MANUEL DEL ARCO ENTREVISTA A RAFAEL “EL GALLO”.

El viernes 14 de noviembre de 1958 se publicó en la prensa barcelonesa una entrevista a Rafael “El Gallo” que le hizo Manuel del Arco (Zaragoza, 1909 – Barcelona, 1971), caricaturista y periodista. Rafael acudió a la Ciudad Condal para participar en el homenaje a don Pedro Balañá y esto es lo que dijo:

De Sevilla ha llegado Rafael Gómez Ortega “El Gallo”, para asistir al festival del domingo en homenaje a Balañá. Hará el paseíllo y estrenará un precioso capote de paseo. Sus setenta y seis años no le permiten otros riesgos mayores en el ruedo.

Pero él no ha dicho todavía adiós a la fiesta. Y todo él está en los toros. Así, cuando lo veo, charla por los codos de su vida taurina; está contando una de las suyas.

-Al volver de uno de mis viajes a América –refiere- volví hecho polvo y tenía que torear en Sevilla; la gente ya había dicho que no llegaba en condiciones y en una tertulia en la que estaba “El Guerra” se comentaba mi estado físico y “El Guerra”, no haciéndose eco de lo que se murmuraba, preguntó: “¿Puede correr?” “Sí”, le contestaron. “Pues iré a verlo”.

Con sólo ver correr al “Gallo” merecía la pena ir a la plaza. Este fue “El Gallo” y ésta fue su enorme personalidad en su época de torero.

Al llegar al hotel, aquí en Barcelona, Rafael daba muestras de cansancio y pidió en su habitación: “A ver si podéis traerme un caldo de gallina”. A los pocos minutos era servido consomé: “¡Hijo! – protestó-. Yo quiero tabaco de ese, no este potingue”.

Y, fumador empedernido, alterna el cigarrillo, que lía con el puro.

Pero todo esto es la anécdota; detrás de ella hay un tipo estupendo, que se esconde. Pido permiso a los que le rodean; siempre hay admiradores y chistosos alrededor del “Gallo” y le digo:

– ¿Quiere ser mío un ratito?

– -Vamos allá –acepta, prestándome atención.

– ¿Descansó bien?

– He dormido una cantidad muy grande.

– ¿No hay nada que le quite el sueño?

– Nada ni nadie. ¿Ya, para qué?

– ¿Cuál es el pensamiento que tiene más presente?

– Los toros; el haber estado en ellos y pasar miedo con ellos.

– ¿Cuál fué su época de más valor?

– Napoleón dijo que lo más difícil era saber dominar el miedo; ninguno de nosotros ha dejado de tenerlo.

– ¿Y tuvo miedo fuera de los toros?

– Más, y mire usted que con los toros he tenido.

– ¿Miedo a los hombres o a las mujeres?

– Según cómo han venido, como los toros. Si te viene un toro franco, no hay que temer.

– ¿Miedo al futuro?

– Eso no lo he visto todavía; no sé cómo es.

– ¿No le asustó nunca el día de mañana?

– No se puede contar lo que no se ve; está obscuro.

– Don Rafael: ¿no tiene la impresión de que a usted lo han visto sólo por fuera?

– La leyenda de uno no es la personalidad de uno, pero nace uno para lo que es.

– ¿Ha vivido todo cuanto ha querido?

– Sólo cuanto he podido.

– ¿Hubiera querido más todavía?

– Lo bueno siempre se quiere.

– Y lo malo ¿fue por su culpa?

– Por equivocación, nadie es profeta en esta vida.

– ¿Vive ahora más en su recuerdo?

– Recordar el recuerdo es sufrir, quisiera ser joven, torero y todo lo que ya no puede ser.

– ¿Qué preocupaciones tiene hoy?

– Salud y fuerza para los días que me quedan.

– ¿En qué momento de su vida tuvo plena felicidad?

– Desde 1902 a 1912, pero sembré antes.

– ¿Por qué no ha sido hormiga?

– Porque la leyenda mía ha sido así.

– ¿Víctima de su leyenda?

– No he tenido más remedio que vivir con ella; no hubiera sido “El Gallo”.

– ¿Rafael Gómez Ortega víctima de “El Gallo”?

– Sí, pero soy “El Gallo”; si no, usted mismo no estaría aquí hablando conmigo para un periódico.

– ¿Habría sido un desgraciado siendo Rafael Gómez Ortega, ciudadano desconocido?

– No lo sé, pero no lo he sido.

– ¿Es usted capaz de juzgar su papel en la historia del toreo?

– No me veo; me imagino que quedaré en la historia.

– ¿En qué lugar?

– En el que me pongan.

– ¿Se ha encontrado alguna vez solo?

– Muchas veces, y rodeado de mucha gente?

Termino el diálogo y sigue la tertulia. Uno le dice: “¿Te acuerdas, Rafael, de aquel toro cárdeno que te cambió José?”

– Como si lo estuviera viendo –explica-: era un toro bonito, que, según José, sólo tenía tres muletazos…

– Y hablando, hablando de toros, se queda solo…

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