TOREROS Y BAILARINAS

A ningún pueblo de la tierra se le ha ocurrido jugar con la muerte, una muerte dolorosa y terrible, como medio profesional de ganar la vida, y ninguna mujer del planear por voluptuosa, por exquisita, por artista que sea, pensó tampoco nunca en renunciar al amor, á la dicha y al reposo, con tal de vivir y morir bailando. He aquí el caso de nuestros toreros y nuestras bailarinas. No hay que burlarse del valor torero comparándolo con el del militar y el héroe, como hace Noel, porque aparte de que todas las comparaciones son odiosas, bien analizado, es superior al valor guerrero. Las luchas colectivas según todos los psiquiatras, producen una especie de locura moral, parcial y pasajera. El valor taurino es siempre equilibrio, serenidad y arte. Los andares y la voz y la gracia del gesto de nuestras mujeres, no tienen par en el mundo. Por eso nuestras bailarinas, cantatrices y artistas, son incomparables.

Al hablar de bailarinas me refiero solamente á las típicas, á las netamente españolas, las de tango, bolero v sevillana; yo español, y por ende, ingenuamente sincero no puedo llamar baile ni considerar como arte, todas esas danzas modernas que en vano se empeñan en exaltar literatos decadentes y estantiguas histéricas; simiescas, ridículas y falsas imitaciones del bello rítmico y sereno arte griego.

Vi á la famosa Tórtola Valencia en el Ateneo, presentada por Federico García Sanchiz, y me pareció, a este escritor, un simpático guasón lleno de talento y arte, y Tórtola, como mujer, un espectro recién salido de la tumba; sus ojeras cadavéricas repugnan y producen malestar físico, y como artista, hay que ser francos, aunque la exalte Benavente (los genios dicen también tonterías), un mamarracho, tiene danzas que semejan ataques epilépticos y accesos de lujuria.

Pastora Imperio y la Argentina son dos arpas deliciosas de carne, que vibran y estremecen con todos los impulsos de la pasión y del sentimiento, de un modo maravilloso é indescriptible. Pastora por su voz, por sus ojos, por su cuerpo, es incomparable, única. Hay en la escena española dos mujeres extraordinarias: Rosario Pino y Pastora Imperio, que han tenido el triste y excelso privilegio de entenebrecer y amargar con sus inconstancias y neurotismos, la vida de dos artistas supremos, cada uno en su género: Benavente y el Gallo.

Los viejos que tienen la obsesión del pasado, la recia y rutinaria manía de exaltar lo pretérito, nos hablan de Calvo y Vico, de Lagartijo y Frascuelo. Yo, sin haberlos visto, estoy seguro, tengo la convicción moral de que Tallaví y Borras están á mayor altura que aquéllos; creo, que la Imperio vale más que la Tortajada, que el Gallo es más artista que el Guerra, Gallito más técnico que Lagartijo, Belmonte tan valiente como Frascuelo, y Vicente más estoqueador que Mazzantini. Yo he oído, y me ha parecido justo, exacto, sin hipérbole, decir á un señor de gran cultura y positivo talento, que las filigranas que el Gallo hace con la capa le producían la misma emoción estética, por ejemplo, que el cuadro de «Las Lanzas», de Velázquez. Belmonte, el valor inaudito y emocionante, el hombre que como dice mi querido amigo el notable escritor Prudencio Iglesias Hermida, con su estupenda gracia, «acaricia todas las tardes la emoción»; el Gallo, el arte supremo burlándose del peligro y jugando con la muerte; Pastora, la voluptuosidad y la gracia.

FUENTE: JOSÉ ANTONIO VALLESPINOSA Y VIOR/Revista Toros y Toreros/Madrid 1º de Mayo de 1917.

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