EL TORERO PERFECTO

¿CUAL es el torero perfecto?
Antes de responder a esta pregunta conviene discriminar a lo que entendemos por perfección en la lidia de reses bravas. Y lo que, por el contrario, consideramos como imperfección en los lidiadores profesionales, nos lleva de la mano a dividir la torería en dos grupos fundamentales; de un lado, los toreros imperfectos, y del otro, los toreros perfectos.

Pero entiéndase bien que al hablar de estos dos linajes de lidiadores lo hacemos con altura, es decir, sin menoscabo ni desdén para los toreros que, por contraposición, llamamos imperfectos. Nuestra visión abarca, en este caso, la espuma de la torería en el arte y el valor. Con sangre de toreros imperfectos están escritas en los anales del toreo las gestas más heroicas. Y con luz meridiana inteligente las hazañas más bellas de los toreros perfectos. Con esta distinción pretendemos solamente establecer la diferencia que va del cerebro al corazón, del cálculo al impulso, del coraje a la sabiduría. Porque en estos dos tipos humanos extraordinarios vemos cifrada la imagen radiosa de la fiesta de los toros. El uno es armonía, el otro, desarmonía. El primero es Apolo; el segundo, Dionisos.

Concretamente ahora nuestro pensamiento bautizando los dos tipos de lidiadores con sendos nombres clásicos. Impongamos al toreo imperfecto el nombre de Pepe-Hillo, y señalaremos al toreo perfecto con el nombre de Pedro Romero.

Dice el vulgo que el arte de los toros es la lucha del hombre con la fiera. Esta denominación es hiperbólica. El hombre esta incapacitado físicamente para la lucha abierta con un enemigo de tan rudas y terribles armas naturales. Su contextura ósea y muscular es una pluma en el viento que respira el toro. ¿Qué hace el hombre ante el toro? Torear. ¿Y qué es torear?

¡Engañar” Consideremos entonces el arte de torear –o de engañar- en el gran torero perfecto. Su arte peligroso se nos aparece en momentos significativos, llamados suertes. ¿Y qué es una suerte? Un lance.

Cada suerte es un lance. Y en uno de los lances, una vida puede pender de un cabello. El torero, al ejecutar la suerte, crea el lance. Y al crearlo, como pone la vida en el empeño, lo ha de resolver sin riesgo de su vida…

¿Cómo? Aquí entra el auténtico sentido de la palabra suerte: sorteando el peligro, sorteando la suerte. ¿Y que es el sortear? Eludir, burlar, salirse limpiamente de la suerte.

¿Con qué?
Con destreza, destreza y destreza. De ahí que al torero digno de este nombre se le llame diestro por antonomasia…

¡Diestro!

Pero la destreza del torero no es la simple destreza del gimnasio, del circo, de la palestra o del deporte. La destreza del torero ha de llevar en sí el elemento estético de la gracia, de la forma bella en movimiento. Y esa sobrehumana destreza ha de ser conjugada, sopesada y contrastada en un trance renovado en riesgo mortal… ¡Tal es la destreza sin par que arrebata a las multitudes!

Veamos ahora las cualidades y calidades que han menester los toreros perfectos. Con los dedos de una sola mano apenas se pueden contar estos seres extraordinarios en dos siglos y medio de toreo. Para representarnos con verdad este tipo supremo de toreador hemos de acudir, en primer termino, a representarnos al toro. Y ello es esencial, porque el toro es justamente la medida del torero. En el toro reside la faena que el toro necesita, como en el hombre desnudo preexiste la forma del traje que ha de vestir.

Toro y torero son así un círculo biológico funcional, en el que el toro, punto, y el torero, contrapunto, sostienen un diálogo de percepciones acciones y reacciones que deben terminar con el bello triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta. El torero ha de tener el tacto finísimo, una pulsación extrema en su esgrima con el toro. Así como la araña envuelve a su presa con hilos sutiles de finísima seda, así como el torero perfecto debe envolver a la suya en los lazos impalpables de la muleta para llevarla a la muerte sin que la fiera la sienta llegar. El torero, soberano admirable de su intelecto, de su vigor, de su sistema nervioso, ha de aplicar al toro –antes que la preceptiva de los cánones o las lindezas de su repertorio- la faena específica inherente al toro mismo, por su casta, sus cualidades, taras o resabios. Esta ciencia intuida no se aprende. El torero nace y no se hace. Quizá el torero de raza sea producto de una herencia, de un atavismo remoto.

Ciencia intuitiva he dicho. Y arte también. Ciencia tan penetrada de arte, y arte tan penetrado de ciencia, que son a la par el arte de la ciencia y la ciencia del arte en el calidoscopio luminoso de la tarde torera. Ciencia difícil es el arte fácil del toreo ejemplar.

Arte único, tatuado en la impronta que llamamos estilo, sello individual, rúbrica del genio, huella del alma artista en la obra acabada. Tal es el torero que podríamos llamar olímpico, el torero perfecto que, por su pureza estética, excluye el desplante y el adorno del barroquismo actual, petición truquísta del aplauso, con efectos teatrales y mudos latiguillos de acción.

Pues bien: cuando este torero excepcional aparece en la realidad de los ruedos, los públicos lo discuten y regatean el aplauso porque entienden que, como son toreros sabios, no emocionan, no exponen. Así Guerrita, y así Joselito. ¡Y vino Talavera! Por eso, los ídolos de la pasión plebeya son los toreros imperfectos, de bravura tan rudimentaria como la del toro.

Para la plebe, los redaños son superiores a los sesos.

Pero nosotros preferimos los sesos cuajados en sabiduría del torero perfecto.

¿Lo hubo alguna vez?

¿Ha existido en realidad este torero de selección?
FUENTE: Federico Oliver/Revista EL RUEDO. Año III-Madrid, 10 de octubre de 1946-No 120

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