20 octubre, 2021

LOS MEJORES NOVILLOS PARA LOS PEORES NOVILLEROS Y VICEVERSA.

Domingo 26 de julio del 2015
Cuarta novillada de la temporada de la Plaza de toros México

Novillos: Tres de De Haro, primero, tercero y sexto. Muy bien presentados, guapos y con mucho que torearles. Todos fueron aplaudidos en el arrastre. El sexto fue espectacular por bravo y noble, pero Rafael Reynoso lo desperdició lamentablemente.

Tres de La Concepción, segundo, cuarto y quinto. En orden, dos mansos y un becerro colaborador. El cuarto era un adefesio.

Domingo 26 de julio del 2015
Cuarta novillada de la temporada de la Plaza de toros México

Novillos: Tres de De Haro, primero, tercero y sexto. Muy bien presentados, guapos y con mucho que torearles. Todos fueron aplaudidos en el arrastre. El sexto fue espectacular por bravo y noble, pero Rafael Reynoso lo desperdició lamentablemente.

Tres de La Concepción, segundo, cuarto y quinto. En orden, dos mansos y un becerro colaborador. El cuarto era un adefesio.

Novilleros, Edgar Badillo, al que abrió plaza le despachó de cuatro pinchazos y un buen número de descabellos: pitos tras aviso.
Ángel Lizama, mató de dos pinchazos hondos y buena entera: merecida vuelta al ruedo.
Emilio Macías, entera al encuentro: palmas al toro y silencio.
Juan Pablo Herrera, al corrido en cuarto lugar se lo quitó de enfrente con dos enteras, dos pinchazos y muchos golpes de corta: ovación en el tercio tras aviso.
Humberto Quevedo, tres pinchazos y entera trasera con achuchón: salió al tercio.
Rafael Reynoso, al que cerró plaza le pasaportó de estocada entera sin perfilarse: silencio.

Siguiendo el ejemplo de San Juan Evangelista, vamos, como en las bodas de Caná, primero a la sed y más tarde al vino bueno. Edgar Badillo, el novillero zacatecano, en el que abrió plaza (de De Haro) se fue a porta gayola y lo arrolló el tren en una escena dantesca. Lo más memorable de su actuación fue el salir de la enfermería. Volvió –como el domingo pasado- a perderse en un mar de dudas y precauciones ante un astado que regalaba naturales por doquier.

Emilio Macías, el de Huamantla, Tlaxcala, anduvo trapacero y sin ideas claras ante un potable manso de De Haro. Lo mejor en ese tercero de la tarde fue el quite por gaoneras que hizo Juan Pablo Herrera, aplicándose ungüento de toro.

Rafael Reynoso, un poco digno representante del toreo hidrocálido, naufragó ante el sexto, un espléndido cornúpeta de De Haro; un novillo que humillaba y repetía con alegría, claridad y clase. A base de temor y de echarse al toro encima, salvó la vida y pegó un petardo grande.

Notará usted, querido y paciente lector, que los toros con casta cayeron en las peores manos posibles. Luego vino lo mejor, pero ante unos bichos bastante cuesta arriba por su evidente falta de trapío y casta.

Ángel Lizama, el menudo coleta yucateco, también se fue a porta gayola ante el primero de La Concepción, pero a diferencia del primer espada salió airoso del trance. Luego pegó otra media larga de rodillas, lanceó con gusto y remató con media verónica rodilla en tierra. Llevó al caballo con orticinas y tomó los palos para emocionar al respetable con un primer par de cortas al quiebro en los medios. Ante un manso de libro y lidiando además con el viento, Lizama se gustó en grandes derechazos en tablas. Las trincheras y las trincherillas fueron memorables por el arte. Lástima que no mató pronto, pues la gente quería darle una oreja.

Juan Pablo Herrera, que tan bien quedó en el medio festejo del domingo pasado, no se dejó nada en el esportón, pese a lo poco que le ayudó el segundo rumiante de don Octavio Casillas. No faltaron ni el quite del ¡Ojalá!, creación de Valente Arellano, ni tres grandes pares de banderillas, con recortes, sombrero cordobés para encelar, etc. El bicho se rajó y pese a los revolcones, Herrera templó magistralmente con derechas en tablas. Hubo manoletinas y una joselllina de aúpa. Nuevamente, de matar con eficacia, el cónclave tenía ya preparados los pañuelos, pero todo se difuminó ante su impericia con la toledana.

Humberto Quevedo, de la escuela taurina de Querétaro, fue una gratísima sorpresa: le sacó todo al becerrote de La Concepción. Me quedo con un ramillete de naturales profundos, largos y templados, de esos que arrancan el ¡Olé! de la plaza más grande del mundo; sin olvidarme de las trincherillas y una dosantina fabulosa. La espada no es su fuerte y todo se redujo a una salida al tercio con fuerza.

El aficionado nunca sabrá por qué, en la mayoría de las tardes de toros, los muchachos con hambre se estrellan con morlacos de morondanga, y los medrosos coletudos sin oficio se llevan los lotes de triunfo gordo.

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