CONCHO, EL TORO BRAVUCÓN… (*)

AHÍ, A UN COSTADO DE LA CARRETERA que lleva al corredor industrial, donde antes eran terrenos de ganaderías de toros bravos, pastaba un “manso” que había terminado la jornada, trabajo que le tenía amarrado todas las mañanas a una yunta junto a un compañero de “jalón”. Ya habían sido varios los años de tal labor, pero aún tenía la fuerza necesaria para sostener más de seis horas de caminar y caminar en la tierra, ya mojada, ya seca.

Nada de extraño tendría que un par de bueyes jalaran durante la apertura de la tierra sino es que Concho, como le llamaba el dueño, era rejego y “malhumoroso”, como le decían sus compañeros. “Tú no sirves para el trabajo, tú te pones remolón cuando te ponen la yunta y mira, al fin y al cabo, terminas por jalar parejo y de todas formas te tienes que aguantar, de nada te sirven y jalones y calamocheos antes de que te amarren el testuz, eres igual que todos nosotros”.

Sin embrago, Concho se hacia el remolón por las mañanas, y a los peones les costaba trabajo amarrarlo al yunque y, aunque sabían que era uno de los “trabajadores” más fuertes, les gustaba sus malhumoradas.

Ahora, Concho descansaba rumiando sus pastizales y pensando en el recuerdo que le dejara su madre, aquella vaca mansa pero de bella estampa, “guapa”, como dirían los ganaderos de bravo a sus vacas de crianza y sangre de casta, solo que aquella Conchita no tenía la sangre de bravo.

No obstante, en una ocasión en la que Conchita pastaba, del otro lado del potrero los toros bravos le echaban de piropos, sin faltar aquél que le tiraba los belfos por encima de la reja pensando que algún día se habría de brincar las trancas y llevarse a la Conchita a uno de los mezquites cercanos. Y así fue que el 37 de la “U”, uno de esos bureles apartados para la corrida dominical, se aventuró a cumplir tal deseo.

“Órale pues”, gritaron todos, “a ver quien le brinca primero a esa bella castañita, y ni tardos ni perezosos se dieron un “agarrón” del que salió triunfante el 37 de la “U”, quien saltó las trancas perdiendo algunos pelos cárdenos claros en las púas de alambre, y fue tras aquella bella vaquilla que, en menos que lo pensó, ya estaba en amoríos al pardear la tarde.

“Y cómo iba a despreciar a tan apuesto ejemplar de casta”, le dijo la Conchita al crío que nació de aquella “aventura”. “De ahí tu estampa, hijo”, le platicaba la vaca al entonces becerro Concho. “Así que llevas sangre brava, pero también conservas la mía, la de la nobleza y sumisión que debemos al patrón. De tal manera que cuando veas que te sale la casta es por aquel atrevido que brincó las trancas, por cierto, buen mozo y que dejó en tu sangre aquella bravura que, dice la gente del rancho, tienen esos toros.

Y con dichos antecedentes, el tal Concho vivió buena parte de su vida sabiendo que era parte de aquella “sangre brava”, pero la nobleza que heredó de su madre lo detenía a someterse a trabajos forzados.

Un buen día, empero, en que se escuchaban truenos en el alto del cielo, llegaron unos caporales a observar a ese Concho rejego, para ver si a la hora de la verdad le salía la casta y lo jugaban en las fiestas del pueblo.

-Mírenlo, ahí está, Qué va a ser bravo, pues nomás miren cómo está pastando, ni parece toro, si acaso por los cuernos, pero no tiene ni pizca de bravucón.

-A ver, Pancho, dale unos fuetazos para ver si se despierta y le sale lo malhumorado que dicen es.

Y le dan los fuetazos al Concho, y éste se les va de largo embistiéndoles. -¡Ah, caray! Parece si tiene algo de casta, éste, pos pa´ luego es tarde, amárrenlo y súbanlo al camión –dijo don Federico, organizador de la feria.

No sin muchos trabajos y golpes lograron subir al toro al camión de redilas, donde lo amarraron de los cuernos y de las patas. Ya en el pueblo y en medio del alboroto, Concho se empezó a inquietar y a presentir que lo llevaban al matadero, su olfato le decía que el peligro estaba ahí, y recordando la historia de su madre se propuso defender y no dejarse ganar la batalla frente a esos fiesteros que querían hacer de su existencia un juego.

En cuanto se abrieron las redilas del camión y lo soltaron a un ruedo de vigas, Concho sacó de lo más profundo de su ser aquella parte de la sangre brava que tenía de aquel toro que fuera su padre, y empezó a buscar al más valiente que le saliera al paso.

-¡Ira bonito! –escuchó por ahí un grito, y al volverse vio a un joven que, con una cachuchita y armado de un capote, le azuzaba para que le embistiera. Y Concho ni tardo ni perezoso se le fue encima y una y otra vez buscó el capote hasta quitárselo al torerillo de las mano y hacerlo añicos.

“A ver quién es el macho que me vuelve a salir”, se dijo para sí. Y que le sale otro joven vestido de igual manera, pero con mejor movimiento en las manos al manejar el capote y que se queda muy quieto. Así, durante toda “la pelea”, Concho escuchó unos gritos uniformes, que bien a bien no se ponían de acuerdo, de gente que exclamaba -¡OLE, OLE!

Entonces, otro hombre, que vestía una horrible faja en sus costados y que estaba subido a un caballo, le salió a Concho, ya encorajinado, tanto que tumbó al caballo y al que montaba hasta cornarles y dejarlos sembrados en la tierra.

“A ver que otro me quiere meter pelea”, se dijo. Y de nuevo le salió aquel joven que le estuvo burlando las embestidas, pero ahora con un trapo más chico y de color oscuro. Y no tardó mucho en saber que le burlaba una y otra vez las embestidas hasta que la gente empezó a gritar -¡Indulto! ¡Indulto!

Concho no sabía de qué se trataba aquello, aunque todos estaban muy contentos y alegres, había quienes cantaban y muchos bebían, y el joven torero plegó su muleta y simuló una estocada con la mano llegando al morrillo que antes fue lacerado por el hombre de a caballo. De este modo, ante el asombro de Concho, abrieron una puerta y todos se alejaron de donde aún estaba pidiendo pelea. “Nadie más”, pensó Concho, que, al ver la luz del interior de aquella puerta, se fue rumbo al campo para ya no regresar ante aquellos hombres que lo desafiaron y optaron, por bravo, perdonarle la vida.

Algo le había dejado aquella relación de su madre con el toro 37 de la “U” que sin saber, hoy, le sirvió para salvar la vida, sus dueños le empezaron a dar otro tipo de trato; ya no le amarraron los cuernos al yugo de madera para arar junto al otro buey, ni le pusieron a realizar trabajos de campo, no, ahora lo apartaron del resto del ganado y le ofrecieron una punta de vaquillas para que se diera gusto “cargándolas”. Incluso paso por la mente de su dueño mandarle al patrón de la ganadería brava con la idea de que, prestándole éste unas vacas bravas, pudiera formar su propia ganadería, una de esas que han dado por llamar de “reses bravas”.

Concho aún espera que llegue ese día; el ya había demostrado que por sus venas corría sangre de casta, la de aquel atrevido 37 de la “U”, sin olvidad que la sangre noble de su madre también había influido para tal destino.

(*) CONCHO, EL TORO BRAVUCÓN es de la autoría de nuestro excelente y fino amigo Alfredo Florez García.

Alfredo es un taurino multifacético, ha vivido la fiesta desde todos sus aires, monosabio, soberbio aficionado, recto y justo escritor, meritorio fotógrafo y pintor reconocido, director de revistas y colaborador de renombrados medios de comunicación a nivel mundial, director del portal www.toriles.com, y un amoroso, responsable y valiente jefe de familia.

Agradezco a Alfredo su sano permiso para compartirles el cuento que acaban de leer, que ya fue parte importante del libro titulado “La Puerta de los Sustos”.

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