“ZOTOLUCO”, MAESTRO, MORANTE, ARTISTA

Eso se subrayará de lo sucedido en la cuarta corrida de feria, ofertada con un cartel que a los escaños de la plaza Monumental de Aguascalientes atrajo público para que se hiciera más de media entrada. Fue la despedida del “Zotoluco”, asunto que finalmente habrá de ser calificado de emotivo y digno, ya que el diestro derramó en el escenario mucho de su oficio y se portó correcta y honradamente al concentrarse en exhibir el toreo bueno.

Del ganado se encargaron esta vez los herederos de Teófilo Gómez, hierro bien conocido por la mansedumbre correosa de sus pupilos. Y no fallaron en su constante identificativo pues hubo toda la tarde sosería y, consecuencia lógica, ausencia de casta. Siete bóvidos de presencia decente, cosa extraña en esta divisa, salieron al anillo para dejar en él un aroma desagradable, de esos no propios de un espectáculo con fondo de tragedia. De menor presencia, y ello hubiera sido motivo de que se repelieran por veterinarios que se precien de honestos, fueron el tercero y el de obsequio. Por su pésimo juego, al ser arrastrados sus despojos, fueron pitados por el público el segundo y el tercero, y absurdamente aplaudido el cuarto.

“Zotoluco” –al tercio y oreja-, con un toro débil y descastado pudo armar una faena valiosa, de alto rango como suma de su maestría, oficio y experiencia, virtudes adquiridas en sus años de ejercer la tauromaquia práctica; entonces gran partido sacó a la res exprimiéndola en series de muletazos suaves, de largo trayecto y soportados sobre notado temple, pero no del todo bien consumado con la espada dado que pinchó arriba antes de una estocada caída.

Ante su segundo empeñoso se vio en los tres tercios; ya volando las notas de las melancólicas “golondrinas” y muleta desdoblada, hizo ver una faena alegre y entendida, sacando el mejor provecho a un toro tardo y descastado que traía los “gatos” escondidos pero que por bien toreado embistió suavemente y con cierta clase y al que mató de una estocada caída no sin antes haberlo pinchado también arriba.

Bello de lámina, berrendo en cárdeno y bien armado fue el segundo; a consecuencias de su sosería y tales complicaciones sordas, a Morante de la Puebla –división, gran ovación tras aviso y oreja en el de obsequio- únicamente se le aplaudieron detalles, como fueron aquella preciosa serie de verónicas marcadas por una media de ejemplar plasticidad, y algún pase estético, acabando la breve labor de una estocada perpendicular atravesada y un certero descabello.

Otro manso tremendo fue el quinto, como para la yunta, sin embargo al sevillano le dio por inspirarse y regaló pasajes muy a su estilo tanto con la capa como con la muleta, gustando ello pero no emocionando por la ausencia de la savia trágica que debe imperar en una fiesta que aún, a pesar de tanta mansedumbre, se sigue llamando “brava”.

No satisfecho y con ganas de quedar mejor regaló un séptimo procedente del hierro titular y reseñado como primer reserva. Los faroles y los lances con los que lo saludó fueron de terciopelo y en el último tercio hizo una faena en la que se vio dispuesto, quizás sin ligazón, empero con instantes excelsos, profundos, misteriosos, llenos de temple. Dignos fueron los detalles como para colocarlos de argumento y la tauromaquia penetre ya, definitiva y oficialmente, en los oficios humanos calificados de “bellas artes”. Luego de un pinchazo que le fue aplaudido por haberlo señalado arriba, dejó tres cuartos de acero caídos y delanteros no obstando para que recibiera el trofeo acotado.

El tercero traía clase y nobleza pero también falta de poder; ante él Diego Silveti –pitos y palmas- ya el adversario bien unido a la arena, no pudo hacerle nada interesante, viéndose peor al pinchar y luego al dejar un bajonazo asesino y verdaderamente feo.

No tan malo fue el sexto; por su cuenta pasó con cierta voluntad tras la muleta que el joven manejó para dar una faena voluntariosa aunque sin hondura y sí desabrida, terminada de estocada entera y un descabello. Opaco fue su el paso de este diestro por el serial, pero ya se le verá en el 2017, pues en México muchos carteles se arman no propiamente por los méritos de los coletudos, sino por otros intereses que los aficionados no entendemos.

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