LAS COMPETENCIAS EN EL TOREO EN CINCO EJEMPLOS.

Antonio Díaz-Cañabate lo escribió en 1944 en “El Ruedo”, el crítico detalla en este artículo las cinco parejas de toreros que más pasiones levantaron: Pedro Romero y Pepe Hillo; El Chiclanero y Curro Cúchares; El Tato y El Gordito; Lagartijo y Frascuelo; y, Joselito y Belmonte.

Las competencias en el toreo en cinco ejemplos
Los que tenemos más de cuarenta años presenciamos la última gran competencia habida en el toreo: la de Joselito y Belmonte. Después hemos asistido a diversos forcejeos para inventar una competencia. Fracasaron, como era natural. Las competencias no se pueden urdir por los apoderados en combinación con las Empresas. Las competencias las decide el público con su pasión encontrada. Los toreros competidores se encuentran un buen día con la competencia hecha, y si tienen valor para ello, la afrontan y luchan, y unas tardes vencen y en otras son derrotados. Aquí precisamente está el quid de la competencia. Los toreros que la sostienen deberán tener méritos parejos, ya que no en el estilo y el modo, en la calidad. Cuando surge un gran torero y entre los que alternan con él no hay ninguno que pueda igualarle en méritos artísticos o de sabiduría, el gran torero permanecerá solitario en su altura, sin que a ella puedan llegar los que trepan con tal objeto, valiéndose o apoyándose en artimañas y habilidades.

De las muchas competencias, más o memos auténticas y formales, que registran los anales del toreo, voy a elegir cinco que me parecen las fundamentales. Hablaremos de ellas por orden cronológico.

Es la primera la de Pedro Romero y Pepe Hillo. Estamos en los albores del toreo. Albores encendidos por la luz de dos astros que nacen el mismo año. Pedro Romero y Pepe Hillo vienen al mundo el 1754. Dos hombres de temperamentos dispares, pero dos grandes toreros que honran, su arte, rudimentario si queréis, más ya magnífico: el uno, Romero, con su destreza; el otro, Hillo, con su valor. Y luchan juntos con los toros y lucha el público por ellos. Sin embargo, y por excepción, esta competencia la inicia uno de los contendientes. Tenemos, para afirmar esto, un dato indudable. Una carta de Pedro Romero a don Antonio Moreno Bote, prestigioso aficionado de principios del XIX. En ella dice el diestro que encontrándose en Cádiz, por el año 1778, llamó al barbero para que le afeitara, y éste le preguntó si era el mozo que iba a matar toros en Cádiz; le contestó que sí, y entonces el barbero le informó que Pepe Hillo, en su barbería dijo que había mandado decir misas a las Animas Benditas para que dejara de llover, pues estaba deseando torear con la gente guapa. Pedro Romero respondió que, llegada la hora, cada uno haría lo que pudiese, Y llegó la hora y salió el primer toro, y Pepe Hillo, al entrarlo a matar, tiró la muleta y se sirvió del castoreño como engaño. Y Romero, en él suyo, no sólo prescindió de la muleta, sino que le entró a malar llevando en la mano izquierda la peinetilla que se estilaba para sujetar la cofia. Los dos toros murieron de dos estocadas. En Cádiz se inicia así la competencia, que continúa ese mismo año en Sevilla, de donde era natural Pepe Hillo, y en la plaza de la Maestranza rivalizan esa cosa que se ha dado en llamar escuelas: la sevillana y la rondeña. Hasta el 1789 no se vuelven a encontrar los competidores. Ese año torean juntos en Madrid las fiestas organizadas por la jura de Carlos IV. Pepe Hillo muere el 11 de mayo de 1801 en la plaza de Madrid, herido por “Barbudo”, negro zaino. Pedro Romero muere en Ronda, su dudad natal, el 10 de febrero de 1839, a los ochenta y cuatro años de edad, después de matar en tan larga vida torera cerca de 6.000 toros, sin apenas percance de gravedad. A mí esta competencia de Romero y Pepe Hillo me apasiona como si hubiera sido espectador de ella, y me declaro romerista acérrimo. ¿Por razones de preferencia artística? ¡Qué sé yo. Quizá no; la simpatía personal entra por mucho en esto de las competencias. A mí Pedro Romero me es más simpático que Pepe Hillo. Esté era fachendoso, vanidoso e ignorante. Romero es un hombre serio, equilibrado y conocía todo lo que en su tiempo se sabía de toros.

Chiclanero y Curro Cúchares vienen después. Ya el toreo ha dado un paso tal vez definitivo en su evolución. Ha nacido la gracia y la elegancia como elementos adjetivos al arte de torear. ¡Qué dos figuras tan atractivas éstas del Chiclanero y de Cuchares! Toreros de rumbo, de tronío; toreros en la plaza y fuera de la plaza, alegres, decidores, rumbosos, juerguistas. Ese pobre Chiclanero ¡muerto tuberculoso a los treinta y tres años, la tarde de la inauguración de la temporada en la plaza madriieña, a la hora misma en la que el Chiclanero debía matar su primer toro. Estaba en la cama, y se levanta y se asoma a un balcón para ver la gente que va a los toros. Y allí, en el balcón, consume su último aliento de vida; llora de ansia de torear; su pecho está roto y su corazón entero, y vuelve a la cama y se echa en ella de bruces, llorando, llorando, y al poco su sangre se le agolpa en la boca y muere de una cornada en el corazón entero inferida por el ansia de torear “¡Yo soy en el torero “reondo”, como mi apellido!”, solía decir las tardes de triunfo, al ver morir al toro de una Estocada, en las péndolas. Y ese Cúchares tan seguro de sí que advertía a su mujer al despedirse de ella para ir a la plaza: “Señá María, que esté lista la puchera, que güervo en cuanto acabe la corria”. 0 a su hija, cuando se puso en relaciones con el Tato: “No creas que todos los toreros son como tu padre, que os dice vuelvo y vuelve; porque la mayor parte de ellos suelen volver en carta o por el alambre”. ¡Tiempos del Chiclanero y de Curro Cúchares, tardes de su competencia, encendida y frenética; rivales que no cedían un paso, toreros completos, toreros y rivales en la plaza y fuera de la plaza; en la plaza, con el capole y la muleta, y el estoque; fuera de la plaza, con la zumba, con el rumbo, con la majeza! Mediado el siglo XIX, triunfa en los ruedos El Tato. El Tato ha sido un gran matador de toros; pero la enorme popularidad que disfrutó era más bien debida a su extraordinaria simpatía personal. El Tato no fue un hombre guapo; pero su cara, su figura, su elegancia, arrebataban a los públicos tanto o más que sus estocadas. El Tato, en la calle, fue uno de los elegantes de la época. Los retratos que de él nos han llegado confirman este aserto. A El Tato le enfrentaron en Madrid con El Gordito. El Gordito era un hombre irascible y malhumorado, gran torero, inventor del quiebro, una de las revoluciones del toreo. Seguramente esta competencia la provocarían esos envidiosos de los tendidos que no pueden sufrir los triunfos de un hombre dotado de todas las gracias. La competencia fue desastrosa para El Gordito, quien un año tuvo que, renunciar a su contrato madrileño ante la actitud del público en contra suya. Por el contrario, en las plazas andaluzas, y singularmente en Cádiz, los “morános” eran casi todos partidarios del Gordito. Esta competencia fue corta; apenas duró seis años. La truncó el percance sufrido por El Tato en Madrid: una cornada en la pierna derecha, casi un puntazo, por su poca extensión, pero que, gangrenada la herida, hubo necesidad de amputarle la pierna.

Y llegamos a la competencia más famosa y duradera de cuantas han existido en el toreo: la de Lagartijo y Frascuelo; veinticinco años de pelea; la elegancia y el valor frente a frente. ¡Pero qué elegancia y qué valor! Insuperables quizá. Aún viven gentes que vieron torear a Lagartijo y Frascuelo. Poseemos, pues, datos vivos y fehacientes. No hay duda, después de lo oído y leído, que aquello tuvo que ver. España entera se dividió en dos bandos. Los lagartijistas y los frascuelistas eran irreductibles. Cada uno, según sus preferencias, se adhería a un bando, y en él permanecía hasta morir, sin transigir nunca con el mérito del contrario y exaltando hasta el frenesí las cualidades del ídolo. Aún hoy, cuando entre aficionados se habla de estos dos colosos, las opiniones se dividen y aparecen los frascuelistas y los lagartijistas, tan apasionados y tercos como los de antaño. Lagartijo y Frascuelo son ya dos mitos taurinos. Resulta, por lo tanto, pueril hablar de ellos. Pero uno se declara lagartijsta. Y eso que soy tan entusiasta como el que más de la suerte de matar. Es indudable que Lagartijo fue el que dió sustancia de arte a la lidia, de un toro. Frascuelo tenía que vencer su tosquedad a fuerza de valor. Convertía en tragedia lo que para Lagartijo era un juego. Por esto su competencia fué ruidosa y enconada.

Asisto a las corridas de toros desde que tengo uso de razón. Voy a recordar ahora mi juventud. Mi juventud es Joselito y es Belmonte, pasando antes por Vicente Pastor. Fui pastorista; después, belmontista. Silbé mucho a Joselito. Garrafal estupidez, de la que nunca me arrepiento bastante. Pero tenía que ser así. Joselito era un clásico. Belmonte, un innovador, y cuando se es joven, siempre se va uno detrás de las innovadores. Además, en Joselito era irritante su seguridad. A Belmonte, en cambio, le cogían casi todas las tardes, y los hombres nos parecemos a las mujeres en que sentimos debilidad por los débiles. Estoy satisfechísimo de mi juventud: Joselito y Belmonte bien valen haber nacido en 1898. Al coincidir mi juventud con la época de Joselito y Belmonte, que ahí está para quien quiera algo de ella, pude ver con estos ojos aun recién abiertos, que es como se ven las cosas, el milagro taurino hecho arte. Estallaba en aplausos y silbidos la fuerza de mis veinte años. ¡Qué buenos veinte años contemporáneos de Joselito y Belmonte!

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