LA ARTESANÍA EN EL MUNDO TAURINO

Por la mitad del pasado siglo XX en los primeros días del año, buena actividad había entre taurinos, pues además de entonces sí tradicional corrida de año nuevo en el “El Toreo de Puebla” los que se iniciaban en la que para algunos sería la profesión taurina, alistaban sus envíos para las futuras capeas en San Baltazar Campeche, Cuauhtinchan, y las llamadas “falleras” de Chachapa.

Por la mitad del pasado siglo XX en los primeros días del año, buena actividad había entre taurinos, pues además de entonces sí tradicional corrida de año nuevo en el “El Toreo de Puebla” los que se iniciaban en la que para algunos sería la profesión taurina, alistaban sus envíos para las futuras capeas en San Baltazar Campeche, Cuauhtinchan, y las llamadas “falleras” de Chachapa.

Sonaban los nombres de Ignacio Ríos “El Temerario”, Pedro Jasso, Plácido Díaz y Juan Loranca. Aquellos tres derrochaban valor y no por arte y “Juanillo”, que sí se enunciaba Loranca, además de valiente pintoresco, alegre con muy buenos detalles toreros. Buen tiempo recorrió los ruedos de la región, destacándose sus actuaciones novilleriles en Acajete, pueblo natal, las placitas poblanas “La Lidia” y “Plaza del Charro”. Hubo necesidades de cambiar de residencia al Estado de México y como ya se iniciaba en la novillería su hijo Ponciano, toreó festejos en plazas de los estados de México e Hidalgo, muchas veces alternando ambos y por su buen desempeño ante los novillos recibió ofertas para torear en Monterrey y otras plazas importantes, las cuales declinó al considerar que había gente joven que podía aprovecharlas, pues él, sin ser un viejo, ya estaba entrado en años.

Cuando vivía en Puebla trabajaba en una fábrica de hilados y tejidos, así se anunciaba la llamada “San Ignacio” y también en otra: “Puebla Textil”; en ambas, como natural, había desperdicio de hilos que él tomaba y empezó a enredar, se le vino a la mente que podía hacer con aquel desperdicio cabezas de toro en miniatura, y así lo hizo.

Me regaló una pequeña, a la que por cornamenta le puso espolones de gallo.

Las fue creciendo y eran tan bien hechas que parecían auténticos retratos de las cabezas de toros de lidia que en muchos lugares conservaban en la taurina cuidad de Puebla. Mucho mejor que las de cera que obsequiaban por entonces en las numerosas pulquerías que había en la capital. Se hicieron famosas las cabecitas de toro que fabricaba Juan Loranca, quien ya tenía antecedentes de sus dotes artísticas con sus dibujos y pinturas como en la fabricación de trajes de torear, no de luces porque eran de supuesta “pasamanería”, a base de las llamadas “cuendas”. Esos trajes le resultaban muy cómodos en los pueblos en que toreaban obligados a ir “de luces”, los que alquilaban la ropa vieja y raída que alquilaba doña Juana, quien en su juventud fue esposa de torero y que en aquel tiempo vivía de alquilar los pocos trajes, avíos, zapatillas y descoloridas monteras que aún le quedaban “Juanillo” lucía los flamantes vestidos de torear capotes de paseo que el mismo se hacia.
(Continuara)

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