CLAROSCURO DESEMPEÑO DE RAFAEL SERNA

Recorrió el telón la campaña menor del coso entrañable de San Marcos y para la ocasión sus escaños se cubrieron en un cincuenta por ciento.

En Ojuelos, Jalisco tiene sus predios la dehesa que construyera, hace medio siglo, el maestro potosino Fermín Rivera, y de ellos, ahora el nieto de éste, remitió seis utreros para completar una partida de increíble variedad en capas, tipos y cuajos. Ya en su lidia ofrecieron buen juego, según calificación global, sobresaliendo los liberados en segundo, tercero y quinto turnos; éste fue, en contraste, el único que se escupió del peto, recargando más o menos el resto. Inclúyase en la boleta técnica que el tercero fue honrado, por justicia, con el arrastre lento.

Un fracaso bien acentuado ha puesto en el escenario Juan Pablo Herrera –silencio tras dos avisos y salida al tercio tras petición-. A su primero, novillo feo aunque de buen pienso, con disposición le trató de hacer mucho con la capa sin embargo no pasó de lo regular; arribado al segundo tercio se vio tan entusiasta como desatinado, y desplegada la muleta jamás se cuadró, se descolocó en todo momento, no usó mando y anduvo por toda la geografía del anillo sin trascender, ante un adversario que se encajó en el albero. De la suerte suprema ni hablar, naufragó sin herramientas como para bien consumarla.

El cuarto fue un cornicéfalo de buena caja, bien comido pues; el joven local reeditó su hacer ya explicado. Se observó alegre y bullanguero durante los primeros tercios, pero denotó falta de recursos cometiendo bastantes incorrecciones. El adversario fue noblón, prestado y sin problemas y al presentarle la sarga el imberbe se vio atrabancado, sin un proyecto y pegando pases en lo que fue un trasteo desafinado y ociosamente alargado. Como se tiró tras la espada con determinación, una parte de clientes sensiblistas demandaron la oreja, artículo honorable que a claras luces no merecía y que acertadamente negó el juez.

El segundo antagónico era un novillo agradable y de hermosa presencia; y Rafael Serna –oreja y silencio-, sevillano de cuna, le recibió con la capa demostrando suavidad en su manejo, seguridad y sitio impresionantes en lo que fue un ramo de formidables verónicas selladas al relance con un aguante sereno y valioso. Luego de doblar la capa, no sin burilar un extraordinario quite asaz, sedoso y artístico, armó la muleta para presumir técnica, plomada, mando y respeto al ejemplar al darle tiempo y espacio. Esta fue su sexta novillada, empero se desempeñó como un profesor. Así se dimensionó a un novillo fijo, noble y de harta clase pese al mal puyazo propinado en el que al varilarguero se le fue la mano hiriéndole en los bajos y, seguramente, lesionándole la pleura. Si bien, en la parte lánguida decayó el trasteo, dejó excelente impresión antes de matar de una estocada delantera y tendida.

El quinto, novillo sin chiste en su presencia, se hizo anotar estupendo juego, embistiendo noble y largamente. En el principio del tercio mortal se dio muy suelto, sin embargo al meterlo a la muleta con plausibles y toreros pases por bajo flexionando la pierna de salida, se entregó a la lidia y se fue hacia arriba. El peninsular, entonces, ya no supo que realizar; nunca calculó correctamente la distancia y sí que le faltó, a más de mejor técnica, romper más el corazón de torero. Acabó la intervención con una estocada efectiva aunque golletera.

Sin atractivo físico, por demás cómodo de testa, fue el tercero. Llegó a la muleta embistiendo con poder, por derecho y nítidamente. Cuando se escucha en los escaños el sonoro grito de ¡toro, toro! Quiere decir que el presunto lidiador está por debajo de las condiciones del bóvido. Esto le sucedió entonces a Juan Padilla –silencio y silencio tras aviso- ante la aludida res; a falta de experiencia, técnica y modesta expresión artística, hizo un trasteo enjundioso pero sin cimientos y de relumbrón, batallando luego a la hora de la verdad.

Cerró plaza un novillo hecho y bien amado que manifestó complicaciones en los primeros tercios; no obstante, incitado con la muleta, acudió a ella pasando entero y con poder; el novillero norteño, sin las armas necesarias para resolver tales condiciones, se puso empeñoso, calidad que se le apreció, pero sudando nuevamente al tratar de consumar la suerte suprema.

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