VALADEZ HONRA AL COSO SANMARQUEÑO DESOREJANDO A “VENADERO”

El 24 de abril de 1896 “El Ecijano”, plantando cara a cinco ejemplares de Venadero, inauguró el coso de San Marcos; entonces hoy cumple 120 años el entrañable edificio taurómaco y en tan señalada fecha el aguascalentense Leo Valadez, torero, centrado, solvente y oficioso aunque seco, desorejó a un sensacional novillo bautizado como “Venadero” que bien merecía el arrastre lento, halago que por incomprensibles motivos el juez, adoleciendo de sindéresis, no ordenó.

Esto fue durante la novillada de feria, por supuesto vaciada al candente medio día sobre la arena del inmueble festejado, para lo que los herederos de Marco Garfias, criadero potosino, remitieron ocho utreros marcadamente igualados en tipo y de los que destacó, a más del mencionado, el cuarto.

Diego Emilio –al tercio y oreja- firmó una actuación buena, si, no obstante un punto inconsistente; más allá de lo decoroso no pasó con su primero, un novillo que algo admitió se le hiciera el toreo y que acabó soso, y al que lanceó suavemente primero rematando mejor, pero al que, muleta en mano, le hizo un trasteo más bien común.

Su segundo fue un bóvido con casta que exigía poder y que tuvo buen lado derecho; lo mejor que le forjó fue una labor capotera sustanciosa y completa, pero en el tercio mortal, sin menospreciar su vehemencia, faltó un mejor y más claro proyecto, terminando, eso fue claro, de extraordinaria estocada.

De Colombia vino Andrés Manrique –silencio en ambos- para presentarse como novillero en este coso. Incuestionable resultó que su lote no fue para grandes cosas: el primero soseó y el segundo se canteaba sobre ambos flancos y había que imponerle mando, pero a más del empeño del sudamericano, no se le observó nada de interés ya que su expresión artística es más que modesta y carece de personalidad.

Leo Valadez –dos orejas y silencio- fue quien fraguó lo mejor y más torero de la función. A su primero, un hermoso novillo de pelaje cárdeno nevado y de estética lámina, lo saludó de modo estupendo con la capa apostillando de vistosa y bien hecha serie de zapopinas. El rumiante fue notado, fijo y noble, su raza le obligó a ir tras el engaño en trazos largos llevando la cornamenta bien abajo, y esto fue aprovechado por el internacional novillero para burilarle el toreo serio, clásico, templado y construido sobre los cimientos del sitio y el oficio. Hecha la labor fue a buscar la suerte suprema dejando medio estoque un tanto en punto delantero.

En el séptimo se le vio breve pero artista con la capa, lucido y con recursos en el segundo tercio y con la sarga realizó una faena inteligente, bien reforzada con buena estructura, haciéndose de las embestidas de un adversario bastante suelto y por demás tardo, lo que le hubiera valido izar otra oreja, empero al tirarse a matar dejó el ama claramente contraria.

De Arles, Francia, vino a presentarse como novillero Andy Younes –palmas y silencio tras aviso- y no lo hizo mal del todo. Este peninsular basa su toreo en la finura y no ignora las reglas técnicas de la tauromaquia. A su primero, ya toreado decorosamente con la capa mostrando empaque, le hizo un trasteo bien calificado, lleno de temple y buen gusto, sacando el mejor provecho a ese utrero que, si acaso tardo, al embestir lo hacía bien y al que por desgracia pinchó antes de una efectiva estocada pero pasada y caída.

El que cerró la fiesta de aniversario no tuvo casta y al extranjero no le quedó más remedio que ponerse ganoso aunque pesándole luego la suerte suprema.

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