VIVENCIAS: UN TRAJE TORERO BORDADO CON CORDONCILLOS NEGROS Y LAS CORNADAS

“Mario, no sea presumio, creo que con el caló que va a hacé en Linare tú debe estrená ya el vestio negro”. Me dijo “Monterito” con su cerrado acento andaluz.

“Monterito” era mi mozo de espadas, amigo y confidente, y tres años atrás había sido el mozo de espadas de mi primo Pepín Martín Vázquez. Me conocía desde que yo era un chiquillo y en privado me tuteaba y bromeaba conmigo. Era para mí más bien un amigo que un empleado. El sabía que a mí no me gustaban los trajes bordados con cordoncillos negros, que son como los que tradicionalmente visten a menudo los banderilleros pero, por razones prácticas, me había hecho uno.

Este tipo de traje de luces— que no reluce—es más liviano que los que están bordados en oro o plata, y también más barato. No son tan lucidos como los bordados con oro o plata, pero sí son más cómodos, permitiéndole a uno moverse con más facilidad. Se agradece el llevarlo en esos meses de verano cuando en algunas plazas, especialmente las andaluzas, la temperatura en el ruedo puede llegar a los cuarenta grados. Así que sin mucho entusiasmo le dije a “Monterito”: “bueno, alguna vez tengo que estrenarlo, ponlo de una vez en el equipaje y me lo pondré el domingo en Linares”.

Pero antes de proseguir con este relato, haré un poco de historia. Esta conversación sucedía unos días antes del domingo 19 de julio del 1953 cuando estábamos preparándonos para viajar a Linares (Jaén), en donde yo iba a torear una novillada ese domingo.

En la temporada del 1953 yo estaba recogiendo el fruto de mi salida por la Puerta Grande el día de mi presentación en Las Ventas en Madrid, el 14 de septiembre del año anterior. Tenía bastantes novilladas contratadas y, por eso por primera vez, me había hecho tres trajes de luces nuevos, entre ellos el de cordoncillos negros al que me he referido.

El cartel anunciaba a Miguel Ortas, Manolo Chacarte y a Mario Carrión ‘el torero sevillano triunfador en Madrid’, lidiando novillos de Amador Santo. En el segundo novillo de la tarde perdí las orejas por pinchar dos veces. Picado por el tremendo éxito que obtuvo Ortas, toreé algo temerariamente al quinto, un novillo que se quedaba corto buscando lo que se escondía detrás de la muleta. Para asegurarme la oreja que ya tenía ganada, entré a matar en corto y por derecho, pero al hacer el cruce, al mismo tiempo que mi espada penetraba en el morrillo, el pitón derecho se hundía en mi ingle. El animal herido de muerte me suspendió y me lanzó al aire Me levanté sintiendo un intenso calor en la ingle, y cuando el animal yacía muerto a mis pies, noté que los cordoncillos negros cerca de la entrepierna se teñían de rojo. Me llevaron a la enfermería y allí me curaron de una herida que el cirujano comunicó en su parte facultativo para la prensa como “una herida en la región inguinal con trayectoria de diez centímetros. Pronóstico menos grave. Fue trasladado a Madrid para ingresar en el Sanatorio de Toreros”.

Este era mi bautizo de sangre, pues aunque había recibido cientos de volteretas, revolcones y porrazos en tentaderos, festivales y novilladas, esta era la primera vez que había sentido el ardor de un asta de toro desgarrando mi carne. Durante mi traslado a Madrid, durante los momentos de lucidez, mi mente no me dejaba sentir el dolor ni tampoco considerar ningunas otras circunstancias, pues ya estaba obsesionado con la idea de que el percance me iba a hacer perder algunas de las novilladas contratadas. En cambio, al día siguiente en el sanatorio mi apoderado y primo Manolo Martín Vázquez me confesó la intensa preocupación que sintió al verme ser corneado al entrar a matar y sangrar por la ingle, pues se acordó de “Manolete”. Hasta entonces con mi obsesión, yo no me había dado cuenta que Linares era el pueblo en el cual en 1947 “El Monstruo” había fallecido a causa de la cornada que recibió en la ingle al entrar a mata a “Islero”. Tampoco se me había ocurrido que el cirujano que a mí me operó eficientemente era el mismo que tan duramente había sido criticado por no haber podido salvar al gran diestro cordobés. Me alegré de no haber considerado esa triste perspectiva histórica al momento de mi percance.

Mis ganas de volver a los ruedos irónicamente me hicieron retrasar mi reaparición. Después de estar un par de días en el sanatorio se me quitaron las molestias de la operación, y a mí no se me ocurrió otra cosa que la tontería de levantarme de la cama antes de que el doctor Jiménez Guinea me lo permitiera, y cuando no tenía visitas en la habitación, a hurtadillas hacía ejercicios y toreaba de salón usando la toalla del cuarto de baño. El loco esfuerzo causó que la herida se abriera, y lo que hubiera sido una semana de recuperación en el sanatorio se convirtió en lo que a mí me que parecieron dieciséis interminables jornadas.

Reaparecí en Caldas de Raihas, Portugal, y tuve un gran éxito, dando vueltas al ruedo en mis dos novillos y saliendo a hombros de la plaza. Estaba contento pues, como es sabido, en el país lusitano los toros no se pican por lo que es más difícil de dominarlos y lo hice a pesar de no estar en plena forma física después del percance de Linares y de las complicaciones de la curación. No recuerdo el color del traje de luces que llevaba ese día, ahora bien, definitivamente sé que no era el de cordoncillos negros, pues ese se encontraba colgado en el armario de mi residencia en Madrid.

Entre “Monterito’ y el sastre habían dejado el susodicho traje como nuevo, y como yo presumía de no ser supersticioso, al regresar de Portugal decidí torear con él en la próxima novillada.

La actuación tuvo lugar en Tarazona de la Mancha (Albacete) el 23 de agosto. Toreaba novillos de Pilar Quintela en un mano a mano con “Chicuelo II”, quien era el novillero más espectacular y taquillero del momento, y ahora considero que ha sido el torero de más valor que yo he conocido en mi vida. En mi primer novillo, un animal ilidiable estuve valiente y fui aplaudido. “Chicuelo II” estuvo temerario siendo volteado varias veces y al matar de un estoconazo le concedieron los máximos trofeos.

Salió el tercero, un novillo facilón, y me dije que este era mi momento. Toreé muy bien con el capote, tanto por verónicas como en un apretado quite por gaoneras, e incluso banderilleé lucidamente. Con la muleta, cuando ya estaba culminando una sentida faena, el novillo me enganchó por la entrepierna y, como en Linares, me metió el pitón por la ingle. Medio mareado del revolcón, conseguí dar unos pases más y al matar de una certera estocada me concedieron las dos orejas del animal, las que no pude pasear triunfalmente por el anillo, pues mis banderilleros a la fuerza me llevaron en brazos a la enfermería.

La escena en la enfermería era caótica. Se llenó de gente, mi apoderado, mi cuadrilla, periodistas y creo que allí estaban hasta los amigos del matasano que me había tocado en suerte. Allí todo el mundo mandaba menos el llamado cirujano, mientras yo sangraba por la herida y sentía un dolor intenso en el abdomen. Entonces, observé que el doctor dejaba cerca de los instrumentos quirúrgicos el baboso puro que fumaba y que, después de apenas lavarse las manos, volvía a darle una chupada al puro. Se dirigió hacia mí y sin ponerse un guante metió el dedo en mi herida para examinarla y después de unos minutos exclamó “esto no es nada, es un puntacillo superficial de unos tres o cuatro centímetros, te daré unos puntos y estarás como nuevo”. Ni el pronóstico ni su habilidad médica me tranquilizaron, así que no le manifesté el intenso dolor que sentía en el vientre, y en un momento en que él me volvió la espalda, le susurré a mí apoderado “primo, sácame de aquí como puedas que este tío me mata”.

Aparentemente Manolo, con su experiencia, pues en sus tiempos de matador lo habían castigado fuertemente los toros, adivinó que yo padecía algo más que un puntazo, pues inmediatamente llamó a Madrid para dejar saber en el Sanatorio de Toreros que yo llegaría en unas cuatro horas.

El viaje fue un calvario pues el dolor era insoportable y estaba a punto de perder el conocimiento. En el sanatorio me aguardaba el doctor Luis Jiménez Guinea, ‘el Angel de la Guarda’ de los toreros. Nada más verlo, de repente, se me quitó el dolor. Me tendió en la mesa de operaciones al mismo tiempo que me hundía con fuerza el dedo en el vientre, como si me fuera a dar otra cornada, me preguntó “¿te duele aquí”. Mi contestación fue un “ayyyy….” que se oiría en todo el sanatorio. Autoritariamente le dijo a sus ayudantes “vamos a operar”.

Al despertarme de la anestesia por la mañana me explicaron que el puntazo había resultado ser una seria cornada pues el pitón, aunque había entrado por la ingle sin hacer grandes daños, en la trayectoria ascendente, que el médico de Tarazona no percibió, había penetrado y rasgado unos treinta y cinco centímetros del saco que contiene los intestinos haciendo grandes destrozos musculares. También, me informaron que había estado a punto de padecer una peritonitis si la intervención se hubiera demorado más. En esta ocasión seguí al pié de la letra las instrucciones de Don Luis, no entrenando de nuevo hasta que él me dio el alta.

El 8 de septiembre, dieciocho días después de entrar en el sanatorio y cinco días después de abandonarlo, me encontraba, junto a Carlos Corpas y Victoriano Valencia, en la puerta de caballos dispuesto a hacer el paseíllo por el ruedo de la Plaza de Toros de Villanueva del Arzobispo, un pueblo de la provincia de Jaén. Me pasó por la cabeza que el oro de los trajes de luces de mis compañeros relucía con el reflejo del sol mientras que los cordoncillos negros de mi vestimenta permanecían opacos. Sí, por una cabezonada vestía de nuevo el fastidioso traje negro después de haber razonado con mi mozo de espadas que quería llevar el traje porque yo no era supersticioso, y quería convencerme a mí mismo que el color y el material del traje no tenían nada que ver con mis percances.

Tal vez yo llevaba razón pero la casualidad hizo que al completar una lucida faena al primer novillo de la tarde que, como sus hermanos, llevaba el hierro de Flores Tassara, al entrar lentamente a matar, la res me empitonó por el pecho con el asta derecha para lanzarme al aire y recogerme con el otro pitón por la entrepierna. El novillo fue certero, como yo con la espada, y no falló con ninguno de los dos pitones. Esta vez, pensé que el asunto era feo, pues sangraba profusamente y notaba el aire salir por la herida del pecho. De lo que pasó después poco me acuerdo. Supe que tuve la suerte de caer en buenas manos y que después del cirujano operarme eficientemente me llevaron en una ambulancia a Madrid, a donde también me dijeron luego que, avisado de la gravedad del percance, mi padre acababa de llegar de Sevilla para acompañarme en la desgracia.

El diario “Marca” de Madrid del 9 de septiembre reportaba así el suceso:
Villanueva del Arzobispo. Novillos de Antonio Flores Tassara. Mario Carrión, gran faena. Es cogido y se lo llevaron a la enfermería en medio de una clamorosa ovación. Luego le llevaron las dos orejas a la enfermería. De la herida se facilitó el siguiente parte facultativo: ‘Durante la lidia del primer novillo ingresó en la enfermería el novillero Mario Carrión que presenta una herida por asta de toros en la región pectoral por fuera de la línea mamilar y al nivel del cuarto espacio intercostal, penetrante en la cavidad pleural; otra herida en sedal en la cara interna del tercio superior del muslo izquierdo que interesa piel y tejido celular. Pronóstico grave.

Unos días después el semanario taurino TORERIAS comentaba lo siguiente:
Con el grave percance sufrido en Villanueva del Arzobispo por el novillero Mario Carrión se bate, desgraciadamente un récord de fatalidad torera. En cuarenta días son tres cornadas graves que le llevaron al Sanatorio de Toreros a un excelente artista de la escuela sevillana: esta última cornada fue por partida doble: una en el pecho y otra en el muslo.

Volvamos al asunto del traje de cordoncillos. Ya pasado el peligro, un día en mi habitación del sanatorio privadamente le dije a mi mozo de espadas, casi con vergüenza y usando un vocabulario que no era normal en mi, “mira, ‘Monterito’, quema ese hijo de puta de vestio negro, o regálalo o haz le que coño quieras con él, pues no quiero verlo ni en pintura cuando vuelva a la casa”, y ,como para justificar mis palabras, añadí “además, tú sabes que esa negrura nunca me gustó”.

Me sentía mal al tomar esa decisión pues la inteligencia me decía que el color y el material de una vestimenta no podían ser la causa de mis inoportunos percances pero, por otro lado, pensaba que era mucha casualidad que en las tres ocasiones que toreé con ese traje puesto otras tantas veces había terminado tumbado en una habitación del Sanatorio de Toreros mientras mis compañeros me quitaban los puestos que yo tenía ganado. Por consiguiente y por si las moscas, opté por la sinrazón y me despojé de la prenda.

Estuve hospitalizado por más de dos semanas en el sanatorio y después de unos días allí cada vez que Don Luis aparecía en mi habitación para curarme, le preguntaba que cuando podría reaparecer. Creo que hacía está pregunta como por obligación, pues en realidad yo respiraba con dificultades, y me encontraba desanimado, dolorido y debilitado. El médico, con mucho sentido común, me dijo que los pacientes con una herida afectando al pulmón, generalmente, tardaban en recuperarse, por lo cual me recomendaba que tuviera paciencia y que me olvidara de volver a torear esa temporada.

No tuve en cuenta el juicioso consejo del doctor Jiménez Guinea pues, influenciado por otras circunstancias, determiné actuar en las novilladas contratadas que tenía una vez que él me diera el alta médica. Principalmente, fue el dinero lo que determinó que no cortara la temporada como debiera haber hecho, debido al mal estado físico en que me encontraba después de tantos percances consecutivos, y sin haber tenido el tiempo necesario para fortalecerme. Mi apoderado, como esperaba que yo hubiera toreado al menos unos cuarenta festejos, me había hecho incurrir en grandes gastos en publicidad y en la contratación de una buena cuadrilla, por lo tanto yo tenía que afrontar esas obligaciones, aunque actuara en apenas la mitad de esos festejos. Mi primo no me aconsejó como el médico que no continuara toreando, tal vez porque él también estaba interesado en sus comisiones. Por lo tanto, le dije que le comunicara al empresario de Cáceres que no necesitaba un substituto, pues el día 30 de septiembre, fuera como fuera, estaría allí presente para actuar en la novillada de feria. Promesa que cumplí tres días después de salir casi a rastras del sanatorio, y sin ni siquiera poder entrenar de salón.

A esa novillada les siguieron dos en la Feria de Algemensí (Valencia) los días 1 y 2 de octubre, otras dos más los días 3 y 4 en la Feria de Villafranca de Xira. Portugal, y cerré la campaña del 1953 en Jaén el día 20. No sé como me libré de otra cogida —tal vez por no llevar el desaparecido traje de cordoncillos negros— porque los novillos me dieron varias volteretas, no por torpeza o por arrimarme a lo loco, sino sencillamente porque me faltaban facultades para reaccionar oportunamente. La verdad es que yo me notaba en el ruedo como vacío y sin inspiración, no como el Mario de antes del 8 de septiembre. Aún así corté orejas y salí a hombros en Algemensí y en Jaén obtuve un trofeo, mientras que por Portugal y por Cáceres pasé sin pena ni gloria.

Lo que todavía retenía era la determinación, y algo de valor, pero para un torero que se consideraba artista no era suficiente estar satisfecho con torear como un autómata. Pensé que para seguir adelante de alguna manera tendría que recobrar la alegría que antes tenía en el ruedo. De esa manera volví a Sevilla dispuesto a remediar la situación, pero iba con menos ilusión que el año anterior cuando soñaba que la temporada del 1953 iba a ser el año de mi consagración como figura de los novilleros. Ahora sabía que me quedaba por delante una fuerte lucha para recuperar la posición que los imponderables me habían hecho perder.

Lo primero era recuperar la moral y luego fortalecerme. En Sevilla tome la decisión de olvidar momentáneamente el toreo y el entrenamiento. A mejorar mi estado síquico me ayudó el cariño de mi familia y el disfrutar con la compañía de los amigos del Mario regular, no los del torero. Por un par de meses llevé la vida de un chico normal, conscientemente poniendo a un lado mis ambiciones profesionales. Más o menos viví con la típica despreocupación que un estudiante vive en sus meses de vacaciones. Un siquiatra no podría haberme dado mejor consejo, pues al comenzar el nuevo año empecé a sentirme más torero que nunca y empecé a soñar con volver y triunfar en los ruedos, teniendo la confianza que eso iba a suceder.

Ese invierno aprendí una lección, pues pude comprobar que ‘los amigos del torero’ cambian en su trato dependiendo en el éxito de ‘su torero’. Noté que algunas personas que unos meses antes me mimaban ahora me ignoraban, incluso mi propio apoderado se desentendió de mis asuntos quedándose en su hacienda hasta ya bien entrada la temporada del 1954 y no hacía mayores esfuerzos para buscarme contratos. No me puso en una novillada hasta el 17 de junio. Al mismo tiempo, en esos momentos bajos, descubrí también quienes eran los amigos y partidarios reales, como lo fue para mí el ganadero madrileño Emilio Arroyo quien, desde que yo era un simple aspirante a torero, me había ayudado, y entonces desinteresadamente continuó brindándome su apoyo.

Emilio Arroyó me tuvo como invitado en su finca de Moraleja (Cáceres) todo el invierno dándome oportunidades para tentar docenas de sus vacas y otras de sus amigos ganaderos. Incluso toreé unos toros a puerta cerrada y un par de festivales en Coria y Moralejas, dos pueblos cercanos a la finca. Llevé una vida espartana en el campo y en un par de meses me puse fuerte como un toro y me encontré de nuevo a mí mismo como torero. Ni siquiera me acordaba del dichoso traje de cordoncillos, ni de que, según TORERIAS, yo había batido ‘el récord de la fatalidad torera’.

A pesar de haber comenzado tarde la temporada del 1954, en esa campaña logré todo lo que no pude hacer en la temporada anterior. Comencé en Daimiel (Ciudad Real) cortando tres orejas y rabo. Luego, toreé veintidós novilladas más, obteniendo apéndices en dieciocho de esas actuaciones, incluyendo tres orejas en dos novilladas en Madrid. Además, abrí la Puerta Grande de Las Ventas una vez más y salí a hombros de la mitad de las plazas en las que actúe, incluyendo las de Sevilla, Zaragoza, Huelva, Murcia y Jaén. Solamente fue herido una vez y sin gran importancia.

Los percances que sufrí en la temporada del 1953 no serían los únicos, pues en cinco ocasiones durante los seis años más que permanecí en activo sentí de nuevo el hiriente punzar de un pitón horadando diferentes partes de mi anatomía. Ahora bien, esos percances estuvieron escalonados y los acepté sin trauma. Deducía que eran las lógicas consecuencias de un profesional que conscientemente expone su físico en busca del triunfo. A continuación dejo constancia de donde, cuando y como esos gajes del oficio me sucedieron:

Madrid. 22 de agosto, 1954. Fui cogido por mi primer novillo al dar un pase de pecho. Me mantuve en ruedo hasta matar de una estocada, no pasando a la enfermería hasta después de dar la vuelta al ruedo con la oreja que me habían concedido. Así describía la herida el doctor. Jiménez Guinea: “herida de diez centímetros en el tercio interior del muslo derecho, que en trayectoria vertical produce desgarros musculares…pronóstico menos grave. Pasó al Sanatorio de Toreros sin poder continuar la lidia”. Este fue mi último percance como novillero y la única vez que fui herido en una plaza de primera.

Teruel. 4 de septiembre, 1955. En la reseña del YA de Madrid se informaba lo siguiente sobre mi actuación y percance: “Mario Carrión, muy valiente y artista; gran estocada en la que resultó cogido. Pasó a la enfermería, donde le llevaron la oreja. Sufre una herida en la región axilar derecha de pronóstico reservado. Fue trasladado al Sanatorio de Toreros de Madrid después de ser curado”. Este fue mi primer percance como matador de toros. Actuaba con “Joselillo de Colombia” y Carlos Corpas lidiando toros de Antonio de la Coba. Reaparecí cuatro días después en Calatayud, aun con los puntos y sin la alta médica. Compartía el cartel con Rafael Ortega y Julio Aparicio. Obtuve tres orejas y salí a hombros con Aparicio, quien también había tenido una actuación triunfal.

Inca (Mallorca). 29 de julio, 1956. Esa tarde toreaba astados de Ramos Matías, acompañado por José María Martorell y el mexicano Joselito Huertas. Nada más salir mi primer toro fui cogido espectacularmente al lancearlo. Fui llevado a la enfermería por mis banderilleros y allí fui operado de una herida, que el médico en su parte facultativo catalogó como grave: “herida por asta de toro en la rodilla izquierda que comienza en la región tibial anterior y sigue en al cara interna para terminar en el tercio inferior del muslo de unos veinte centímetros”. Como era la norma en esos días me trasladaron por avión a Madrid, en donde en el Sanatorio de Toreros tuve una recuperación lenta, pues tuve que recibir terapia para recuperar el pleno movimiento de la articulación, ya que los ligamentos de la rodilla habían sido lesionados. Volví a los ruedos el 25 del mes siguiente en Almagro (Ciudad Real). Esto me hizo perder varias corridas en agosto, el mes cuando los toreros están más activos.

Osuna (Sevilla). 24 de junio, 1957. Por segunda vez en mi carrera un médico, de cuyo nombre no quiero acordarme, diagnosticó erróneamente el daño que me ocasionó un pitón de un animal bravo. Era mi primera corrida en la que actuaba en España esa temporada, pues había extendido mi estancia en América para cumplir unos contratos. Alternaba con Bartolomé Jiménez Torres y Mariano Martín “Carriles”, a quien en septiembre le confirmaría la alternativa en Madrid. Había perdido un trofeo al fallar con la espada en el primer toro. No obstante, di una vuelta al ruedo. Cuando toreaba por naturales al segundo toro este se me revolvió hiriéndome. En la enfermería el médico me operó de lo que él creía era un puntazo de cinco centímetros y se deshizo de mí enviándome a la Clínica de la Señora de los Reyes en Sevilla. Allí uno de los más famosos cirujanos taurinos, Ramón Vila, cuyo hijo es ahora el cirujano oficial de la Maestranza, me operó y dio esta descripción de mi lesión a la prensa para contrarrestar la infamación dada por el médico de Osuna: “herida en la cara interna del tercio medio del muslo derecho de unos doce centímetros que interesa piel y tejidos; otra más en la cara anterior interna de la pierna derecha que atraviesa la aponeurosis y penetra en la masa muscular, produciendo destrozos y llegando al ligamento interóseo y hemorragia muscular. Pronóstico grave”. Esta fue la última cornada que sufrí en España y la penúltima de mi vida profesional.

El último percance tuvo lugar a unos miles de kilómetros de distancia de Osuna, en el centro del mundo. Sucedió en la Plaza de Toros de la Macarena de Guayaquil, Ecuador, el 29 de diciembre del 1957. Fui cogido cuando toreaba de muleta al segundo toro, un marrajo de “Antisana” que había salido manso y bronco. La cogida asustó al público pues sangraba por el costado y yo pensé en el grave percance que sufrí unos años antes en Villanueva del Arzobispo. Pero mis temores no se realizaron, pues llevaba una herida limpia de diez centímetros que no había comprometido a ningún órgano importante. Entonces pensé que en una quincena estaría listo para continuar mi campaña americana. Así fue. Alternaba esa tarde con Cayetano Ordóñez y Enrique Vera. Este fue el único susto que recibí en mis cuatro campañas americanas y la última vez que visité un quirófano de la enfermería de una plaza de toros.

A veces he oído decir algunas personas refiriéndose al pasado algo así como ‘si volviera a nacer no cambiaría nada de lo que hice en mi vida’. Esa conclusión, por muy buena que sea la vida de un individuo, siempre me pareció insensata, ya que los humanos debemos de aprender de nuestros errores pasados. Yo creo que si volviera a revivir mi vida como torero cambiaría algunos hechos. En este momento no dudo en categóricamente afirmar que, a pesar de alardear de no ser supersticioso, lo que no repetiría sería ponerme delante de un toro bravo luciendo un traje de luces bordado con cordoncillos negros…. por sí acaso.

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