EL PRESIDENTE QUE REZÓ UN PADRE NUESTRO.

La plaza de Pozoblanco fue inaugurada el 25 de agosto de 1912 con Fermín Muñoz “Corchaíto”, y el sevillano “Curro” Martín Vázquez, este último en sustitución de Manuel Rodríguez “Manolete” (padre), que había sufrido un percance el día anterior en Bilbao. Lidiaron ganado de la viuda de Soler. A continuación una curiosa anécdota que ahí sucede. El 27 de septiembre de 1960 se celebraba una novillada que había despertado inusitado interés. En el cartel, el rejoneador Álvaro Domecq Romero y los diestros Rafael Montero “Rafaelete”, Baldomero Martín “Terremoto” y Manuel Benítez “El Cordobés” con novillos de Escudero Calvo.

Esa mañana, el alcalde, el licenciado Luis García Tirado, invitó a algunos amigos a acompañarle en la presidencia del festejo en calidad de asesor. El ambiente era grande, se presagiaba un lleno de auténtico lleno, por lo tanto el grupo en cuestión se fueron temprano al coso y pudieron acceder por las escalerillas al palco presidencial. El alcalde, que llegó con la hora justa, tuvo que llegar al palco desde la barrera, a través del tendido, izado por los espectadores.

El lleno en el coso era tal que incluso la banda de música se vio imposibilitada de ocupar sus habituales escaños. Se acabó el billetaje, pero el público siguió accediendo a la plaza mediante la entrega a los porteros del importe de la entrada. Cientos de personas sin distinción de sexo ni de edad se apretujaban en el callejón. El alcalde, nervioso, no ocultaba su temor de que pudiera producirse algún suceso desagradable. Faltaban varios minutos para la hora fijada para el comienzo de la corrida y le dijimos: “No esperemos más, vamos a empezar y cuando el público se divierta, verá como no pasa absolutamente nada”. “Llevas razón –nos respondió al tiempo que ondeaba el albo pañuelo–. Vamos a empezar, pero por si las dudas… ¡Recemos un Padre Nuestro!”.

Después, la autoridad penó fuertemente a la imprudente empresa. Porque el temor del alcalde era totalmente permitido. No pasó nada, por fortuna. Pero pudo pasar algo irreparable. Cuenta uno de ellos… “Palabra de honor que a quienes presidimos aquella corrida no nos llegó la camisa al cuerpo hasta que no se arrastró el último novillo”.

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