REFLEXIONES TAURINAS

El Torero Jícama

“Toreas muy bien, pero no tienes sabor” me decía el maestro Pepe Alameda cuando me veía torear en algunas ganaderías como las del maestro Curro Rivera o en San Judas Tadeo, del bien recordado don Salvador Rojas; pero también en el cortijo “La Movida” del desaparecido Alberto Cosío, el día que ni yo ni el flamante matador Eulalio López “El Zotoluco” pudimos darle ni un muletazo a un toro que se “apencó” en tablas. Y es que no le hicimos caso al maestro que, acertadamente, nos aconsejaba la técnica correcta de sacarlo con medios pases de tirón en forma de media luna hacia las afueras.

“No tienes sabor, no sabes a nada, te pareces a la jícama. Eres El Torero Jícama”, me regañaba entre carcajadas. Para mis amables lectores fuera de México, Jícama es una raíz comestible que, sola, no sabe a nada. Para darle sabor se come con limón, sal y chile piquín en polvo. En rebanadas o tiras se vende como golosina afuera de las escuelas para manjar de los chiquillos o, desde hace pocos lustros, como botana en bares y restaurantes.

Siempre que veo torear a Sebastián Castella acude a mi mente la voz de Alameda: ¡Torero Jícama!. Un torero sin sabor. No ignoro los grandes triunfos del francés en plazas de su país y en las más importantes españolas, pero me queda claro que, en México, no ha podido ser la gran figura. Aquí a los toreros puramente técnicos les cuesta trabajo entrar. Podrán incluso cortar muchos apéndices y llevarse los titulares de los periódicos, pero el verdadero triunfo radica en formar legiones de partidarios que abarroten las plazas cuando torean. Con Castella no ha sucedido tal.

Varios empresarios taurinos me han confesado que el peor negocio que han hecho es contratarlo. “No vale lo que cobra porque no lleva gente”, me dicen.

En efecto, sabe torear muy bien, es dueño de un valor más que sobrado y en ocasiones hasta nos regala algunas pinceladas estéticas. Pero su falta de jalón taquillero me lo explico por su insipidez. Después de verlo, incluso en la hora del triunfo, queda muy poco en el paladar.

El domingo pasado llevó poco más de un cuarto de plaza al coso capitalino. Creo que es la peor entrada de cuantas veces se ha presentado en la “México” y tal vez esto le espantó. Por ello quizá esta vez demostró un poquito o un mucho más de actitud, pisándole el terreno al castaño de Xajay y, sin abandonar el sitio, ligar con temple, ajustándose al viaje del toro, haciendo el toreo largo y con creatividad, peleando con estoicismo y entrega sin preocuparse demasiado por la plasticidad. En suma, le puso algo de sal a su expresión, con lo cual ganaba en sabor. Y aún con una buena estocada su faena sólo valió una oreja. No valió más porque fue corta, de tandas breves. Pero me da la impresión que ya encontró un mejor camino. Para consagrarse en el corazón de los públicos mexicanos es casi obligatorio dejar algún tipo de sabor. Probablemente en Castella privan más los genes polacos de su madre (Turzack) que, siendo germánicos, eslavos, son menos cálidos y más secos que los españoles, los latinos de su padre; los genes latinos que también tenemos los mexicanos.

“Sápido lo andaluz”, decía el maestro Rafael Solana porque, de los diestros españoles, los de sabor con más salero son los andaluces, sin duda.

Es de desear que el torero galo reflexione sobre lo que pasó en su última actuación capitalina y se decida por darle sazón a sus actuaciones. De lo contrario seguirá siendo el “Torero Jícama” de siempre, solvente pero desaborido y simplón. Aunque que será por supuesto “Jícama II”, porque el primero soy yo. Claro, él me aventaja en tener valor para enfrentarse a un toro, pero yo soy más galán que él y así me desquito porque eso sin duda le debe dar mucho coraje.
Correo Electrónico: teran.paco@gmail.com

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