EL ENTUSIASMO DE GAMERO, LA TORERÍA DE “EL PAYO” Y LAS DOS CARAS DE SALDÍVAR QUE SALE A HOMBROS

Nuevamente casi tres cuartas partes del aforo se cubrieron para la tercera corrida de feria en el coso Monumental.

Ahora le correspondió a la divisa de Montecristo continuar con la peregrinación de astados mansos. Germán Mercado Lamm envió un encierro de regular presencia con algunos toros muy bien cortados y otros de modesto trapío, pero en juego ninguno se salvó de la mala nota. Y pese a que los seis, unos más, otros menos, cumplieron en varas, fueron pitados en el arrastre el primero, quinto y sexto de la lidia ordinaria.

“El Payo” mostró que atraviesa por un estupendo momento torero, haciendo una labor recia, con mucha torería, oficio y excelente sitio, mientras Saldívar dio a ver dos caras, una para los aficionados y otra para el pueblo.

Emiliano Gamero –silencio y vuelta tras petición-, finalmente acabó por enfrentar dos bicornes, el anunciado oficialmente y otro más de obsequio. Esta ocasión don Javier Bernaldo se equivocó y el primero, discreto de presencia, fue noble y tuvo un punto de clase. La actuación del équite fue entusiasta y para hacerla procuró la variedad. Agridulce resultó en suma, y sacó para su efecto bastantes caballerías, entre ellas a “Sabor a mí”, cuaco que toda la tarde se rajó y se “cargó en la rienda”, enfriando el entusiasmo que había previamente prendido mientras el defeño jinete batallaba con aquel. Hecha esta labor buscó la muerte del adversario y la logró en el segundo intento no sin usar, pies en arena, hasta tres ocasiones el arma de cruceta.

Inconforme con lo hecho regaló un octavo burel, éste con el hierro del Junco el cual manseó; pero la vehemencia del hombre de a caballo fue tal y propuso tantas formas para buscar el triunfo que casi lo logra con dos orejas de no haber sido por el mal empleo de la “Hoja de Peral”, pues ésta quedó a medio lomo del toro. Nuevamente mostró variedad yendo de menos a más, sin que abusara en clavar hierros –tres rejones de castigo mal colocados, seis banderillas y dos banderillas cortas-, pero logró una labor torera y entusiasta gracias a esa terquedad y su nombre no quedó mal colocado en el ambiente de los aficionados.

El extremeño Alejandro Talavante –silencio en ambos- anotó una tarde en la que la fortuna le dio una mala mueca. Con un lote malo de entre lo malo, nada se le pudo apreciar de interés; a su primero, además de descastado, sin poder, lo despachó de una horrible estocada y dos descabellos; mientras tanto, a su segundo, otro animal bien soso, tras hacerle mucho la lucha le logró bien poco, lo mandó a la muerte de otra estocada defectuosa a la que sumó otros dos golpes con la corta.

Con mucha torería y deseos Octavio García “El Payo” –oreja y palmas- se le impuso al aire y a la sosería de su primero y algo bueno regaló con la capa. Posteriormente, la muleta desenvuelta, forjó una faena firme, en la que sometió y metió al engaño a la res que, no siendo fácil, iba siguiendo el trazo de tal con aquellos pitoncitos que mucho a pensar dieron, hasta hacer rotar el toreo alrededor de su eje y ganando el reconocimiento del cotarro, luego matando de una estocada delantera y caída.

Hermosísimos e insuperables lances sellados con un par de medias heñidas en fino y delicado alabastro, como ejemplos para el mejor cincel, fueron el hacer cuando recibió con el capote a su segundo; sin embargo la falta de casta, ya en el episodio muletero, frustraron que el queretano redondeara la tarde, muy a pesar de sus aspiraciones y su empeño. Con dos pinchazos y una estocada delantera terminó su primera aparición en el serial.

Entre sustos, variedad y valentía Arturo Saldívar –oreja y dos orejas- acogió a su primer rival, un bóvido regular de presencia que en el último tercio probó primero y que acabó soseando y agarrado cabalmente al albero, no obstante el diestro puso bastante de su parte: aguantó a pie firme, se metió más allá del terreno del antagonista, se dejó incluso tocar con los pitones el bordado de su atavío –demostrando la mansedumbre del rumiante, sin restarle mérito a su actitud, denuedo y ardor- y le hurtó pases de mérito indiscutible. Para terminar la labor ejecutó una estocada caída empero efectiva y de efectos mortales casi instantáneos.

Buenos fueron los lances al segundo de su lote. En el último tercio el astado parecía que sería bueno, pero solo duró un par de tandas y luego dio a ver su mala sangre manseando de modo diáfano. Entonces el coletudo se entregó a realizar una faena más bien efectista, bastante dedicada a un vulgo que se entusiasmó exacerbadamente con ella, no sin mezclarle buenos momentos y terminándola felizmente con una estocada pasada y desprendida aunque de consecuencias efectivas.

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