TALAVANTE SALE A HOMBROS ENTRE QUE JOSELITO, CON UNA OREJA, SOSTIENE SU ELEVADO PUESTO

Emotivo homenaje a Adiel Bolio
Diluido el paseíllo, con un emotivo reconocimiento comenzó la segunda y última corrida del Festival de las Calaveras. El halagado fue Adiel Armando Bolio Montes; el motivo, solo tres décadas de estar en la extraña nómina de los periodistas taurinos. Vistosas y decorosas placas le fueron entregadas en sus manos, ahí en el tercio del anillo. La empresa, la unión de picadores y banderilleros, la de matadores y CITA (Cronistas e Informadores Taurinos de Aguascalientes) fueron los organismos que le rindieron pleitesía por esa su extensa e ininterrumpida labor atrás de la “máquina de escribir” y el micrófono teniendo como basamento su pasión por la fiesta más hermosa del planeta. Incluso los nombres con que fueron bautizados los cornicéfalos jugados en esta tarde, llevaron nombres relacionados con su profesión: “30 años”, “Columnista”, “Periodista”, etcétera, agregado el noble sobrero “Adarbo”, No. 4 de 490 kilos, procedente de la dehesa de Montecristo al que desorejó Talavante y que mereció el arrastre lento. Felicidades al compañero y amigo y que disfrute con los suyos este “detalle” de parte de la comunidad taurina.

La “Gigante de Expo-Plaza” se anotó una estupenda entrada tasada de tres cuartos de su aforo. Para llevar a efecto la función se lidió un encierro de Los Encinos, cuyos dueños desembarcaron seis astados de buena presencia en calificación global, pero que ofrecieron un juego no más que regular.

Con sedosos lances se abrió de capa Alejandro Talavante (división, pitos y dos orejas) para saludar a su primero, un toro que en la estación muletera clavó sus pesuñas en la arena y no hubo poder que le hiciera medio completar un solo pase. El pinchador de Badajoz cumplió apáticamente con él y posteriormente se dio a punzar, justamente, de manera abundante para luego acertar con la espada de cruceta.

Su segundo tampoco dio cobertura como para la faena grande; arribó al tercio mortal con modesta energía y calamocheando de lo lindo, y como el coletudo peninsular, por su lado, no se empleara con claridad, no sucedió nada de interés.

El quinto, un negro mulato, incomprensiblemente fue retornado a los corrales cuando el diestro intentaba un quite, por su puesto ello sucedió luego de la suerte de varas y contraviniendo las autoridades el reglamento.

En su lugar soltaron otro sobrero, éste de Montecristo, ya acotado en rayas anteriores. Para forjar la obertura de su buena actuación, el europeo hizo bellas chicuelinas. El bovino fue fijo, noble y embistió con excelente estilo, pasando largo y con la cornamenta bien abajo. A rodillazos inició el trasteo Talavante y ya recobrada la plomada la faena cobró un rango artístico notado. El ácido que destiló ante sus “dos” primeros adversarios, lo cambió por la dulzura. Variado se vio y aunque la faena no fue tan aseada pues por instantes se embarulló y dejó que los diamantes le atropellaran el engaño, merece empero una buena calificación y mereció la estocada tendida pero efectiva con la que la concluyó.

Estrenándose como figura Joselito Adame (al tercio tras tibia petición, oreja, silencio y palmas en el de cortesía) tuvo actitud y desenvoltura de tal. Ya es el dominio del oficio algo suyo. Al primer adversario lo comprendió de manera espléndida. Si ser del todo francas las primeras embestidas, lo lanceó con lucimiento, luego, tomada y armada la muleta lo trató delicadamente, sin exigencias, y apenas siendo un toro de esos que se dice que “se dejan”, lo cuajó cabalmente en un trasteo bien diseñado y mejor construido que le hubiese valido levantar las dos orejas, no obstante pinchó antes de su estocada tendida y desprendida. Con seguridad compacta veroniqueó en alto nivel al cuarto. Duplicó el entusiasmo de la abundante clientela cuando, posteriormente, interpretó pintoresca y vistosamente la zapopina. Después de levantar al respetable de sus asientos en correspondencia a un segundo tercio espectacular en el que clavó las banderillas “asomándose al balcón”, inició la labor muletera sentado en el estribo en tal muestra de un alarde; pero algo quedó frustrado, pues no llegó el faenón que todos presentían y pretendían. El toro, sin ser un gran ejemplar, se dejó y dio la impresión de que el coleta no pudo o no le dio la gana “vaciarse” por entero. De cualquier forma queden anotados buenos aunque deseslabonados pases y la estocada excelentemente ejecutada.

El que originalmente bajaría el telón de la corrida se partió el pitón izquierdo al rematar en el burladero de contraaviso, y en atención a esto fue regresado por donde salió. En su lugar liberaron un sobrero del Junco; toro rematado, cuajado y bien armado pero de mal juego, reservón y de cortas embestidas con el que el actor local cumplió. No satisfecho regaló el tercer sobrero, este quemado con la marca del criadero aguascalentense de San Isidro.

Bregar, haciendo de esta actividad un motivo para lucir, es aún más importante. Y así lo ejecutó el joven titular de la lidia siendo reconocido y coreado con olés de parte de los espectadores. Pese a que se quedaba corto y poco valía el bóvido, Joselito le dio importancia: primero se animó a formar una buena serie de chicuelinas, luego le apostó y le ganó en una faena sustanciosa de series cortas pero de pases reunidos en los que aquellas embestidas inciertas las centraba en la bamba de su engaño. Sólido sitio presume el joven quien en ese su quehacer cierra plaza con una estocada trasera y por demás caída firmó una buena tarde en su currículum.

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