15 noviembre, 2015

CURAS TOREROS, LO LLEVAN EN LA SANGRE

Desde que el cura de Cillán apareciera en la historia de la Tauromaquia con sus hazañas y hechos taurinos perfectamente contados en la obra de Gonzalo Santonja, hecha de retazos antiguos y cariño por la Fiesta, hasta los momentos actuales en que algunos sacerdotes no ya “con vara larga salen y se mezclan con las gentes en fiestas propiamente de gentiles a correr los toros de la vega”, pocos habían reparado hasta la fecha en que personas relacionadas con la religión y con la predicación del Evangelio cristiano pudieran estar inmersos en la fiesta de toros.

Desde que el cura de Cillán apareciera en la historia de la Tauromaquia con sus hazañas y hechos taurinos perfectamente contados en la obra de Gonzalo Santonja, hecha de retazos antiguos y cariño por la Fiesta, hasta los momentos actuales en que algunos sacerdotes no ya “con vara larga salen y se mezclan con las gentes en fiestas propiamente de gentiles a correr los toros de la vega”, pocos habían reparado hasta la fecha en que personas relacionadas con la religión y con la predicación del Evangelio cristiano pudieran estar inmersos en la fiesta de toros.

Pues sí que los hay y varios. Aquí están los ejemplos; Uno de ellos el dibujo imaginario que representa a Don Cesáreo, el cura de Valverde, ganadero de toros de otro tiempo, y que se encuentra colgado en las paredes del cortijo “Dominio de Costa Alta” de San Martín de Crau, y cuyo propietario actual Jean Luc Couturier mantiene los hierros del Cura de Valverde y de Concha y Sierra en tierras francesas. Don Cesáreo, el cura de Valverde.

Otro que no me he resistido a reproducir por aquello de la gracia y la sotana ante las vaquillas bravas en la misma puerta de la iglesia, es a estos clérigos más apasionados por los cuernos de un toro bravo celebrando rápido la liturgia por salir a torear, o el de Salamanca que relata Ignacio Francia, cura de la localidad salmantina de Los Santos, Blas Rodríguez, que pidió permiso a la autoridad para torear en las fiestas del pueblo lidiando dos becerras, faenas premiadas con dos orejas y rabo cada una por sus feligreses.

Seguro que mi buen amigo Paco Cañamero tendrá en su recámara y magín más de un relato de “curas toreros” que apreciaron y gustaron de la Tauromaquia como buenos y estupendos aficionados, dedicando su tiempo y su rezo a mejorar la vida de aquellas personas que tenían a su cargo.

Yo me quedo con los de mi pueblo, clérigos afamados y dados a la lidia con fuerza e interés. Tanta que el Obispo de Valladolid firma un mandato taxativo y amenazador prohibiéndose cualquier intervención en las fiestas de toros en Tordesillas. Por aquello que “las fiestas de toros están prohibidas por los sagrados cánones, fundados en doctrinas de los santos apóstoles… y haber conocido su Ilustrísima que esta Villa hay muchos sacerdotes que en hábitos indecentes y vara larga… salen a correr los toros de la Vega… Ordena su Ilustrísima que no salgan… son pena de excomunión y multa de 4.000 maravedís aplicados para obras pías…”

Y mi amigo Julio Brezmes, el cura de Pollos, que también cita en las talanqueras a los morlacos de la Bazanca y de San Roque cuando sus circunstancias pastorales se lo permiten, echando chaqueta y llamada a los toros bravos.

Son las reliquias de un pasado esplendoroso y emocional que conviene recordar con todo el afecto y cariño para que quede constancia que toreros somos todos, hasta los más sagrados. Amén.

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