TODA VIDA ES UN MISTERIO… VERA USTED PORQUE

El calor era casi insoportable, era el mes de septiembre, se había corrido la legua durante varios “novenarios”, el torero clave era Roberto Grana “El Pirata”, el autentico de Cuautla, Morelos. La guerra estuvo muy pesada, el Ojos Negros, cebú de casi quinientos y un poco más de kilos, como solía suceder era la máxima atracción, y aquel que cavilaba en ser torero al ver a este animal, mejor pensaba en otra cosa. ¡Vaya animal!

“El Leoncito”, Antonio Morales, me había invitado a echar la capa pero jamás me había imaginado que se podría torear uno de esos bichos que eran característicos en aquellos lugares. Solamente “El Pirata”, hasta le hacia escalofriantes desplantes.

La gira nos llevó al bello puerto de Acapulco, cabe señalar que éramos colados prácticamente sin chance de calmar nuestras ansias de maletillas.

Cada quien tomaron diferentes rumbos, únicamente nos quedamos El León, uno más de Guadalajara llamado “El Pinto”, todas las mañanas corríamos por la playa y después a la plaza a entrenar y solicitar, si algún extranjero de los muchos que ahí se encontraban, se les enseñaba el arte de Cuchares, por una módica cooperación si eran en dólares mucho mejor.

Cuando las cosas no se dan como uno quiere es cuando llegas a reflexionar pero nunca a claudicar. “El Leoncito”, la hacia de gambusino, recorría todas las playas en busca de cualquier objeto doradito, (oro), se encontraba medallas, pulseras, cadenas.

Y si en algo tenía fortuna era en eso, siempre encontraba toda clase de colguijes y en seguida había dinero en caja, parné decía Leoncito.

Bien. Antonio Morales, como se anunciaba, cabe señalar que toreó aquí en la San Marcos, y quien hacia empresa le participó que repetía al siguiente domingo: Si en la primera tuvo resonante triunfo aunque pinchó, la segunda opacó todo lo anterior, el fracaso fué de polendas, no quería ni verle la cara al novillo.

Estando por lo que llaman en Acapulco La Quebrada, en esta ocasión solo pescando, a El León le gustaba hacerlo seguidamente, además era excelente cocinero y nos comentaba que su señora madre era la ecónoma en un hospital en la Ciudad de Los Palacios, ahora solo Distrito Federal.

Buscando, como siempre, a alguien para que hiciera empresa y satisfacer la vacía panza, de pronto me dice… -“Mira, ahí anda Rubén Salazar “El Chapuzas”, el novillero de moda por aquellos años, vamos a saludarlo, quizás nos haga el avío y palmé la jama”.-

El querido Rubén efectivamente invitó el almuerzo. Almorzamos como si fuéramos potentados, las manecillas del reloj caminaron de prisa, después de la amena platica, un de repente dijo “El Chapuzas”, dirigiéndose a la dueña del restaurante, -“Ahora regreso, jefa”.- Cansados de esperar a nuestro amigo, pedimos a la señora nos permitiera salir a buscar a su cliente, cosa que no nos permitió, y exclamó… ¡No es la primera, es la ultima que me hace! –”Mejor pasen a la cocina y ayuden en algo, hay mucha vajilla que lavar, y si se quedan les daré de jamar, como dicen ustedes”.-

Como vimos que teníamos comida, ya habíamos cenado, y los platos iban en aumento; llegamos a un acuerdo, la administradora del negocio, que indudablemente era gente flamenca, nos permitió dormir en un pasillo, bajo la condición que si encontrábamos al buen samaritano, le dijéramos se pusiera a mano.

Cuando después de muchos años saludé a Rubén, aquí en Aguascalientes sonrío y exclamó: ¡Que días aquellos! Recuerdo a Leoncito, vaya tipo, fíjate que en ocasiones los acompañe a las playas y si encontraba cadenas, crucifijos y hasta relojes, ya te imaginas.

Ni modo, cada vida es un misterio ¿Verdad? Saludos a “El Gama” ¡Olé los buenos toreros!

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