CON TOROS DE VERDAD, SILVETI CORTA UNA OREJA Y A SALDÍVAR SE LA ROBAN

Domingo 22 de noviembre del 2015
Sexta corrida de la temporada de la Plaza de toros México

Toros: Seis de Jaral de Peñas, muy bien presentados salvo el tercero, que fue chico pero mereció arrastre lento por su bravura y clase. Los otros no colaboraron en demasía, pero había modo de meterles mano. Toreros: Alejandro Talavante, a su primero lo despachó de un pinchazo y casi media trasera y tendida: leves palmas. Al cuarto del festejo lo pasaportó de un pinchazo a medio lomo, entera trasera y cuatro descabellos: silencio tras aviso.

Arturo Saldívar, mató al segundo de muy buena estocada entera. Salió al tercio tras fuerte petición de oreja. Al quinto le liquidó de un pinchazo y buena entera: silencio.

Diego Silveti, al tercero le cortó la oreja después de un pinchazo y entera caída y delantera. Al que cerró plaza se lo quito de enfrente con un cuasi-bajonazo a medio lomo: silencio.
Entrada: Unas diez mil personas.

El ganadero Juan Pedro Barroso mandó un encierro de toros de verdad al coso más grande del mundo. No habíamos visto en esta temporada algo parecido en cuanto a presencia. Todos, salvo el tercero, fueron aplaudidos de salida por su hermosa lámina, su trapío y su percha. Paradójicamente, ese tercero fue el mejor de todos los bichos lidiados hoy en la México y el juez le dio acertadamente el arrastre lento.

Talavante estuvo, pero no del todo. Al que abrió plaza le instrumentó un gran quite compuesto de lances a una mano y brionesas. Luego, con la muleta, le echó voluntad al asunto, pero el bicho manseó bastante. Lo que ocurrió en el cuarto fue bastante poco digno. Después de que el torero pacense lanceara muy bien con el capotillo, el de Jaral tumbó al caballo y aquello se convirtió en un herradero que duró un cuarto de hora largo.

No obstante, el cornúpeto tenía 20 pases buenos y Talavante no lo entendió o no quiso exponer más de la cuenta. Lo más memorable del quehacer del coleta extremeño en ese astado fue el quite por chicuelinas antiguas mientras una docena de inútiles desvestían al equino para ver si le daba la gana incorporarse.

Vamos a lo hecho por el segundo espada. Saldívar estuvo valentísimo y torero en su primero. Comenzó pegando lances de todos colores y sabores, hasta hubo capotazos de rodillas. Quitó por gaoneras y más florituras con una decisión que no le habíamos visto hace mucho.

Comenzó la faena de muleta con tres cambios por la espalda en la mínima distancia, dejando bien claro que venía a justificarse en serio. El burel se rajó, manseando como pocos y vendiendo caro el pellejo. Ahí había emoción y peligro. Saldívar se arrimó de verdad y logró excelentes muletazos en tablas, tragando con la pata buena adelante. Todavía no sabemos por dónde pasó el toro cuando Arturo le pisaba los terrenos y pegado a tablas lo obligaba a humillar. Mató con verdad y la gente pidió la oreja con fuerza. El señor del biombo se puso sus moños y todo quedó en una ovación en el tercio, pues el coleta hidrocálido (víctima de la decepción) no quiso dar una merecida vuelta al ruedo.

El quinto, un morlaco bonito y bien armado, tuvo muy mal estilo y nada de clase, lo cual comprueba que los toros no tienen –hoy como ayer- palabra de honor. Saldívar aguantó y porfió, pero ahí no había mucho qué hacer más que buscarse un disgusto.

Hablemos ahora de Diego Silveti, el único que tocó pelo en esta sexta corrida de la temporada. El primero de su lote era un burraco de buena estampa pero falto de trapío. Digamos que era anovillado, querido lector.

Pues bien, ese animal fue bravo, noble y repetidor. Silveti supo que tenía un toro a modo para armar la escandalera y primero quitó por encomiables caleserinas. Con el trapo rojo en la mano inició la faena con estatuarios en los medios. Diego iba entendiendo cada vez más al bravo torito. Hubo por ahí un cambio de manos por delante seguido de un natural tan largo que valió el boleto. Cuando el hijo del Rey David se ajustó al derechazo, el de Jaral lo arropó de manera espeluznante. Silveti volvió a la cara del toro y puso toda la carne en el asador. Hizo bien pues la gente comenzaba a ponerse del lado del toro. Al acosar al morito en tablas, antes de las joselillinas finales, el nieto del Tigrillo sufrió otro revolcón mayúsculo pues el burraco quería más aire. La oreja fue esta vez concedida y Diego volvió a encontrarse con el triunfo en la plaza grande gracias a su –como decía don Pepe Alameda – apasionada entrega.

Lo del sexto fue muy distinto. Nadie dirá que el castaño era fácil, pero Silveti anduvo zaragatero, dudando, y así no se puede.

En resumen, y aunque sé que es un tópico, cuando hay toros la Fiesta no necesita defensores. Mis más cumplidas gracias a Jaral de Peñas por demostrar que en México hay bichos que pasarían el reconocimiento en bastantes plazas de primera de la Madre Patria.

Ahora, si además esos bichos tuvieran un 20% más de bravura… Pero eso ocurre en contadas ocasiones, tanto en España, Francia o las Islas Salomón.

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