banderilleros y los mozos, sus voces y sus gestos, su rincón con las estampas y las lamparillas encendidas, el ambiente, la música como prólogo que sonaba interpretando pasodobles desde el Ayuntamiento vecino, la bulla que todo ello comporta me tenía ensimismado y perplejo.

Después de los novillos en lidia normal se anunciaban dos toros de capea para los mozos y aficionados.

Yo estaba deseando ver este espectáculo para mí desconocido. Mis tres maletillas habían salido de su escondite y justamente a la hora de empezar el festejo, cuando el Señor Alcalde sacó el pañuelo desde el palco presidencial y se iniciaba el paseíllo los vi tumbados en el suelo, en las mismas tablas en que hacían el ruedo boca abajo, ocultando las muletas entre la tierra y el pecho.

Querían estar cerca del acontecimiento. Parecían combatientes atrincherados esperando su hora.

La fiesta discurrió dentro de la normalidad hasta la muerte del segundo novillo.

FUENTE: Luis Lezama.

Deja un comentario