SAN MARTÍN, RIP

Sí, lo que fue la dehesa de reses de casta, la fundada por Pepe Chafik, y por lo menos hasta ayer en la tarde, porque de sus alambrados se despacharon seis bóvidos irregulares de cuajo, tipo y trapío, en cambio uniforme de verdad en su escalofriante pésimo juego. Esto para la primera corrida del Festival de las Calaveras. El público, que en los escaños de la plaza Monumental hizo menos de media entrada, y sin considerar los departamentos generales, primero, en el interior del inmueble, toda la función manifestó su enojo, desagrado y desilusión, y al salir de aquel, su sentimiento de enfado y su tristeza de haber pagado buen dinero y no haber sido éste recompensado, y no precisamente por la falla de la tercia de actores. Sendos pitos se escucharon cuando fue arrastrado el primero, el segundo al salir e igualmente en el arrastre, en el tercero también al ser llevado al patio de carniceros, en el cuarto por lo consiguiente, en el quinto al aparecer en el anillo y al desalojar sus restos del escenario y en el sexto, para bajar el telón en el mismo modo, también cuando el tiro arrastraban sus despojos.

“El Cejas” (al tercio y palmas) realizó el manejo de las telas con decoro y decencia aunque sin lograr a plenitud el son a un acucharado astado que sin llegar a ser bien calificado –igual se quedaba corto que se vencía claramente por el cuerno derecho- tuvo fijeza pero exigía en cambio mejor toreo y sólido mando. Hubo deseos en el actor, quede asentado, antes de que matara con un espadazo hondo, trasero y caído.

El toro cuarto, el único cuajado del insulso encierro, con sosería compacta cerró las puertas al triunfo; no obstante habrá que agradecer al espada sus deseos y voluntad para agradar y con ello, algo divirtió a los clientes, aún sin contar con un “guión de faena”. La buena estocada que dejó en el cuerpo del cuadrúpedo, lamentablemente llegó al segundo viaje.

Apuradamente y rebrincando iba tras el engaño el segundo de la función. Juan Pablo Sánchez (división y tibias palmas) le tuvo paciencia torera y puso mucho de sí para extraerle lo muy poco que traía tal animal; lamentablemente el público no le tuvo paciencia a él y poco o nada apreció su ahínco, tal vez airado por las constantes caídas de aquel marmolillo al que de salida, y en atención a su humildísima presencia, repelió con pitos de elevado volumen. Luego de que se deshiciera de él al tercer viaje, topó con otro muro similar de mansedumbre y modesta presencia; el quinto, cuadrúpedo descastado y sin energía al que, pese a que parezca cuento, hurtó algún provecho. Excelentemente lo entendió, ofreciéndole tratamiento de seda, le condujo lenta y suavemente con la muleta a media altura y así, casi siempre le mantuvo sobre sus cuatro remos, asunto que fue como milagro. Hizo ver muletazos, sobre todo con la diestra, dignos, aunque la pena llegó al usar el estoque, ya que lo hundió hasta el segundo viaje no sin dejar de emplear la de cruceta en dos ocasiones.

A la trágala fueron las verónicas de Fermín Espinosa “Armillita IV” (palmas y silencio), salvadas acaso por su fina media. El gordo y cornicorto bovino tercero de la tarde, tuvo cierta nobleza pero ni una leve dosis de casta, y al joven de acendrada dinastía taurina no le quedó más oferta que manifestarse voluntarioso aunque no encontrando, pese a ello, el éxito deseado. La intrascendente actuación terminó de media estocada tendida.

Ni que decir del cárdeno plateado que cerró plaza… un buey propio para la yunta y del que, luego de aburrir, se deshizo en el segundo viaje.

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