EL ACENTO

La afición taurina mexicana se ha partido por estos días en dos. Le llegó el calorcito de la polémica, de las discusiones, pleitos y reconciliaciones. Eso que el siglo pasado ocurría en los cafés, El Tupinamba, por ejemplo, hoy está pasando en las redes sociales. Da igual; lo que le puede servir a la Fiesta es el apasionamiento de la controversia.

El tema del momento es el matador “MORANTE DE LA PUEBLA”. Que si el domingo realizó una “faena de antología” cantan sus istas o que “yo no me trago su cuento”, se ufanan los detractores.

Tengo para mí que ambos bandos tienen parte de razón. He pedido insistentemente aquí -no es secreto- toreros con histrionismo, con sello, con personalidad, con torería; en una palabra, con ACENTO. Eso que MORANTE tiene de sobra; no creo que nadie pueda ponerlo en duda. Es más, a veces se le ha pasado la mano y, por exceso de afectación, ha rozado la cursilería y hasta la ridiculez. Yo respeto mucho el honorable trabajo de los payasos, pero no es lo mismo el gran actor de drama que el bufón.

Al menos, queda más que patente que un artista con ACENTO; es decir, con mayor intensidad en su expresión, lo menos que causa es debate. Y para las figuras públicas es altamente beneficioso ser discutidas; lo peor, en cambio, sería transitar por el túnel gris de la medianía y la opacidad.

JOSÉ ANTONIO MORANTE es torero de espejo, de esos que privilegian por encima de todo la estética de la figura corporal. Su faena estuvo recargada de momentos de sabrosa plasticidad innegable desde que se abrió de capa. Fin de la argumentación de los fans. A ellos eso les basta.

Yo lo identifico con la etapa del enamoramiento, cuando la persona objeto de nuestro amor es perfecta ante nuestros ojos. Carece de defectos, nunca huele mal, es perfecta. Me alegro por los morantistas porque este es un período que se debe disfrutar, es muy gozoso mientras dura. Pero ya lo dijo el famoso filósofo JOSÉ JOSÉ: “El amor acaba…”.

A favor de la facción contraria es justo reconocer que el sevillano es un torero técnicamente limitadísimo -aunque sus partidarios quieran inútilmente negarlo-; de ahí sus continuos enganchones, exceso de pasitos entre pases, algún desarme, acostarse vulgarmente sobre los lomos cuando intenta el toreo circular, ausencia de estructura y, la prueba más lapidaria es su más que comprobada incapacidad de poder cuajar a la mayoría de los toros.

Se me alegará que históricamente los toreros artistas no son ni grandes maestros del oficio, ni poderosos, ni demasiado valientes. Pero esto es muy relativo. Otro día, si gustan, damos ejemplos de artistas con maestría y/o valor. Hoy sólo quiero traer el recuerdo de JOAQUÍN RODRÍGUEZ “CAGANCHO” porque es con quien podemos intentar emparentar a MORANTE. Los dos españoles, los dos sevillanos, los dos artistas estéticos. Nada más que en los veintes y treintas del siglo pasado en México no se lidiaban toros bravos, sino fieros. Y aún con su relativo poco valor y poca técnica, a esos toros debía enfrentarse “EL GITANO DE LOS OJOS VERDES” y con esos toros logró faenas históricas y así se convirtió más que en una figura, en un ídolo de los públicos mexicanos. MORANTE sólo puede expresarse con la antítesis de la fiesta brava, con el toro-no bravo, el descafeinado que diluye la emoción y convoca nada más un cuarto de plaza.

También me dirán que, a partir de su faena al “borrego” de TEÓFILO GÓMEZ empezará a llenar plazas el “DE LA PUEBLA”. No estoy seguro; el otro día URDIALES toreó con mucho ACENTO a otra carretilla y, cuando regresó a la gran plaza, lo dejaron casi solo.

Para qué nos hacemos bolas, el éxito y el futuro de la Fiesta está en los toreros con ACENTO y los toros BRAVOS. Porque si no, “El amor acaba…”

Correo Electrónico: teran.paco@gmail.com

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