INCOMPRENDIDA FAENA DE DIEGO EMILIO

El público taurino posmodernista, acostumbrado a ver y laudar faenas de alto contenido estético ante bovinos sosos que disminuyen el riesgo, no saben apreciar un trasteo con el residuo trágico que por naturaleza debe tener el tradicional y sacrificial rito de la tauromaquia práctica.

Bien y bonito ello quedó patente el domingo en el antañón coso San Marcos, cuando Diego Emilio, viéndose sin la contundencia que de él se esperaba -dada la experiencia con que cuenta ahora- ante el primer adversario de Pepe Garfias, hizo con el segundo la faena más meritoria de la tarde y de lo que va de la serie menor. Firme, con oficio, aguante y temple, hurtó al complejo ungulado, por cierto pésimamente lidiado, algunas series cortas pero sustanciosas, plenas de torería, esto ante el desprecio de la abundante clientela.

Nicolás Gutiérrez, aún sin desconocer las buenas diligencias que hizo ante el segundo de la función, tampoco estuvo lo rotundo que la tarde demandaba. Lo destacable lo realizó por el lado derecho, olvidándose el siquiera probar al buen antagónico por el lado de cobrar. Al quinto no lo dejó ni ver y el acto fue intrascendente.

Pastor no solo no avanza, sino que retrocede. Teniendo el mejor lote de un encierro prestado hizo todo: clavó banderillas, pero no banderilleó, pegó gran cantidad de pases, pero nunca toreó. Horrible y chungo boceto de trasteo ante el excelente sexto.

Alrededor de medio milenio hace que en burlón intercambio, los ibéricos, portadores de viruela y ambiciones, dieron pedacitos de vidrio a cambio de joyas de oro a los asustados naturales del extravagante nuevo mundo recién descubierto. La filosofía bien estudiada declaró que el tiempo no existe, que lo que cambian son las cosas. Y ya se comienza a creer; seguimos dando hoy, como herederos directos de aquellas vergonzosas mercaderías, nuestras preciosas joyas por bisutería.

Por ahí andan, en alta potencia matemática, los modernos cholultecas, tlaxcaltecas y otras hierbas tóxicas.

Joselito Adame, analizando el mal trato que la empresa de Madrid le dio al armar los carteles de sus venideras ferias, tomó una decisión tan acertada y valiente como inútil para la fiesta nacional. El acto hará valer su calidad profesional, sin embargo en nada repercutirá en las amafiadas relaciones taurinas España-México. Las empresas aztecas continuarán, doblegadas, rindiendo vasallaje a los iberos, mientras las de allá, ejerciendo doble moral, seguirán dando mendrugos a los luchones espadas mexicanos.

El mayor hecho de la semana taurina pasada fueron las diligencias grabadas en el anillo de la Monumental de Jalisco, el coso de más categoría, así no entre el vulgo a llenar sus escaños, hoy en la patria de Salinas. Éstas fueron protagonizadas, el domingo 13, por un fresco joven muletero y un toro bien hecho quemado con la marca de Los Encinos, ganadería dada mejor a la complacencia de los toreros que a la autenticidad y a la grandeza de la fiesta, pero que esa tarde sus titulares remitieron un encierro cuajado, bravo y noble según encuadernado general. Se trata de Juan Pablo Sánchez que se escribió uno de los triunfos más importantes de su buena carrera, y de “Hocicudo”, torazo ejemplar, de inestimable laya, cárdeno de capa, bien armado, con la belleza que da la edad adulta y que embistió haciendo notar, más que otras, dos virtudes: nobleza y clase. Y el joven aguascalentense se entregó a torearle con su egregio temple, acaso por algún momento perdiéndole el son a tan exigente adversario –sentido que nadie ni siquiera ha igualado al asaz de Manolo Martínez-, sin embargo nivelado en tan alta y comprometedora circunstancia.

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