OPINION: “EL MARCAPASES TAURINO”

El titulo de esta opinión “EL MARCAPASES” no es un error ortográfico, pues no me refiero en absoluto al término clínico de “marcapasos”, que es un dispositivo operado con pilas que, implantado bajo la piel del pecho de un paciente, percibe cuando el corazón está latiendo irregularmente, o en forma muy lenta, y envía un mensaje al corazón para que órgano lata correctamente. Por el contrario, el “marcapases” es una palabra que se me ha ocurrido inventar para denominar un imaginario dispositivo que se debiera implantar en los toreros para mandarles un mensaje al cerebro para hacerles saber cual es el momento apropiado para cortar la faena, pues a menudo esta se alarga demasiado creando problemas.

El alargar la faena innecesariamente no es nada nuevo, pues ha estado ocurriendo desde el principio del siglo XX y ahora se está haciendo una norma, ya que es raro que en cualquier corrida esto no ocurra con algún toro, como acaba de suceder recientemente en Sevilla en la corrida del Domingo de Resurrección, en donde un famoso torero oyó los tres avisos por insistir en seguir toreando a un toro rajado, y también en varias corridas de la Feria de Abril en las que varios diestros oyeron avisos y perdieron trofeos por no cortar la faena a tiempo.

Generalizando: se puede decir que un diestro con la muleta se enfrenta a tres típicas clases de toros: uno, un encastado, noble y repetidor animal, al que se le denomina “toro bueno, que permite que se le construya una faena, cual larga que sea, embistiendo sin cansarse hasta que el maestro lo envié al desolladero; otro, un astado descastado y peligroso, el clásico “toro malo” que no tiene un pase. Con este tipo de animal la misión del torero es abreviar después de, con tesón y entrega, mostrar al público que el lucimiento con ese animal es una quimera. Con los primeros astados los toreros notables suman trofeos, mientras que con los segundos se ganan el respecto del público lidiándolos con brevedad y quitándoselos de en medio con eficiencia.

Pero hay un tercer grupo, formado por la mayoría de toros que ahora salen de los chiqueros. Es un toro manejable con las fuerzas justas, y algo falto de fondo que en varas se le castiga poco, y que en el último tercio, después de embestir con nobleza en una veintena de muletazos, tiene la tendencia de venirse a menos, ocasionando que su lidiador, al no poder continuar haciendo un brillante toreo ligado, recurra al toreo de cercanías para robarle emotivos pases sueltos y adornos, para así ganarse de nuevo al público. A veces esta última hipotética situación sucede aun después del diestro haber oído un aviso, e incluso protestas de algunos exigentes aficionados.

Es entonces cuando el “marcapases” podría ser efectivo para recordarle al diestro que es hora de cortar la faena y entrar a matar lo antes posible, antes de que el toro, sintiéndose podido, busque refugio en tablas, haciendo difícil que la suerte suprema se pueda ejecutar con efectividad. La triste consecuencia es que, a veces, el fallo con los aceros emborrona lo bueno hecho por el torero hasta ese momento, convirtiendo el premio que, pudiera haber sido de pasear trofeos, en aplausos, o simplemente silencio.

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