NICOLÁS GUTIÉRREZ CORTA DOS MERECIDAS OREJAS

Domingo 2 de agosto del 2015
Quinta novillada de la temporada de la Plaza de toros México
Novillos: Seis de Marco Garfias, desiguales en presentación y juego. El primero era un becerro. Al tercero le dieron arrastre lento. El quinto fue casi de bandera.

Novilleros: Rodrigo Ochoa, al que abrió plaza lo mató de dos pinchazos y un bajonazo artero: inexplicablemente lo sacaron al tercio. El remedo de novillo fue aplaudido en el arrastre. Al cuarto le despachó de casi entera desprendida a la trágala: palmas al toro y silencio para el espada.

Luis Miguel Cuéllar, al segundo de la tarde le atizó un bajonazo que asomó: palmas por el puntazo recibido. Al quinto, que fue extraordinario, le pasaportó de entera baja: palmas al toro y silencio para él.

Nicolás Gutiérrez, al tercero le pegó un pinchazo y luego una entera traserillla. La gente pidió la oreja con fuerza y ésta fue concedida. Al que cerró plaza le fulminó con una media lagartijera de libro: oreja y ovación al de Garfias.

Hay tardes en que resulta muy evidente quién tiene hambre y argumentos taurinos, y quien no. De tal modo, Ochoa desperdició a su primer “enemigo”, un becerro colaborador al que toreó con demasiadas precauciones.

En su segundo anduvo mal con un ñú muy feo (si se me permite la redundancia) que se dejó torear hasta la saciedad. Ya lo decía Rafael “El Guerra”: ‘Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.’

Luis Miguel Cuéllar no estuvo, y cuando estuvo en su primero, adelantó la suerte, dejó una barbaridad de luz y se llevó un puntazo. En ese segundo de la tarde le vimos esforzado pero sin ideas claras. El de Garfias merecía más aguante y temple, pero tantas dudas y medios muletazos acabaron aburriendo al cornúpeto y a los buenos aficionados. Se le aplaudió por el pundonor de quedarse a torear estando casi baldado; o por lo menos eso nos dio a entender el torero avecindado en Aguascalientes.

Peor fue la cosa con el quinto, un novillo de excelentes hechuras y gran alegría, al que Cuéllar desperdició lamentablemente. El morito embestía y humillaba, pasando largo; pero Luis Miguel ya no podía quedarse quieto ni completar un pase. La faena se desdibujó entre trapazos e impotencia lidiadora. Nuevamente, el escaso cónclave (unos tres mil adictos a la Fiesta) tomó partido por el astado.

Afortunadamente el tercer espada era Nicolás Gutiérrez, un muchacho hidrocálido que sí sabe torear, posee temple y tiene valor. Al tercero de Marco Garfias le plantó cara en medio de un vendaval. Aguantó horrores, templó y se estiró en enormes naturales, despertando al cotarro. Había que ver la decisión, la hombría y el buen gusto para pegar muletazos de muchos quilates. El pinchazo no obstó para que, después de una entera habilidosa, la gente pidiera un apéndice, mismo que nadie protestó.

Mejor le iría en el sexto, un novillo bonito que tenía mucho que torearle. Nicolás volvió a dejar bien claro que es torero. Me quedo con unos derechazos de trazo largo, gustándose y acompañando con todo. Hubo por ahí un desdén que hubiera hecho ruborizarse al mismo Manolo Martínez. La estocada fue una media que hubiese firmado el viejo Rafael Molina “Lagartijo”. Cuando el toro dobló y se acercaba le cachetero, el morlaco exhaló su último suspiro y echó las cuatro patas al cielo. El juez de plaza no dudó en conceder la oreja, y así Nicolás Gutiérrez salió a hombros en su presentación en la plaza más grande del mundo.

Parece un tópico, pero en los toros funciona el que tiene la onza de oro, el que se juega la vida con quietud, arte y solvencia. Los otros deben considerar entrarle duro a la profesión del dentista, el maestro de idiomas o el contador.

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